(Columna publicada en Diario El Cronista Comercial) Los analistas políticos superficiales expertos en analizar escenarios futuros no quieren arriesgar un pronóstico, porque temen las burlas de las redes sociales. Por eso hacen malabares para manipular los hechos. Pero la realidad, tarde o temprano se impone. Y la realidad indica que, más allá de lo que dice o lo que parece que hace, Cristina Fernández no tiene más remedio que ser candidata a presidenta.

Esto no quiere decir que lo desee con desesperación. Tampoco quiere decir que ignore las altas probabilidades que tiene de perder; hoy, un poco más altas que las de ganar. Lo cierto es que no tiene otra opción más que "jugar". No tener más opción significa, por ejemplo, que presentarse, aunque pierda, es mejor opción que no hacerlo, aunque gane un postulante del peronismo. Cualquiera. Sea cristinista puro, como Axel Kicillof, cristinista de ocasión, como Daniel Scioli, o no cristinista, como Sergio Massa. ¿Y porque sería mejor opción? Porque si no se presenta, al otro día de la elección, todo su poder y su influencia se trasladaría de inmediato hacia el nuevo macho Alfa del peronismo ganador. Así, el valor de sus "acciones" bajaría abruptamente. Y nadie le podría garantizar que la seguidilla de causas que debe enfrentar no la terminen llevando a la cárcel.

Hay un dato en las encuestas que es insoslayable: la abrumadora mayoría de quienes la rechazan, consideran que ya tendría que estar presa. Es decir: en las mismas condiciones que Amado Boudou, Julio De Vido, Ricardo Jaime, José López, Roberto Baratta, su contador Víctor Manzanares, y los hombres de negocios que ayudaron a organizar el sistema de coimas y muchos de quienes las pagaron. Esa abrumadora mayoría de quienes la rechazan y la quieren ver presa representa algo más que el 60% del electorado. ¿Qué presidente podría empezar a gestionar algo con ese nivel de rechazo?

La otra explicación es personal. E implica no solo a ella, sino a sus propios hijos, Máximo Kirchner y Florencia Kirchner, y también a su sobrina, Romina Mercado. Esto significa que si Cristina no es candidata, no solo estaría más débil para enfrentar su propia situación procesal, sino también para garantizar que sus hijos y su sobrina conserven la libertad ambulatoria.

Ahora CFK y su círculo íntimo sostienen que ella disfruta recibiendo al desfiladero de "arrepentidos" que regresan porque necesitan de su paraguas de cerca del 30% de los votos. Son muchos y de nombres rutilantes. Se destaca, en primer lugar, Hugo Moyano, con quien llegaron a insultarse, mal, poco antes de la muerte de Néstor Kirchner. Ella le espetó: "buchón de la dictadura". Y él le respondió, con su habitual fineza en el uso del idioma: "¡Callate, chorra!". Ahora los une no el amor, sino el espanto. El espanto de tener que ir a la cárcel, acusados de graves delitos.

Pero detrás o al lado de Moyano se encuentran Alberto Fernández, Felipe Solá, Emilio Pérsico y Fernando El Chino Navarro y, dicen, que espera su turno el último excristinista, Florencio Randazzo. Cada uno, en público o en privado, se fue del espacio o denostó a la ex presidenta con diferentes argumentos. Desde la corrupción que supo convalidar hasta la falta de autocrítica que todavía no llegó. Se le puede endilgar a Cristina tener menos experiencia en pejotismo que su difundo compañero, Néstor Kirchner. E incluso ser mucho menos proclive a la negociación que él. Lo que no se le puede negar es su capacidad para mantener la centralidad y su fino instinto de supervivencia política. La ex jefa de Estado los conoce a todos, y muy bien. Sabe perfectamente que cualquiera de esos arrepentidos tardaría menos de un minuto en "traicionarla" de nuevo, una vez que cambie la dirección del viento y no la necesiten más. Fue por esa razón que ungió a Carlos Zannini como candidato a vice para la fórmula presidencial de diciembre de 2015. Fue por el mismo motivo que no alentó una competencia interna entre Scioli y Randazzo. Para colocarlo en términos más simples: Cristina nunca confió en ninguno de los dos, pero siempre supuso que, a la hora de los bifes, hubiese podido controlar más y mejor al ex gobernador de la provincia de Buenos Aires que a su ministro del Interior y Transporte.

Con todo, lo único que puede transformar a Ella en presidenta, una vez más, es que el dólar vuelva a dispararse, la economía se derrumbe por cualquiera de sus costados vulnerables -que son muchos- o que un episodio de alta conmoción social, con un muerto emblemático o mucho muertos, terminen horadando todavía más la confianza pública en el actual gobierno, todavía vivito y coleando, a pesar de le enorme cantidad de errores que cometió desde que asumió.

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