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Libros y Lecturas

Lunes. Finalmente la semana pasada fui al traumatólogo. La burocracia médica ya me predispuso mal. Igual, esperé intentando pensar en otra cosa. Esperar siempre es lo peor. Cuando finalmente el traumatólogo me hizo pasar a su consultorio, me senté y él me saludó con amabilidad. Luego tecleó en su computadora y me pidió que me acercara. “Sí, te rompiste el fibrocartílago triangular, acá está.” Me acerqué. Las manchas de diferentes colores que vi en la pantalla no me dijeron nada. Repitió lo que había dicho: “Sí, te rompiste el fibrocartílago triangular.” Luego se dio una conversación muy breve que puedo sintetizar así. El preguntó “¿te duele?” tres veces. Y yo respondí sí las primeras dos y no la última.

Lunes. Debería escribir sobre lo que yo escribo, porque también leo esas palabras. Leo mis propias marcas y las sopeso. Pero no creo que convenga. ¿Por qué? Es como leer las aguas servidas, las deposiciones de ayer.

Lunes. Compré por Mercado Libre el número de Gente que tiene a Videla y a la Pantera Rosa en la tapa. La fui a buscar a un departamento de las inmediaciones de Parque Rivadavia. El hombre que me la vendió me trató con hosquedad. Tenía muy poco pelo en la cabeza y se lo había teñido de un color artificial. Después di unas vueltas por el centro y cuando llegué a mi casa y abrí la revista no encontré el perfil de Videla. La nota sobre la Pantera Rosa era una especie de chiste. Un periodista entrevistaba al dibujito animado que respondía a las preguntas con la voz de un actor de telenovela argentino. Pasé por arriba de algunas notas que me interesaron, un “congreso de brujos”, un atentando a un Hércules en Tucumán. Pero la nota de Videla no estaba. Miré la fecha. La revista había salido en septiembre de 1975. Entonces encontré una página final. “El 28 de agosto el general de brigada Jorge Rafael Videla asumió el comando en jefe del ejército. Su nombramiento puso final a su agitada semana. El hombre, el militar, su infancia…” Pero el centro de la nota no estaba. Alguien la había arrancado.

Lunes. Vi tres veces Gremlins con mi hijo. Las tres veces la disfruté. Al final eran un arma biológica del Eje. También se parece mucho a una película contra la depredación y las reformas que encaró Reagan. El miedo del pueblo pequeño y tradicional a ser arrasado por la década del 80 y sus vicios extranjeros. (Creo que por eso los Gremlins generan cierta adhesión. Desde ya hay, como siempre, una lectura freudiano-pop donde la ternura del muchacho y su impotencia para penetrar a la chica se vuelve perversión monstruosa.)

“¿A dónde vas y de dónde venís?” le pregunta Sócrates a Fedro en las primeras líneas del diálogo que lleva ese nombre por título. No son preguntas ingenuas y se las podrían replicar y parafrasear muchas veces. ¿A dónde vamos? ¿De dónde venimos? La relación entre el sujeto y la técnica fue muy estudiada por la filosofía. Desde el mito de Prometeo en adelante hay marcas más o menos profundas según las épocas. Muchas veces es la relación de los filósofos con ese tema lo que les concede vigencia o los lleva al olvido. Como tema, la tecnología, no obstante, resulta inamovible. Las religiones también la miraron y miran, pero lo hacen con otros ojos. Casi se podría decir que la espían. La política, como disciplina o praxis, copia esta supuesta falta de interés. “Lo que importa está en otro lado” dicen los políticos en campaña. Sin embargo, hace unos años, ya décadas, diferentes formas de la técnica minan y transforman la política a un nivel nuclear.

Sábado. Ayer, viernes, reinauguración de la casa museo de Yrurtia. La muestra está muy bien. La casa es hermosa y ofrece reflejos de la vida y la ética del escultor. Estuvo un par de años cerrada y ahora está abierta. En breve me gustaría hacer la visita guiada. Me entusiasma la idea de que alguien me cuenta sobre Yrurtia, sobre la casa de Yrurtia y sobre las muy hermosas obras que guarda. (Dicen que la casa reproduce por zonas símbolos masónicos, pero no los identifiqué. También de otras religiones, cosa que tampoco ví. Yrurtia compró y adaptó la casa y ese paso del escultor al arquitecto me seduce, no sé bien por qué. La mirada que va del cuerpo a las paredes y se lleva algo, supongo).

Lunes. Dando uno de sus habituales paseos nocturnos por el barrio, Mavrakis vio un ataúd en la basura. Con más precisión, arriba de un container de basura. Lo fotografió. El cajón estaba apoyado, colocado, en equilibrio, hasta con delicadeza, arriba del contenedor de plástico. Después me escribió: “El cajón de anoche anduvo en otros lados y luego terminó en la habitación de un amigo del Niño. Fue lo más raro que vi en una calle. He visto viejos muertos, animales envenenados, cartas y ropas, juguetes sexuales, fotos y libros, discos y comidas de todo tipo, pero nunca un cajón nuevo en la basura.”

Domingo. Hace unos días se cumplieron diez años del suicidio de Báñez. Lo recuerdo con cariño y también, siempre, con un poco de sorpresa triste. Sus libros me siguen llamando. La novelas que dejó —casi todas novelas de tesis, aunque muy cruzadas con una astucia que puede parecer picaresca— me resultan lugares habitables y misteriosos. Hay mucho en Báñez para recorrer. Lo había antes de que se fuera y lo sigue habiendo hoy. (Me gustaría escribirle un correo para contarle tantas cosas… Para señalarle con síntesis mis lecturas. Me gustaría hacerlo para que me devuelva sus cortesías de siempre, ligeras, mucho más inteligentes que cualquiera de mis palabras.)

Lunes. Tuve que ir a buscar unas entradas para el Emergente al local que Locuras tiene en Once. Fui el viernes pasado. Hacía años, quizás incluso décadas, que no entraba. Tomé el subte a eso de las seis de la tarde. Bajé en la plaza y caminé media cuadra. Al fondo del local, en una ventanilla que parecía de un banco, había dos punks esperando que llegara el encargado. Me sumé a esperar y estuve un rato mirando los posters de las bandas que publicitaban sus próximas fechas. Después compré mis entradas y caminé de vuelta al subte. Pero antes de bajar a la estación, caminé hasta el mausoleo de Rivadavia y di la vuelta mirando la obra. Mientras lo recorría, escuché como un pastor evangelista citaba sus lecturas de la Biblia y vi un loco temblando de frío y hablando solo. En las paradas de los colectivos mucha gente esperaba para volver a sus casa.

Lunes. Leo una entrevista al italiano Diego Fusaro. El editor elige resaltar esta frase: “Muchos tontos que se dicen de izquierda luchan contra el fascismo, que ya no existe, para aceptar el totalitarismo del mercado.” Después en Twitter, lo veo respondiéndole al idealismo torpe de Saviano. Fusaro fue un descubrimiento de Mavrakis. Lo voy a seguir. Entiendo que ve las cosas que vemos nosotros. (Después lo relacionamos con Duguin. Macke y Richards escribieron sobre Duguin en Crisis. Hay afinidad, es la línea. De hecho Fusaro también reelabora a Heidegger para hablar de política y poder financiero. Mavrakis apostrofó que, al final, Heidegger fue el que dijo todo lo que había para decir.)

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