(Columna publicada en Diario El Cronista Comercial) El sube y baja del dólar y los cuadernos de la corrupción K están produciendo en el sistema político argentino un enorme impacto cuyas consecuencias son todavía, difíciles de predecir. Hasta la semana pasada, parecía que la última tormenta iba a poner al gobierno de Macri en una grave crisis institucional, al mismo tiempo que haría crecer las chances de las fuerzas políticas vinculadas a la ex presidenta Cristina Fernández.

La relativa tranquilidad cambiaria de los días miércoles, jueves y viernes que terminó con un dólar debajo de los 38 pesos puso en evidencia que algunos grupos violentos, todavía aislados, sueñan con voltear al Presidente, verlo huir en helicóptero o de cualquier otra manera, y eventualmente tomar el poder, no a través de los votos.

Tanto la líder de Unidad Ciudadana, como su nuevo socio, Hugo Moyano, y el antisemita y violento Luis DElía tienen razones objetivas para desear y hacer que a Macri le vaya mal: aunque se trata de distintos delitos, y todos ellos graves, la situación procesal de los tres los pone al borde de la cárcel, y el espejo de Lula en Brasil no les devuelve la mejor imagen del futuro.

Cuando el dólar baja o se "tranquiliza", el escándalo de los cuadernos sube en la consideración o la atención de la opinión pública. Eso no significa que sirva para hacer crecer a la economía. Al contrario. Los que no se dejan tentar por los nuevos pececitos de colores sostienen que lo peor de la devaluación todavía no pasó. Que a partir de ahora la fiesta habrá que pagarle sí o sí. Y que esta vez no se salvará nadie: ni el sector privado ni el público. Ni los votantes de Cambiemos, Unidad Ciudadana, o la ancha avenida del medio que todavía no tiene un referente claro. Que todos seremos mucho más pobres que ahora. Aunque los más pobres tengan menos herramientas para enfrentar la necesidad.

Y lo mismo sucede con los que analizan la dinámica de los sucesos alrededor de la causa de corrupción más relevante de toda la historia de la Argentina. Como las pruebas son tan abrumadoras, como la cantidad y la influencia de los empresarios y ex funcionarios que se arrepintieron es tan sorprendente, todavía no siquiera se puede procesar con cierta seriedad como impactará en el PBI.

Cerca del Presidente admitieron que ya pidieron la convocatoria cerca de treinta empresas vinculadas a los grupos económicos cuyos dueños o ejecutivos están en los cuadernos. Y que eso puede considerarse una mala noticia. Pero el ministro de Transporte Guillermo Dietrich, estima lo contrario. Es decir: que el impacto en las empresas manchadas permitirá que ingresen al sistema otras firmas. Algunas nacionales que hasta ahora no participaban, y muchas, extranjeras,
que antes no lo hacían porque sus casas matrices les impedían pagar coimas.

Los últimos cinco meses no solo fueron los peores en la vida del jefe de Estado. Eso, en todo caso, sería lo de menos. Han sido los peores desde la caída de 2009, la crisis de diciembre de 2001 e incluso la hiperinflación durante el gobierno de Raúl Alfonsín. La novedad, es que aunque contiene algunos de los ingredientes de cada uno de esos momentos, se puede decir no estamos en 2001. Tampoco en el medio de una hiperinflación de los noventa. También se puede decir que el sistema financiero permanece sólido. No por eso habría que dejar de prestar atención a gente dañina de verdad, como el relator Victor Hugo Morales, el propio D´Elía y el panelista Brancatelli, quienes intentaron hacer viral la idea de que ya estaba en marcha un nuevo corralito, el peor fantasma de la economía nacional, después de la hiper y los saqueos.

Quizá la gran novedad de la hora es el gesto claro de evitar tirar nafta al fuego de los gobernadores peronistas y de Sergio Massa, quienes le pidieron al gobierno que les abra la puerta para discutir la política económica. Es más: es muy posible que el Presidente marque uno de los dos números de los dos teléfonos celulares que tiene Massa en la mano para convocarlo él mismo, y proponerle que se sienten a conversar. Como se trata de una de las rivalidades más complejas de la política argentina, es posible que los intermediarios vuelen por los aires, hasta que ambos se encuentren y concilien lo mínimo. Sin embargo, tanto el gobierno como los peronistas que no responden a Cristina Fernández, ya entendieron que si todo se va al diablo, la única que resultará beneficiada será la ex presidenta.

Esta semana, los integrantes del ala política de Cambiemos le volvieron a decir al Presidente que acordar no significa ofrecer cargos en el gobierno, sino escuchar, y eventualmente, ceder. La mención de Miguel Angel Pichetto en el Senado sobre que esta administración la pasaría mejor si diera publicidad oficial a los programas y periodistas del prime time para evitar tantas críticas a la política oficial hizo que el jefe de gabinete Marcos Peña y el mismo Macri insistieran con la idea de que no hay que hacer alianzas con el peronismo, porque son la vieja política. La de la prebenda. La de toma y daca. La de los cuadernos. Para terminar de ser absolutamente creíbles, solo les queda revisar sus propias conductas. Porque la causa de los aportantes truchos sigue en pie. Y el problema continúa siendo el mismo: el movimiento de plata negra para financiar la política.

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