Libros y Lecturas

Lunes. Me despierto, me conecto y me entero que murió Ennio Morricone a los noventa y un años. Leo la emotiva carta que dejó a los suyos. Empieza así: ““Yo, Ennio Morricone, he muerto.” Luego le dedico el resto del día a llamar a Telecentro, reclamar, amargarme y escuchar música. Por la noche, me emborracho. La cuarentena ya se vuelve rutina, y no una buena rutina. Si al menos pudiera escribir algo. Pero ¿qué cosa? Necesito fuerza para eso. Soy como un pasto seco que lucha para que no se lo lleve el viento. Eso es escribir. Esa neurosis, esa ansiedad, esa esperanza. Hang in there, pasto.

Lunes. El viernes pasado se me rompieron los cambios de la bicicleta. Estaba andando por Colegiales. Sentí el crack. Paré. La cadena estaba caída. Saqué la rueda. No había mucho qué hacer. Busqué en la zona con el celular. La terminé llevando a una bicicletería que encontré en el Google Maps. Me recibió un hombre canoso. Me explicó que se había roto el “fusible” y que el arreglo me iba a salir mil pesos. Le señalé que el brazo de los cambios también había hecho saltar dos rayos de la rueda de atrás. Me dijo que no había problemas. La dejé. No podía hacer mucho más. Empecé a caminar, crucé por Chacarita, caminé solo, a lo largo del paredón del cementerio por la calle Jorge Newbery. No es la primera vez que hago ese camino, ni a pie ni en bicicleta. También pasé muchas veces en auto. Pese a la ominosa cuarentena y a lo desolado del momento, el lugar me sigue gustando. Quizás porque se trata de una cita al romanticismo alemán. Tal vez por el silencio.

Lunes. Si buscamos desfallecer el ritmo del significante, deberíamos empezar por salir de Twitter. ¿Ritmo? Pienso en una historia que sea la historia alemana del lobo y la lavandera, contada una y otra vez, con variaciones. Aunque quizás las variaciones estén de más. Lacan: “el inconsciente es el sujeto, en tanto alienado en su historia, donde la síncopa del discurso se une con su deseo.” 

Lunes. Neonazis defienden la estatua de Churchill en Londres durante una acción convocada desde Black lives Matter. ¿Contradicción? Más bien la historia toma un camino que, como diría Mavrakis, transparenta algo más.

Lunes. Compré en una librería digital dos libros pirateados. Invitación a la masacre de Marcelo Fox y Marc la sucia rata de José Sbarra. Arreglé una hora para pasar y fui en bicicleta hasta Devoto. Pocos autos, algunos viandantes por cuadra. Hacía frío. Volví contento. Las tapas de los libros me gustan. Sbarra y Fox, hay algo que los une. Su posición periférica, sus muertes con aire de drama antes que tragedia, su merodeo por los arrabales de la inteligencia porteña.

Lunes. El lento terror de la pandemia y los medios. El cansancio audiovisual. Lo más fácil y abundante de obtener es el Mal, decía Hesíodo. Para mí se equivocaba.

Lunes. La conciencia se transformó en una especie de commodity pero si la querés apurar, la transformás en paranoia y siempre te quedás afuera. Pero ¿afuera de qué? Afuera de la conciencia para empezar y afuera del negocio de la conciencia para seguir. Pero esa opacidad, después de todo, ¿no genera un goce? La paranoia como la droga dura, el estadio superior, de la droga blanda del narcisismo.

Domingo. Hace treinta años la cancillería argentina se conectaba por primera vez a algo que hoy conocemos como Internet y la OMS dejaba de considerar una enfermedad mental a la homosexualidad. Un año después caía el muro de Berlín. Por la tarde, veo un documental sobre Néstor Groppa. Leo algunos de sus poemas en un sitio web. El poeta de provincias, como diría Rojas.

Lunes. Tengo que ir a donar sangre. ¿Voy en bicicleta? El tema es la vuelta. ¿Se puede pedalear después de dar sangre? Así que ayer pensé en tomar el subte. Luego dudé. Cuando llegué a Primera Junta había todo tipo de colas. Parecía un chiste soviético. Todo el mundo estaba afuera y estaba haciendo una cola para algo. Para el banco, para el correo, para la farmacia, para el supermercado. Viajé sin problemas. Después llené un formulario. Una médica me hizo una serie de preguntas y finalmente me sacaron sangre. Volví como fui y en Primera Junta las colas seguían ahí.

Domingo. Desde hace dos días siento algunos mareos. No soy de marearme. Es algo nuevo. Espero que la sensación se vaya sola. Me doy un baño. Tomo un ibuprofeno. Pero sigue. El dolor es más una incomodidad, como una presión en la nuca, que sube hasta la cabeza. Voy a la farmacia a ver si me pueden tomar la presión. Pero los domingos no hay enfermera y la mujer de la caja me da a entender que, en contexto de pandemia, no importan las sospechas hipocondríacas. Hace un gesto de comprensión falso que me sorprende. Si llega un ACV, se verá luego. Intento dormir una siesta. Tomo una taza de té. Finalmente llamo al Hospital Italiano.