Libros y Lecturas

Lunes. Una viñeta de Isaac Bashevis Singer cuenta que dos judíos se encuentran en una estación de tren. Uno lleva una valija enorme y el otro le pregunta “¿A dónde vas, Abraham?” Y el de la valija responde: “Me voy a vivir a la Argentina” A lo que el primero comenta: “¡Vas muy lejos!” Y el segundo dice: “¿Lejos de dónde?” Es una buena historia, simple y con un buen remate. ¿Por qué me impacta tanto? Parafraseándola podría decirse “estamos encerrados.” Pero ¿encerrados de qué? O quizás aún mejor ¿encerrados de dónde?

Lunes. Disney World suspende sin goce de sueldo a 43.000 empleados. La fantasía está en otro lado. No en la televisión de aire, desde ya. Ahí el monovirus se instala como monotema y todo está en mono. No hay posibilidad de estereo. Aunque, cada tanto, algo nos sobresalta. Los números de muertos son deportivos pero no logramos ignorarlos del todo. Argentina tiene la situación bajo control comparada con otras naciones del mundo. La sensación es de solidez. Por primera vez, nuestra paranoia nacional nos ayuda.

Lunes. No enfrentamos el Apocalipsis sino la continuidad. Pero antes de la continuidad, un parate. Nos detenemos pero no de forma definitiva. De ninguna manera. Todo se detiene, pero por un rato. Y ni eso sabemos con certeza. El movimiento interruptus es más perverso aún que el del final. El de final sería, seguramente, liberador. Y este que vivimos es coercitivo. Vivimos en un acorde disminuido, no hay todavía reposo. Frente a esa tensión, que tiene forma de angustia, si resolveremos en un acorde menor o mayor parece ser lo de menos. La melancolía de un acorde menor, ¿o la fuerza afirmativa de un acorde mayor? La mejor frase sobre la epidemia del coronavirus es de Napolitano: “En el futuro todas las distopías se verán cumplidas porque la realidad es un arte combinatorio.”

Domingo. Alberto estiró la cuarentena hasta el lunes 13, después del domingo de resurrección. Termina la Pascua, termina la cuarentena. O sea, la taba está en el aire. Alea jacta est.

Lunes. Aislamiento voluntario total. Así le dicen. Desde todo los medios insisten: quedate en tu casa. La situación es, por lo menos, de una excepcionalidad rara. Fui al supermercado. Había góndolas vacías. La gente se movía con distancia y los empleados usaban barbijos. Compré lo que pude. Creo que estaba algo nervioso y como no tenía lista adiviné un poco qué me faltaba. Volví a casa pensando en muchas cosas pero intentando no pensar en nada.

Lunes. El museo donde trabajo cerró al público por treinta días. Pero los trabajadores tienen que seguir yendo a cumplir su horario habitual. Ahora, solo en una oficina vacía, leo la Historia de la lengua española de Rafael Lapesa.

Lunes. Intento leer sin mucho éxito. Leo fragmentos y abandono, o leo cosas que ya leí. Como fuere, leo poco. Estoy muy lleno de ansiedad y de aburrimiento, pero de un aburrimiento hasta cierto punto necesario. ¿Por qué? Me mudé. Ahora vivo en Flores, en un piso nueve. Tengo buena vista. ¿Voy a poder escribir desde ahí? Todavía no escribí nada. Tengo algunos de mis libros en la nueva casa. Quiero estar solo. Napolitano en Twitter: “Se puede establecer el punto exacto en que un acorde deja de ser argentino.”

Lunes. El martes de la semana pasada me quisieron robar la bicicleta. Iba por una calle en pendiente, a una buena velocidad. Dos pibes aparecieron desde la izquierda. Uno gritó que le diera la bicicleta. Tenía un arma. No llegué a ver cuál, pero vi el caño y la boca, redonda y perfecta. Como aparecieron muy cerca, desde la derecha, me caí hacia la izquierda. Aterricé con el codo y la cadera. Me debo haber pegado un golpe importante porque los ladrones, inexpertos, desaparecieron, y dos vecinos se acercaron a ayudarme.

Lunes. Ayer compré Zink City de Fede Rodriguez y Omar Hirsig. No es un libro de historias ni de historietas, son, por lo menos, como cinco o seis libros juntos. El personaje central es el padre José Zink, un cura hijo de alemanes, que nació en La Pampa en 1923 y vivió cuarenta y ocho años en Rio Grande, Tierra del fuego. Zink City es una fiesta sagrada de demonios, bendiciones, violencia y mucha imaginación cruzando el fin del mundo. Lo leo despacio porque a veces es demasiado talento concentrado.

Lunes. El inútil de la familia no es el lector, el inútil es el escritor. Martes. Este año cumplo cuarenta y cinco años. Ya soy largamente más viejo que Roberto Arlt cuando murió a las cuarenta y dos. En Internet encontré un breve relevamiento de los lugares por los que anduvo y, salvo un breve lapso de tiempo en Córdoba, donde hizo la colimba y se casó, siempre estuvo viviendo entre Flores y Caballito.

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