Libros y Lecturas
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- Escrito por Juan Terranova
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Miércoles. Durante la Segunda Guerra Mundial, los aviones alemanes a veces hacían vuelos rasantes sobre las posiciones inglesas de la RAF. Pasaban muy cerca y una vez un mecánico le tiró a uno con una llave inglesa. Me parece una buena anécdota. En Malvinas, durante la guerra del 82, sonó una alerta roja y un helicóptero, apurado por despegar, agarró una gaviota con el rotor de cola. Entonces un colimba que estaba en la pista gritó: "¡Vamos, carajo, ni las gallinas les vamos a dejar a los ingleses!"
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Viernes. Napolitano me manda un video donde un grupo de técnicos presenta un robot en Rusia. Pero el robot ruso camina mal, de forma descoordinada. En un momento, pierde el equilibrio y se cae. Napo: “Vimos a los robots tropezar y caer. Como niños, balbuceando, aprendiendo a caminar. Están en su infancia.” También me manda imágenes de un robot rapeando.
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Viernes. Soy pavloviano. Si estoy parado, todo me molesta. Lavo los platos y tengo pensamientos sombríos. Cargo el lavarropas, dolor físico. Está bien, es lo que hay que hacer. Cansado, voy pensando en mis tareas laborales y domésticas. Esos pensamientos me irritan. Cuando prendo la computadora y me ubico en mi escritorio, frente a la pantalla brillante de los tipos móviles, y empiezo a leer y escribir, de forma automática, me siento mejor, y todo cambia para bien. Es la droga digital, pero no la de las redes, sino la red interior, la alcancía creativa, el cultivo del pequeño yo que, en soledad, trabaja en sus breves miserias letradas.
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Jueves. Hoy vino el técnico a ver el lavarropas que llevaba roto más de dos semanas. Le cambió un fusible. Me cobró. Se fue. Llené el lavarropas. Lo puse a andar. Giró un rato y empezó a dar error. Estuve con eso desde las siete de la tarde hasta ahora que son las dos de la mañana. Saqué parte de la carga de ropa y la escurrí y colgué sin saber bien si estaba o no limpia. Y el lavarropas empezó a andar otra vez. Y así un par de veces. Arranca, para, da error, vuelve a arrancar, para, da error. Ahora que estoy de madrugada, disfrutando de una noche cálida de primavera, pienso en lo mucho que me gusta escribir. Tengo muchos libros planeados. Algunos ya listos para publicar. Con esas ideas en la cabeza, soy feliz.
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Viernes. Titular: “Una mujer de 80 años viajó en un crucero de lujo, quedó abandonada en una isla tropical remota y la encontraron muerta.”
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Sábado. Para Borges, leer es una operación de recorte, una práctica limpia, ultrafina, operación que después se aplica en su escritura, que es breve y eficiente, y eso confirma su mundo, que es acotado y muchas veces repetitivo. Su ceguera influyó en este proceso. También cierta molicie porteña. Sartre le dijo que sí a la filosofía europea, sobre todo a la alemana. Pero agregó un descubrimiento. Las cosas, los entes y los seres están pegados. Son pringosos, blandos, se contaminan, sudan. Las palabras no quedan exentas de estas situación de amalgamamiento. Escribir es limpiar, separar, hasta cierto punto esterilizar las frases. Ahí se forma una dialéctica. Entre lo anal sucio, el excremento de la letra, que nos inunda, y el fóbico que le saca punta a los conceptos y los hace filosos y precisos. Todo esto, Roberto Arlt lo vio, lo describió y lo exploró antes. Las cosas están pegadas por la humedad de Buenos Aires. Los hombres que viven en la ciudad también. Bioy sería una tercera posición. Es pulcro, pero el erotismo lo enturbia todo.
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Jueves. La zona de Internet donde están las redes sociales es pavloviana. En general, el que piensa que Internet son las redes sociales no entiende muy bien qué es Internet.
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Viernes. Redacté una breve pieza sobre César Aira ganando el Nobel y le puse “Una fantasía fiscal” porque especulé con los problemas que le daría traer un millón de euros en la Argentina. Cuando le dieron el Premio Formentor, Juan Antonio Masoliver Ródenas, que era miembro del jurado, lo definió así: “He sentido siempre una gran admiración por él, es un escritor incesante, un Vargas Llosa en miniatura.” En mi nota recreo la escena en que Aira agarró la bolsa del premio –unos para nada despreciables 50.000 mil euros– y con resignación realizó una sana reverencia. ¿Sintió la humillación ese Vargas Llosa en miniatura? Creo que ya escribí sobre esto. Este año el premio se lo dieron a un húngaro. Título Infobae: “La novela del premio Nobel de Literatura escrita en una sola frase a lo largo de más de 400 páginas.” Cómo se nota que los que premian son unos viejos ebrios que no salieron del siglo XX.
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Viernes. Tengo demasiados libros. Ya no encuentro lugar donde ponerlos. Debería comprar un mueble más, pero tampoco tengo lugar. Miré precios en Mercado Libre de una estanteria de metal negro, mientras comencé una criba, otra más. Hice una caja de libros para llevar para Las Heras. Y dos cajas más sin destino, y sigo teniendo pilas de libros en todas partes. Armé una caja con libros de Malvinas para donar al museo. Al otro día pedí un uber y cuando estaba saliendo con la caja, que estaba abierta, la portera, sin decir nada, miró adentro y sacó un viejo ejemplar de La trama secreta. Pensó que eran libros que iba a desechar. Le dije que los iba a donar, no a tirar, pero que podía quedarse con ese. La mujer dudo. Pero al final, se quedó con el libro. ¿Sarlo le regaló un libro a su portero alguna vez?
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Viernes. Fui a buscar un libro a la calle Corrientes y un pibe, muy flaco, me quiso vender unas medias a diez mil pesos. Le dije que no, pero insistía. Le volví a decir que no. La situación siguió hasta que entendió que no le iba a comprar. Entonces dijo “no vendí nada, qué ganas de robar.” No le pude responder porque se fue. Tampoco le hubiese podido decir nada. No creo que haya sido una amenaza, sino más bien una última línea de defensa frente a una realidad que se le niega. Era una persona aislada en una ciudad de ocho millones de personas. Más tarde pensé en los años 60. Se suele decir que fue un momento de epifanía de la violencia. Algo de eso se recorta con claridad en La Tarea de Williams Burroughs. Una violencia asociada a la idea de conciencia, a una idea pseudo-marxista de conciencia. La conciencia cuesta, duele, se llega a ella con violencia. Pero sostenerla es muy difícil, entonces, la conciencia se transforma en paranoia. Existe ese riesgo. La conciencia pasa muy rápido a ser paranoia. No se excluyen, pero tampoco son lo mismo. Y a diferencia de la conciencia, la paranoia tiene forma de relato. Siempre es entretenida, deslumbrante. Para existir debe ser narrada. En un punto la paranoia es la estructura definitiva de la ficción.


