Libros y Lecturas

1. Leído desde Borges, César Aira sería un autor oceánico, abundante, expansivo. El periodismo usa la palabra "prolífico." Borges sería el escritor de la miopía, de ver poco o nada, de escribir poco, de condensar y concentrar, de intervenir con pequeños movimientos, con pequeños puntos, todo lo cual lo llevaría finalmente de la ceguera. Y Aira sería un escritor anti-microscopio, más bien lo contrario: plano, liso, sin porosidades. Esto se transmite a sus personajes que recorren sus obras privados de psicología. Y mientras Borges hace de la entrevista un arte y un arte casi de masas, Aira niega ese espacio, lo retacea, lo concede poco. Borges es conferencista. Aira se propone ausente de los medios de comunicación.

Miércoles. Titular: “Condenan a mujer trans por abusar sexualmente de un hombre discapacitado.” La noticia pasó en Córdoba. Otro titular: Las cucarachas son caníbales. Bajada: “Insects nibble on each other's wings after they have mated in unusual case of sexual cannibalism.” Leo, de a poco, Manifiesto Suprematista de Kasimir Malevich: “Por suprematismo entiendo la supremacía de la sensibilidad pura en las artes figurativas.”

Lunes. Twitter conforma, en su acceso irrestricto y en su inmediatez, una idea de sujeto y, por lo tanto, una idea de saber y de democracia, y todo eso está hoy en un estado crítico de angustia. La teoría del sujeto que emana de las redes sociales como facebook, Instagram y Twitter ¿quién revisa eso? Todas las redes sociales proyectan de una u otra manera una teoría del sujeto y una moral. Chesterton: “We shall soon be in a world in which a man may be howled down for saying that two and two make four, in which people will persecute the heresy of calling a triangle a three-sided figure, and hang a man for maddening a mob with the news that grass is green.”

Lunes. Viaje nocturno a la costa. De madrugada, saco fotos de la ruta 2. Escenarios ominosos, lentos, oscuros. No hay autos, no hay gente, la iluminación de edificios abandonados o clausurados es mínima. Le mando una foto que me gusta a Robles y me responde enseguida. Está despierto, trabajando. Me pregunta: “¿dónde estás? Parece Chernobyl.”

Lunes. Fui a sacarme sangre. Hice doce horas de ayuno, me desperté bien y llegué sobre la hora de cierre. No había nadie. Casi no esperé. La extracción fue rápida e indolora. Después tomé un jugo de naranja y un café con leche en bar de la esquina de la calle Potosí. Se me acercó un hombre ya algo mayor con un barbijo. Me preguntó qué leía. “¿Usted es de acá?” Le mostré mi edición del Quijote. Pensó que era un médico del hospital, tal vez porque yo estaba con el barbijo celeste. “Ah, muy bien” me dijo cuando vio la tapa del Quijote. Le sonreí abajo del barbijo. Después me dio los buenos días y se fue.

William Powell vivía en Nueva York y tenía diecinueve años cuando escribió The Anarchist Cookbook. Barricade Books, del editor Lyle Stuart, lo publicó por primera vez en 1971. The Anarchist Cookbook combina un estilo panfletario y el llamado a la acción con tácticas de insurgencia, sabotaje y creación de explosivos caseros. Cuando no se esmera en descripciones técnicas, ofrece párrafos de prosa política y citas del Che Guevara y Abraham Lincoln. Hoy se consigue con facilidad en la web.

1.Borges se lee con Inglaterra. ¿Sería más preciso decir con el Reino Unido, con el idioma inglés, con la tradición sajona? Juan José Saer intentó torcer esa tradición, ya un lugar común, arriesgando un Borges francés. Hay un Borges español, incluso españolizante y castellano, que nos llega de su época como ensayista barroco y poeta ultraísta. Pero ¿qué pasa con Italia? Mi hipótesis, siguiendo esa línea de lectura, es que Borges no quería a los italianos. ¿Qué significa no quería? Leo un rechazo, encuentro, más allá de su humor ácido, una distancia sostenida, tanto en el centro de su obra como en los bordes. Borges ejercita un ligero desprecio, un desagrado, la desconfianza, a veces más marcado, a veces al pasar. ¿Por qué?

Sábado. El año empieza con un titular: “Extreme Psychotic Symptoms Found In Some COVID-19 Patients.” Le cabe el adagio: The plot thickens. El 2020 fue un año de ciencia-ficción, está bien. Tuvo su virus global, su incertidumbre, sus barbijos obligatorios ciber punk y su guerra fría entre las farmaceúticas y los gobiernos. Pero el guionista mundial, que arrancó con todo, se fue quedando. Hoy se rumorea que volveríamos a alguna forma de cuarenta o restricciones. Pero ya no hay tanto miedo al virus. El miedo se parece mucho a un commodity político en nuestras sociedades paranoicas actuales.

Domingo. La última semana del año promete ser inolvidable por muchos motivos. El 2020 molesta al novelista con abundancia de irrealidades y va a mantener ocupada a la industria editorial unos años. Los editores, animales fuertemente impresionables con brillos y oropeles, ¿caerán en el vértigo de la descripción una vez más?

Lunes. Llega la nochebuena. ¿Quién de nosotros escribirá el nuevo cuento de navidad-covid? La felicidad gira sobre esas reescrituras, sobre esas moralejas.