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(Columna publicada en Diario El Cronista) El fin de semana que pasó, Alberto Fernández, presidente electo y proclamado, descansó un poco. Se lo recomendaban tanto sus amigos más íntimos como el médico que lo atiende y lo controla. Entonces, con la agenda más despejada, se le vinieron a la cabeza imágenes de su último viaje a México. Recordó, con intensidad, un consejo reciente que le dio el actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, en el encuentro que mantuvieron ambos. Un consejo que apenas cuenta con siete palabras y dice. "Alberto: no te pelees con los gringos".

Ahora Alberto dice que jamás va a cometer ese error. Que así como repitió más de una vez que nunca más se va a pelear con Cristina Fernández, tampoco lo va a hacer con un país que maneja un organismo financiero al que Argentina le debe y, por lo tanto, depende. ¿Entonces, cómo se explica la dura crítica a la Casa Blanca por su posición frente al golpe de Estado en Bolivia?

"Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Estados Unidos no puede convalidar alegremente a un nuevo gobierno que no está legitimado. No puede rubricar un golpe militar policial. Es más: si en Bolivia no se llama de inmediato a elecciones libres y sin proscripciones, esto puede terminar en una guerra civil", sostienen cerca del presidente argentino que asumirá el 10 de diciembre. Alberto ve las cosas de una manera diferente a la de los analistas clásicos. Apuesta a que Argentina se transforme en uno de los países líderes de Latinoamérica, por el peso de sus instituciones y la continuidad democrática que se registrará tras la asunción del mando.

Entiende que a Donald Trump le conviene más negociar cuestiones de la región con él, que no es ni Nicolás Maduro ni Jair Bolsonaro, que con los presidentes de Chile, Bolivia, Perú o Ecuador, países cuya situación institucional parece bastante más inestable y precaria. Igual, Fernández dice no entender porque los medios argentinos se horrorizan por su declaración ante la postura de los Estados Unidos o su defensa de la libertad de Lula y no hablan de su vínculo con el presidente de Francia, Emmanuel Macron, quien ya le habría anticipado su apoyo; o de los diálogos que viene manteniendo con delegados de Trump. Por ejemplo, con el mismísimo Elliot Abrams, actual representante de los Estados Unidos para los asuntos de Venezuela.

Afirma: "Ellos saben lo que pienso y valoran que se los diga. Pensar que lo que diga puede poner en peligro la negociación con el Fondo es ignorancia o mala fe". El Presidente electo no deja de meterse en cada uno de los asuntos que le pasan por al lado, Desde el "Consejo del hambre", hasta el cambio en los billetes de las figuras de animales por la de próceres. Quiere emular, de alguna manera, el arranque de Néstor cuando asumió, el 25 de mayo de 2003. Ese comienzo hiperkinético que se tradujo, según los analistas de la época, nada más y nada menos que en la restitución de la autoridad presidencial. Alberto repite, en privado, que el inicio de su gobierno se va pareciendo cada vez más al debut como presidente de su gran maestro de la política.

¿Es un diagnóstico correcto? Depende de la perspectiva con la que se lo analice. La verdad es que cuando Kirchner inició su mandato, la economía ya empezaba a dar señales de estabilización y crecimiento, después de la crisis terminal de diciembre de 2001 que desembocó en el que 'se vayan todos'. Al mismo tiempo, el precio internacional de la tonelada de soja comenzaba a aumentar y el nuevo jefe de Estado empezaba a ser visto como el hombre providencial que estaba sacando a la Argentina de las profundidades del inerno.

Pero el país y el mundo eran muy diferentes. No existían los smartphones. Las demandas eran intensas pero los niveles de tolerancia eran más altos. Y el poder político estaba menos fragmentado. Al mismo tiempo, si uno coloca en el buscador de Google "asunción de Néstor Kirchner 2003" se va a encontrar con muchas de las caras que aparecen, hoy, alrededor de Alberto Fernández.

Para empezar, el que lo invita a hablar es el sanjuanino José Luis Gioja, entonces presidente provisional de la Cámara de senadores. Se encuentra a su derecha, y a la izquierda, el vicepresidente electo, Daniel Scioli. Algunos aparecen más cerca de él que otros. Pero si fuera una foto familiar, se los podría denir como "los conocidos de siempre".

La transmisión social no nos deja mentir. Al primero que se ve es a Eduardo Duhalde junto a su esposa, la entonces senadora Hilda "Chiche" González de Duhalde. También a la diputada Elisa Carrió. Muy pocos saben que, para esa época, Kirchner intentó cooptarla, ofreciéndole un lugar en la Corte o en el organismo de control que ella eligiera. Se había congraciado con ella después de que Carrió lo apoyó públicamente, por encima de Carlos Menem, ganador en la primera vuelta, y desertor en la segunda, que iba a perder. Se los puede ver al que iba a ser ministro de Educación Daniel Filmus, a Oscar Parrilli, a Ginés González García, Carlos Tomada, Alicia Kirchner, Julio de Vido, Gustavo Béliz, Rafael Bielsa y Aníbal Fernández.

Y al lado de Aníbal Fernández, el mismísimo Alberto Fernández. Y si se prestara atención a ese primer discurso de Kirchner, se registraría a un dirigente moderado, contrario al intervencionismo extremo del Estado y el la ingenuidad del libre mercado, enviando señales a toda la oposición; señales que, incluso, se verican en el recorrido de la cámara, que muestra desde a Adrián Menem hasta Graciela Ocaña, una de las dirigentes que tiempo después integraría el gobierno, en nombre de la transversalidad. También aparece, una y otra vez, Cristina Fernández, blanca y radiante, aunque todavía nadie imaginara en que se iba a transformar, para bien y para mal, en la sinuosa historia reciente de la Argentina.

Pero Alberto tiene en la cabeza a ese Néstor. A su mandato completo. Aunque recuerda, con más satisfacción, sus dos primeros años. Porque él no solo lo obedecía. Además se ocupaba de "cocinar el estofado". Por eso,si sus reflejos y su capacidad política se lo permiten, es posible que veamos, entonces, a un Alberto 2020 intentando repetirlas mejores jugadas políticas de Néstor. Esto es, entre otras cosas: contención para los sindicatos y las organizaciones sociales, apropiación del sello del progresismo y elección de él o los enemigos perfectos. Los primeros enemigos perfectos de Néstor fueron Menem, su Corte Suprema de mayoría automática, José Luis Barrionuevo y más tarde Eduardo Duhalde, a quien Cristina llegó a comparar, en la campaña de 2005, con "el Padrino" de la mafia siciliana. El primer enemigo perfecto de Alberto será Macri.

A él le echará la culpa de todo. Incluso del mal clima. Porque eso le permitirá ganar tiempo y no abrir la interna con Cristina antes de las legislativas. Pero tampoco esa jugada tendrá garantizado el éxito, si se mira el resultado de las últimas elecciones.

Porque el todavía presidente, montado en el 40% de los votos, estará dispuesto a defenderse, como gato panza arriba y atacar el programa de gobierno si es necesario, en el contexto de una economía recesiva y con altísima inflación. López Obrador también le preguntó a Alberto: "Serás un Presidente moderado ¿no?". Y Alberto Fernández lo dio por descontado. Como una suerte de revival del "no escuchen lo que yo digo. Mejor miren lo que yo hago" de Kirchner, cuando lo acusaban de hablar desde para la izquierda y gobernar con la derecha.

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