(Columna publicada en Diario El Cronista) Alberto Fernández está exultante. No pudo haber imaginado un arranque mejor. Y encima, con una impronta idéntica a lo que se imaginaba: un inicio casi calcado al de su maestro y amigo Néstor Kirchner. El Presidente, cuando me recibió el domingo pasado, ya sabía que los mercados habían reaccionado bien a su potente paquete de medidas económicas. Y estaba muy ansioso por destacarlo.

También sabía que tenía margen para discutir, desde el punto de vista dialéctico, si lo que había decidido era un congelamiento de los haberes jubilatorios y un impuestazo, o si había evitado que la fórmula de incremento previsional hiciera estallar el presupuesto, generando una transferencia de recursos desde los que más tienen a los que menos tienen.

Carlos Melconián, el mismo domingo, lo definió bien. Lo que hizo Alberto es un plan de desindexación de la economía, anclado en un supercepo y un impuestazo al sector productivo. Pero Fernández hizo algo más: envió a los acreedores privados y al FMI un mensaje muy claro: van a tomar dólares de las retenciones para pagar la deuda y también para lograr el equilibrio fiscal.

Confieso que cuando me anticipó algunas de sus intenciones en privado y fue haciendo un paralelo con el arranque de Néstor Kirchner en 2003, había percibido cierto tono melancólico. Me preguntó si lo entendía. Y lo primero que se me ocurrió decir es que habían pasado casi veinte años. Fernández lo aceptó, pero comentó "algunas cosas, en el mundo, no cambian nunca". ¿Cuáles?, pregunté. "Los acreedores siempre quieren cobrar. Y nosotros tenemos voluntad de pagar. Pero tanto ellos como nosotros sabemos que si la economía no empieza a crecer, no van a poder cobrar", me explicó.

Lo que nadie imaginó es que Alberto Fernández, para imponer sus decisiones, tomaría nada menos que once facultades propias del Congreso, y se investiría de más poderes delegados que cualquier otro presidente de la historia reciente del país. El jefe de Estado es, sin lugar a dudas, el "nuevo dueño de la Argentina". Tiene el poder absoluto para: re negociarla deuda; revisar y congelar las tarifas; intervenir los organismos de control de los servicios públicos, fijar impuestos para bienes en el extranjero; fijar el tipo de cambio y aplicar más impuestos al uso de moneda norteamericana; fijar o modificar nuevas retenciones al campo; bajar retenciones a los productos de las economías regionales; bajar los aumentos jubilatorios: decretar aumentos para el sector privado; emitir deuda y, como si esto fuera poco, prorrogar emergencias anteriores. Para que se entienda bien: podría extenderla propia emergencia cada 180 días, y sin convocar al Congreso ni nadie que se lo puede impedir.

Ahora que Alberto navega con viento a favor, y con una opinión pública tan volátil como la argentina, semejante concentración de poder puede ser percibida con cierta admiración por una parte de la sociedad. Incluso por quienes temían la conformación inmediata de un doble comando, por la potencia del mensaje y la prepotencia de Cristina Fernández. Quienes pasan mucho tiempo del día con el jefe de Estado dicen que Alberto tampoco lo ignora. Y explican que las cosas están saliendo como suponían. "En todo casi se equivocaron los que presentaron a Alberto como un chirolita o un empleado de Cristina", agregan con sorna.

Tan seguros están de haber arrancado con el pie derecho que no dejan pasar ni un solo gesto simbólico para generar empatía y acumular más poder. Su insistencia en seguir dando clases en la Facultad de Derecho y su irrupción en el comedor navideño de San Cayetano tienen esa impronta: empezar a trabajar el voto para las elecciones de medio término, aunque todavía falta un montón.

Mientras disfruta de sus días de luna de miel, Alberto diseña junto a Martín Guzmán un principio de acuerdo con los acreedores. Ese es el gran desafío que podría apuntalar el principio de su gestión o, en el caso de que salga mal, empezar a deteriorarla. Fernández me dijo el domingo pasado que no disfruta excesivamente del poder y que tampoco lo sufre. "Lo ejerzo, como corresponde", me aclaró, como si fuera necesario. En los próximos días lo va a usar para llamar la atención a ciertos formadores de precios que intentan "hacerse" de un colchón ante las nuevas medidas. También va a conversar con algunos jefes sindicales para que no transformen las paritarias en un dolor de cabeza para un gobierno que pretende desindexarla economía.

Los megasuperpoderes de Alberto también funcionan como un arma disuasoria muy potente para quienes pretendan "sacar los pies del plato". El sindicalista más poderoso y más ambicioso de la Argentina, Hugo Moyano, lo está sufriendo en carne propia. Parece que el Presidente no le dará casi nada de lo que pretende para él y su familia. Y a cambio le pedirá responsabilidad para enfrentar el tiempo que viene. En este juego de poder, Alberto corre con ventaja. No solo posee los instrumentos para disciplinarlo. También cuenta con el apoyo incondicional de Cristina, quien siempre pensó que Moyano, más que defender los intereses de los camioneros, se dedicó a acumular poder económico y personal.

Pero ejercer el poder casi sin controles nunca terminó bien en la Argentina. Alberto pidió que nadie se preocupara. Que conara en su vocación democrática. El principal problema es que sin el contrapeso del Parlamento, cualquier presidente puede ser víctima y al mismo tiempo beneficiario de los grupos de presión. Y el otro inconveniente es que sin control ni auditoría se transforme en un déspota o una especie de dictador. La historia está repleta de ejemplos.

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