Libros y Lecturas

Sábado. Leo: “La Iglesia recomienda insistentemente que los cuerpos de los difuntos sean sepultados en cementerios u otros lugares sagrados.” Ayer: sueño que entro en una casa y robo tres paquetes envueltos en papel blanco que resultan ser fajos de dólares. En el sueño, me reprocho la inmoralidad del acto pero estoy feliz. Despierto y el sueño me causa gracia. Siento que mi cabeza está atada a la esfera mediática. Hay mucho hastío, mucho aburrimiento y mucho malestar. Pero el consumo sigue adelante. Nadie está contento pero ¿por qué? ¿Inflación? Siempre hubo en la Argentina. ¿Devaluación? No será la primera vez. La máquina nos ordena ser infelices. Y la máquina somos nosotros.

Viernes. Ayer no teníamos agua en el departamento. Hoy me levanté, desperté a Carmelo y abrí la canilla. Salía apenas un hilo de agua sin fuerza. Media hora después, la portera estaba en la planta baja del edificio. “¿Hubo algún problema con el tanque? No tengo agua.” La portera se apuró a responder: “Nada, ninguno.” Hubo un segundo de silencio. Era muy temprano, la mañana de un viernes. “Bueno” dije yo. No podía decir otra cosa. Y ella: “Aunque ayer hubo un problema con las bombas.” Un segundo. Y enseguida: “Y ahora las están arreglando.” Me hubiera gustado decirle algo más. Pero ¿qué? Nos fuimos. ¿Hay algún problema? Nada, ninguno. Aunque… Cuando volví del colegio, abrí la canilla del baño y el agua salía con más fuerza pero turbia. Te conozco, límpido espíritu. ¿Qué clase de ruido?

Sábado. Renunció Guzman. ¿Quién va a Economía? Todos especulan y yo pienso en el libro que estuve haciendo para el ministerio. ¿Saldrá ahora? Mia Antonella: “Te dije que tenía que salir antes.” Me río. Era algo que todos habíamos anticipado, incluso ellos. Pienso en un ensayo largo, quizás un libro, que se llame Malvinas y el dinero. Cada capítulo hablaría de economía y de soberanía monetaria. Me gustaría seguir la hipótesis de Fernando Cangiano: en la guerra estaba cifrada y se jugaba la economía de las dos décadas siguientes. Deberían ser ideas económicas, duras, científicas, pero no puedo salir tan fácil de la visión historiográfica, ensayística. Cuesta salir de la porquería. Malvinas ofrece muchas hipótesis. Se las escucha todo el tiempo, se las lee, se las dice y repite en los bares, en las cátedras, en los teatros. El desafío es darles cuerpo, encontrar o crear los argumentos, las refutaciones.

Lunes. Para escribir se necesita orden, disciplina, constancia, una alta tolerancia a la frustración y mucho esfuerzo.

Lunes. Leo El resto sintético de Luciano Rosé y Todo era fácil de Tomás Richards, dos primeras novelas sobre dos formas diferentes de la entropía nacional.

Lunes. Titular ibérico: “Un jabalí sale del mar en Alicante y muerde a una bañista de Cuenca.”

Domingo. A quince días del accidente sigo con dolores. Pero ya son más concentrados. La zona de dolor se va haciendo más precisa. Sobre las costillas de la derecha, justo donde se empiezan a separar las dos partes del esternón, ahí se expande una zona que duele, y va comprometiendo dos costillas que se estiran y dan la vuelta hasta la espalda. De hecho, el dolor hace que se me contracture. Me sigo despertando de madrugada cuando me muevo. Paso los días somnoliento, un poco cansado. Mientras tanto el barbijo solo se usa en el subte, en el colectivo y casi como un adorno, como el recuerdo material de otro momento, de otra existencia. Leo el primer número de la revista Salvaje sur. Me gusta mucho. Leo también La limpieza, de Carlos Godoy,

Martes. ¿Qué pasó con el covid? Buena pregunta. El golpe de ayer se siente más hoy. Mala noche. Dormí poco. Cada vez que me daba vuelta en la cama, me dolía. Hoy no puedo leer ni estar acostado. (Las dos actividades que vertebran mi vida. Casi lo único que me gusta hacer.) Mavrakis dice que tengo que dejar de andar en bicicleta, que no tiene sentido hacer una actividad en la cual me puedo “romper la crisma gratis.” No logro contradecirlo. Tiene razón. Como no puedo escribir ni leer, escucho a Hugo Wolf.

Lunes. El fin de semana hablo con Macke de nuestros hijos. El suyo pinta para jugar bien, de hecho, juega bien y es el goleador de su equipo. Carmelo no juega, aunque a veces ataja. Hablamos del entrenamiento de los arqueros. Me gusta que los arqueros se entrenen aparte. Cerca de Vélez hay una canchita que hace entrenamiento de arqueros. Empiezan de muy chicos, seis o siete años. Se llama Cero Gol. Me gusta el nombre. Hay algo noble, dramático, casi trágico en ser arquero. Algo de base, proletario. No se puede fallar.

Jueves. Llevo a Carmelo a natación. Lo llevo a Ferro, el club donde pasé parte de mi infancia. En vez de qudarme leyendo como siempre en la zona de los juegos, me voy a la farmacia y compro algunos comprimidos y una bolsa de agua caliente. Cuando vuelvo, leo la caja de cartón en la que viene la bolsa de agua caliente. No es la bolsa de goma, vintage, sino algo diferente que sirve para frio y calor. A partir de esa descripción y esas instrucciones de uso pienso un relato. Me tienta escribirlo. Pero sale Carmelo de la pileta y lo acompaño a los vestuarios. Le seco el pelo. Después caminamos por Caballito hasta Primera Junta y tomamos el subte por dos estaciones, Puan, Carabobo. Pienso que vivo y siempre viví en el barrio donde nací. Conozco todo. Todos los edificios, todos los lugares, las calles, el tren, los colectivos, las plazas, pero la gente siempre es diferente. Cada lugar tiene una memoria y una anécdota para mí. Las caras no, las caras son extrañas. Las caras son una invitación constante a la ficción.