Libros y Lecturas

Lunes. Desde hace ya algunas semanas voy trabajando de a poco pero sin descanso en el curso sobre Wagner que vamos a dar con Napo. Sobre todo trato de pensar qué decir mientras escucho la música. ¿Wagner hoy? Nadie se encierra a ver y escuchar una ópera de tres horas. Está bien. Pero nos encerramos a ver una serie de seis episodios de cuarenta minutos cada uno. No es un problema de tiempo. ¿Podemos hacer un consumo fragmentado de la obra wagneriana? No solo podemos, es una ventaja. ¿Le gustaría al compositor? Desde luego que no. Entonces hay algo que es factible de ser ajustado, adaptado, comprendido. A la Gesamtkunstwerk del siglo XIX, el siglo XXI le opone una escucha fragmentaria. De hecho, la escucha hoy siempre está atravesada por una coyuntura que es diferente a la del siglo XIX. El tiempo, uno de los elementos más importantes de la obra wagneriana, es otro tema, siempre es otro tema. Pero, insisto, no es tema de tener el tiempo o no tener el tiempo. La forma de acercarse a Wagner entonces resulta de asumirse como un wagneriano débil, un viandante, un turista impertinente que llega con las herramientas vanas y vulgares del siglo XXI. Nunca se va a la conquista del territorio wagneriano, sino que llega en peregrinación piadosa pidiendo ser iluminado.

Lunes. Ayer, elecciones primarias de medio término. Al peronismo, en una de sus mil facetas, no le fue del todo bien. ¿Tengo que hacer un análisis? Lo analizo así: hace diez años que escribo este diario de lecturas. Empecé el 2 de septiembre del 2011. Son cuatrocientas ochenta semanas. No siento que haya pasado tanto tiempo. Al menos, en estas notas. Tampoco sé bien qué me llevó a fijarme cuál fue el momento de inicio. Busqué en mi computadora el primer archivo y esa era la fecha. Parafraseando a Matt Groening sobre los Simpsons: “Mientras me sigan pagando, lo voy a seguir haciendo.” De madrugada le cuento a Robles. Brindamos en secreto, o al menos sin estridencias, como son los brindis sobre el arte de leer y escribir en Buenos Aires.

Lunes. A una cuadra de mi edificio se vende una casa de dos plantas. Paredes sólidas, algunos detalles en mármol, un diseño austero pero prolijo y elegante. La idea de que la van a comprar para demolerla y hacer un edificio sin gracia, como los que ya hicieron en la cuadra siguiente, me genera una angustia visceral y física. Son pocas cosas las que me angustian así. Pienso en vender todo lo que tengo e intentar comprarla. Pero ni siquiera sé cuánto vale. No reuno el coraje para llamar a la inmobiliaria y visitarla y preguntar el precio.

Lunes. Ayer estábamos con Mia Antonella mirando In the tall grass, con guión de Stephen King o basada en uno de sus relatos, y escuchamos un golpe seco. Pasaba el tren. Golpe seco. La formación empezó a parar. El primer vagón cortó el paso a nivel de Boyacá y los autos empezaron a tocar bocinas. Paramos la película y salimos al balcón. Primero llegó la policía. El tren traía gente del oeste hacia el centro. Aunque estoy en un piso nueve, se los veía por las ventanillas iluminadas. Llegó el SAME con sirena. Llegaron los bomberos.

Lunes. Releo y traduzco, de a poco, casi sin quererlo, algunos fragmentos de Paul Léautaud. Personaje, autor y escritura se funden en una experiencia que no es excepcional. De alguna forma, su diario es la continuación de Montaigne, pero decepcionada. Michel no era un escéptico. Aunque se diga mucho no es cierto. En la comparación queda claro que el escéptico es el viejo editor del Mercure de France. Lo extraño o atípico es la vitalidad de Léautaud para decepcionarse y seguir escribiendo. Eso es singular, atractivo. Un espectáculo continuo en la inmovilidad. La semana pasada releí El viejo y el mar y también pensé que Hemingway era un heredero directo de la ética de Montaigne. La experiencia, la gallardía, los caballos para uno, la caza y la pesca para el otro, la guerra y los viajes para ambos… Pero resulta imposible pensar a Hemingway y a Léautaud juntos. Aunque ahora que los reviso entiendo que sus personajes son más lejanos, y se repelen mucho más que sus libros.

Lunes. Titular en Crónica: “Una madre adicta a TikTok subió un video junto a su hija tras asesinarla a golpes.” No necesito ni quiero seguir leyendo.

Lunes. Me encanta el subtítulo de Totem und tabu: “Algunas concordancias en la vida anímica de los salvajes y de los neuróticos.” ¿Hay que leerlo como una respuesta tardía al Facundo de Sarmiento? Cuando era joven la ansiedad me llevaba a buscar atajos. ¿A dónde quería llegar? A Revista Paco, a Malvinas, a la novela que siempre estoy pensando y escribiendo, a Montaigne, a Heidegger. También a Europa. Al trabajo. Al dinero. Quería conocer a Mavrakis, a Robles, a Godoy. Pero todo era muy lento. Cuando uno es joven todo es muy lento, sobre todo si fue joven en la década del 90.

Lunes. Ya no se lee tanto interés literario en el virus, la pandemia y la cuarentena. Ni siquiera el periodismo insiste. Las muertes siguen ahí pero la novedad se agotó hace tiempo. Cuando despertó, el dinosaurio… Hace unos días Chano, el cantante, tuvo un episodio psicótico y atacó a un policía con un cuchillo de cortar el pan. El policía reaccionó pegándole un tiro en la panza. Ahora Chano está internado y le tuvieron que extirpar parte del páncreas y un riñón.

Jueves. Algunas notas que me dejaron las clases de la primera mitad del año. El archivo se titula Problemas del novelista. En relación al tiempo y su administración, ¿cuándo escribir? ¿Cuánto tiempo escribir? Pero no importa el tiempo, importa el ritmo. La extensión. ¿Cómo sumar páginas? ¿Cómo hacer crecer la narración? Pensar desde ahí es un error. No pienso desde las páginas, pienso desde la historia. (Aunque miro la extensión.) Dos instancias. La decepción. Es inevitable. El entusiasmo. Hay que tener cuidado. El tema. ¿Qué es el tema? ¿Cómo elegirlo? A veces no lo elegimos, sino que lo descubrimos en lo que escribimos. Elementos de la narración. La escena, el personaje, el estilo.

Jueves. La caldera que calienta el agua en mi departamento no anda. No me puedo bañar ni calefaccionarme. El display electrónico da error cuando la enchufo. Busco el manual en la web y lo leo. No entiendo qué tengo que hacer y si puedo arreglar la caldera por mi cuenta. Llamo a mi tío y me dice que falta presión de agua. Arreglo eso abriendo una válvula oculta en la parte de abajo de la caldera. Así pasó de E07 a E01. La letra E es de error. El E01 demanda que haga un reset de la caldera pero no sé cómo hacerlo. Vuelvo al manual. Lo leo bastante a conciencia. La caldera sigue sin encender.