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(Columna publicada en Diario La Nación) Macri y Vidal podrían dar el batacazo y lograr ambos la reelección, a pesar de la amplia desventaja con que arrancaron la campaña. Hasta hace un par de meses, las encuestas los daban perdiendo por cerca de 10 puntos. Cristina le ganaba cómodamente a él, y cualquier candidato en la provincia que llevara a la senadora nacional en la boleta parecía, también, imbatible en los ejercicios de simulación. Esa foto de la posible derrota de Mauricio y María Eugenia, sumada a los números negativos de la economía, fue la que hizo envalentonar al kirchnerismo y sus nuevos aliados, quienes olieron sangre y salieron a la caza del premio mayor.

Tan mal le daban las encuestas al jefe del Estado que una parte de Cambiemos, impulsada por algunas de las máximas autoridades del radicalismo, intentó imponer la idea de que Macri debía renunciar a su candidatura. Incluso algunos amigos de toda la vida del Presidente se transformaron en entusiastas propagandistas del "plan V" (Vidal presidenta) y alrededor de los más fieles colaboradores de la gobernadora empezaron a trabajar con la idea de separar las elecciones de la provincia de la competencia nacional.

Ahora parece que el clima y la tendencia están cambiando. ¿Cuánto? Todavía la mayoría de las consultoras serias afirman que el 11 de agosto Alberto Fernández le ganará a Macri y Axel Kicillof superará a Vidal. Pero cada día que pasa los encuestadores más serios admiten que el Presidente va recuperando terreno y la gobernadora también. Pero ¿cuánto terreno? ¿A qué ritmo?

"Las PASO las perdemos seguro", dicen muy cerca del Presidente. "No hay manera, en estas PASO, de descontar la ventaja que nos saca Kicillof", repite alguien que habla por boca de Vidal. Ambos se niegan a suministrar números y encuestas con nombre y apellido. Incluso los que responden a los jefes de ambas campañas llegaron a pedir a las encuestadoras que contratan que no filtren a los medios las cifras que los muestran con altas posibilidades de ganar. Y menos en las ciudades a las que hasta hace poco daban por perdidas, como Mar del Plata. Parece que la orden de no mostrarse optimistas e incluso ocultar los datos que revelarían, casi, un virtual empate en las primarias, fue sugerida por Durán Barba a Marcos Peña y transmitida por este a los principales candidatos de Juntos por el Cambio.

Los que minimizan los trucos del consultor ecuatoriano se ríen de la teoría de Durán que dice que siempre es mejor correr desde atrás, con cierta desventaja, para llegar a la victoria en el momento justo. Lo que sucede es que Durán explica la receta, pero no muestra la fórmula secreta. La explicación "oficial" es que el miedo a la derrota evita que se relajen los equipos de campaña. Y, al contrario, a mucha gente le cae más simpático el que va perdiendo que el que ya ganó. Pero la verdad es que en el corazón de esta estrategia se esconde el verdadero secreto. Y el verdadero secreto se llama "manejo de expectativas". Porque es el buen manejo de las expectativas lo que resultaría determinante para ganar una competencia electoral que viene tan peleada.

Si los voceros de Juntos por el Cambio comenzaran a difundir que en las PASO ya casi están empatando con el Frente de Todos, es muy probable que muchos electores decidan no ir a votar y terminen perjudicando al oficialismo. ¿Por qué? Porque se trata de un segmento menos politizado y, aunque no quieren que vuelva Cristina, tampoco se sienten cómodos con ir a votar dos veces. Por lo tanto, esperarían a la primera vuelta de octubre para ir al cuarto oscuro y sufragar.

Los cerebros de la campaña del oficialismo ultiman una fuerte convocatoria para pedir el voto ahora mismo. Necesitan evitar que el casi seguro triunfo del kirchnerismo en las PASO sea tan amplio como para generar un clima de derrota irreversible en la primera vuelta. Para ponerlo en palabras de uno de los coroneles de la campaña del partido del Gobierno: "Ya está instalado que, si las PASO las perdemos por más de 7 puntos, una buena parte de la opinión pública entendería que sería casi imposible revertir ese resultado y se subiría al carro del triunfador, como producto de esa expectativa", explicó. ¿Y si Juntos por el Cambio pierde por menos? "En ese caso, las expectativas previas funcionarían al revés. Porque todos los votantes de Lavagna y de Espert, más otros que anden sueltos por ahí, terminarían inclinando la balanza a favor de nosotros".

Vidal tiene un desafío más grande que el de Macri. Porque en la provincia de Buenos Aires no hay segunda vuelta. Y porque necesita disminuir la ventaja de su rival más rápido y con el mejor resultado posible. Y a la vez, si finalmente llegara a caer derrotada por Kicillof, la onda expansiva de su caída le pegaría bien fuerte a Macri, independientemente de que en la región centro y el noroeste el Presidente pueda compensar los votos perdidos de la provincia de Buenos Aires y en la Patagonia.

La dinámica de campaña del Frente de Todos es la opuesta. Sus voceros transmiten triunfalismo. El grito de guerra "Vamos a volver" suena más a amenaza que a victoria real. Allí no hay un solo jefe de campaña, sino cuatro: Alberto Fernández, Cristina, Sergio Massa y La Cámpora para apuntalar a Kicillof. Los discursos parecen ir por cuatro andariveles separados. Cristina dice lo que se le da la gana en el momento en que se le da la gana. Massa apareció recién ahora, de manera acotada, para hablar de lo mal que está la economía. El candidato a gobernador no termina de ser asimilado ni por los intendentes ni por muchos peronistas del conurbano que lo sienten como una amenaza. Y Alberto tiene una pesada carga: la de justificar por qué se transformó en un aliado incondicional de Cristina después de haber sido su más acérrimo detractor desde el peronismo; la de convencer a los argentinos de que quien tomará las decisiones será él, y no la expresidenta, que lo ungió con el dedo, y la de criticar la política económica sin que muchos indecisos sospechen que lo que en verdad quiere es generar una corrida cambiaria para desestabilizar al Gobierno y hacerle perder al Presidente intención de voto.

Por ahora, la desesperada demanda de un dólar más alto no estaría afectando al mercado financiero. Y su inmersión sin traje de buzo en medidas específicas de política económica está poniendo en un aprieto no solo al propio Alberto, sino también al equipo de profesionales que podría acompañarlo en el gabinete si ganara la elección. Si su objetivo, al aceptar la candidatura a presidente que le propuso Cristina, era romper el techo electoral y conquistar el voto moderado, hasta ahora, lo que está logrando es lo contrario: espantar, con su discurso de cuanto peor mejor, a quienes están enojados con Macri, pero jamás votarían a alguien dispuesto a chocar el país con tal de regresar al poder.

Por lo demás, Cristina, Máximo y los chicos grandes de La Cámpora se siguen preguntando si la comparación que hizo Aníbal Fernández de Vidal con el femicida Barreda fue una bravuconada espontánea o una devolución de favores porque en la repartija de las listas de candidatos, al exjefe de Gabinete no le dieron ni siquiera las gracias. Vidal no ha salido a victimizarse. Solo sigue repitiendo, en voz baja: me sorprende que las mujeres del Frente de Todos no hayan salido a repudiar con fuerza semejante barbaridad.

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