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(Columna publicada en Diario El Cronista Comercial) Hace unos años, un ministro muy importante de los gobiernos de Néstor y Cristina Fernández de Kirchner me habló del síndrome del muro de la Quinta de Olivos. Me explicó que desde la casa donde vive y trabaja el Presidente, hasta el muro que da a la avenida Libertador, hay por lo menos 400 metros. "Demasiado lejos de la vida real", interpretó. Me sugirió que esa era la metáfora perfecta para comprender por qué a veces los jefes de Estado se encierran en sí mismos, no suelen comprender lo que pasa afuera, terminan aislados, más radicales y menos integradores.

Ese ministro, me dijo que terminó renunciando, entre otras cosas, por eso mismo. Porque la percepción de la realidad que absorbía él cuando salía a la calle y cargaba naa en su auto no oficial, era muy distinta que la que tenía la habitante principal de la quinta presidencial. En aquellos días, también me dijo que se fue por la corrupción imperante en algunos estamentos del gobierno. Por eso todavía me cuesta entender dónde está parado ahora. Aunque la respuesta verdadera tampoco sería ajena a la ordinaria lógica del poder. Es decir: quizá ahora está donde está porque esta sea la única posibilidad de regresar, tanto
Cristina como él mismo, a la quinta de Olivos con ese muro tan distante.

Como sea, la metáfora del muro la usé en la primera pregunta del reportaje que le hice a Macri el pasado domingo 17 de marzo. Su respuesta fue: "Soy el presidente que más veces recorrió el país en toda la historia argentina". Era una manera de decirme que su estadía en la quinta no lo le aislaba, ni lo encerraba. De hecho, en términos no figurativos, no es la quinta presidencial el lugar donde más le gusta estar. Prefiere la quinta familiar de Los Abrojos, sin tanta custodia y con menos protocolo.

Sin embargo, en términos políticos, desde que asumió el poder, el Presidente, como líder de la fuerza Cambiemos, se fue encerrando más, produciendo un fenómeno extraño en un partido que gobierna: achicó su base de sustentación, en vez de ampliarla. No voy a usar acá el falso argumento de que los responsables de este déficit son Marcos Peña o Jaime Durán Barba. Tanto uno como otro, al final del día, ejecutan las decisiones estratégicas de Macri, quien, a la hora de elegir aliados, parece todavía más duro e intransigente que el jefe de gabinete o el preparadísimo consultor.

El domingo, después de entrevistar al senador Miguel Angel Pichetto, me pareció que era el ejemplo más acabado de un dirigente de la oposición que, en términos generales, era capaz de sostener acuerdos en los temas básicos para sacar al país del atraso. Y lo mismo me pasó en su momento con Ernesto Sanz, uno de los dirigentes que, junto a Elisa Carrió, hizo posible el acuerdo que llevó a Cambiemos a la victoria, y que luego decidió apartarse de la mesa chica, en disidencia con muchas de las decisiones políticas que el Presidente tomó. Tan pueril como echarle la culpa a Peña o Durán Barba por las decisiones clave que toma el Presidente, es plantear la idea de que un acuerdo del gobierno con dirigentes de la oposición es una idea interesada del 'círculo rojo'.

Lo que ya está probado, es que el Gobierno no tiene una mayoría parlamentaria para gobernar, y que tampoco la tendrá aún ganando en las próximas elecciones presidenciales. También es cierto que el clima preelectoral está demasiado enrarecido como para convocar a un gran acuerdo ahora, cuando todos están contando los porotos con la intención de competir.

Lo que no estaría mal, en todo caso, es que el Presidente, ahora mismo, se quitara de la cabeza el muro virtual de la Quinta de Olivos, y empezara a llamar, uno por uno, a los dirigentes políticos de la oposición con los que piensa establecer acuerdos para hacer las reformas que tiene que hacer, sí o sí, en el caso de que gane, a partir de noviembre de este mismo año.

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