Libros y Lecturas

Lunes. Un titular de Crónica: “Se contagió de Covid-19, falleció y luego resucitó.” Copete: “La increíble historia de un hombre de Pergamino emocionó a todos con su relato sobre los momentos en que estuvo muerto y luego volvió a la vida, ganándole la batalla al coronavirus.” ¿De qué tipo fue esa emoción compartida?

Lunes. Lucas Ferrero pasó por casa a buscar un libro que yo tenía en la biblioteca y él necesitaba. Me interesa como lector, lo que divulga, lo que elige. Me recomendó La venganza de Killing de Rafael Bini. Cuando se fue, entré en Mercado Libre y lo compré. Al rato lo recibí y lo empecé a leer. Me sorprende que se haya editado en 1993. Aunque no tanto. Creo que hay que leerlo como un anticipo de Vivir afuera de Fogwill y de Las islas de Gamerro, que salieron en 1998. Tiene el mérito de estar escrito antes de que pase la década. Hay pocas novelas que piensen y narren bien los años 90. Fue una época de mucha confusión.

Martes. Leo a Montaigne de forma semanal. Uno, dos o tres ensayos por semana. Preparo mis clases. También escribo una serie de notas sobre Dolphy. (Lo único que me motiva ahora, enseñar Montaigne, escribir sobre Dolphy.) Mia Antonella se mudó a Constitución. Ahora me dice que el barrio con sus chulos, sus cartoneros, su prostitución, sus dominicanos y sus senegaleses, que era lo que más dudas nos daba, me dice que ahora el barrio es lo que más le gusta.

Lunes. En 1988 mi padre me llevó al Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, al que nosotros conocíamos como Museo de Ciencias Naturales del Parque Centenario. Yo tenía doce años. No recuerdo por qué fuimos. No fue una visita planificada. Simplemente un día mi padre me invitó a ir al museo juntos y fuimos. Recuerdo que ni mi hermano ni mi madre nos acompañaron. La visita empezó, lo recuerdo con mucha precisión, en el exterior del edificio. Mi padre era arquitecto y señaló la estructura del edificio y concluyó que era mucho más grande que las salas que íbamos a recorrer. Eso quería decir que el museo tenía otros espacios, gabinetes de estudio, lugares de trabajo, a los que el público y los habitués no accedían.

Lunes. Premio Formentor para César Aira. Uno de los olvidables jurados dice que Aira es “un Vargas Llosa en miniatura.” Nos reímos del equívoco. Las diferencias son demasiadas… El escritor serio y el escritor jocoso, el proyecto del siglo XIX, el proyecto del siglo XX, el escritor social, el otro, vanguardista, la construcción y las preguntas políticas frente a la actitud disolvente. Vargas Llosa fue candidato a presidente en su país. Es de esperar que Aira ironice la comparación en alguna de sus novelas. Ya intercambió guiños con Carlos Fuentes. Luego Carlos Fuentes murió.

Lunes. No hay horizonte. El tema covid no parece poder resolverse. Se habla de cerrar o no cerrar como si eso fuera una solución. Eventualmente se puede y se va a hacer, pero solo como un atenuante, nunca como una solución. El siglo XXI, cada vez más antisocial. Y ahora aboliendo la perspectiva. Lo que llega es una capa más de paranoia a nuestra gruesa existencia.

Jueves Santo. Escribí “Buen viaje, Carlos” y ahora al releerlo, me siento un tonto. Al parecer Busqued tuvo un infarto y se cayó por las escaleras del edificio donde vivía. No murió de forma serena. Hoy estuve releyendo su antiguo blog y el ensayo que le dediqué a Bajo este sol tremendo, mientras el periodismo devora su cuerpo y parasita su mente.

Martes. Lo personal es político. El género es político. La lengua es política. Para ellas, lo único que no es político es la distribución de la riqueza. “The sky above the port was the color of television, tuned to a dead channel.” Salgo a la calle, me olvido el barbijo y vuelvo a buscarlo. Vamos a tener otro año así y va a ser más aburrido incluso que el anterior porque no va a tener sorpresa.

Aprendí lo que era el ritmo con el profesor Lentino nadando en la pileta del Club Italiano. Tres veces por semana, lunes, miércoles y jueves, Lentino daba su clase. Miles y miles de pibes aprendieron con él. Me acuerdo que hice el jardín de infantes en el club a principios de la década del 80 y ya Lentino nos enseñaba a respirar, los estilos, la patada agarrados del borde. Seguí yendo cuando empecé la primaria. En un momento Lentino le preguntó a mi madre si quería entrenar con los cadetes los sábados a la mañana. Así que empecé a ir con chicos más grandes. A veces los entrenaba Lentino, a veces otro profesor de quién no recuerdo el nombre. “Prolijo, a ritmo, a ritmo, no te vayas, la brazada a ritmo, prolijo, vamos” decía Lentino. No era rápido, no era lento, no tenía que ver con la velocidad, tenía que ver con el ritmo. Había que buscar la misma brazada, diez veces, cien veces, miles veces. La patada tenía que ir sincronizada. ¿Me salía? Sí, había encontrado mi ritmo.

Miércoles. Hace un mes saqué turno para visitar al oftalmólogo. El Hospital Italiano tiene esos tiempos. Llega el día. Voy a la sede en Caballito. Espero bastante, una media hora. Leo a Bloom. La sala de espera está vacía. Sobre el final de la tarde, me atiende un hombre vestido de calle, robusto, de unos sesenta años. Me saluda con bonhomía. Me pide mis lentes actuales. Se los paso. Los mete en una pequeña máquina. Murmura algo. “Bueno, veamos” dice y me hace sentar en una silla y empieza a señalar letras en un cartel luminoso. Me pide que lea. Yo, que me dedico a leer, leo poco, casi nada. Y enseguida no puedo leer. No veo bien. “Bueno, quiero que me hagas trabajar lo menos posible” confiesa, risueño, el oftalmólogo. Y me hace acomodarme en un aparato en el que me mira las retinas, primero la derecha, luego la izquierda.