Libros y Lecturas

Viernes. Viajamos bien. Ruta 2 hasta Mar del Plata. Almorzamos mariscos en el puerto. Omar nos llevó a El timón donde lo conocen y lo estaban esperando. De ahí un último tramo a Necochea. Llegamos de tarde, pero Necochea sigue fiel a sí misma. Envejece, se descascara, se derrumba, sin haber llegado a ser lo que tenía que ser. O sea, transita su momento de decadencia sin pasar por un comprobable esplendor. Esto la hace una ciudad extremadamente atractiva. Hay ruinas, construcciones abandonadas y luego edificios altísimos, cuadrados, más o menos soviéticos, más o menos bien mantenidos. Todas las calles, tienen algo que recuerda a Lynch y a Twin Peaks. También a Edward Hooper. El ambiente siempre es fantasmal y opaco, incluso de día.

Lunes. No leo nada. O leo poco. Estoy atascado hace meses con una historia de la guerra de Argelia donde el autor parece contar siempre lo mismo con mínimas variaciones. (Como programa estético es bueno, como plan historiográfico la densidad termina con un lector inmovilizado.)

Lunes. Se acerca el 2 de abril y todos se acuerdan de Malvinas. Se cumplen cuarenta años de la guerra y los llamados son para pedir contactos, para organizar eventos, para pedir asesoramiento. Pero faltan quince días, y no todo se puede resolver en quince días. Menos una guerra que abonó una posguerra de casi cuarenta años. Mientras tanto, tuve que reiniciar mi cuenta de Wasap y perdí mucha información. No la agenda pero sí los grupos, y mucha información –notas, audios, imágenes– que guardaba de forma provisoria ahí. Es increíble, casi shockeante, como se expanden los medios digitales y el grado de simbiosis que logran con la vida del usuario. Pensé que no tenía nada nada en Wasap, un sistema de mensajería instantánea, que debería ser efímero, pero ahora me doy cuenta que tenía muchísimo ahí. Se había acumulado. ¿Qué hubiera pasado si perdía los contactos? La agenda se almacena en otro lugar del teléfono y se salvó. Si esto no hubiera sido así, me habría quedado aislado.

Lunes. Juan Blanco quería mi libro nuevo, y también el de Aira. (Es buen lector de Aira, no sé qué pensará de lo que escribí.) Está viviendo en el centro, así que teníamos que poner un punto de encuentro y se me ocurrió Pasteur y Corrientes. Nos encontramos y le propuse buscar el árbol y la placa de Juan Carlos Terranova, que murió en el atentado de la AMIA. Caminamos por la mano derecha de Pasteur desde Corrientes hasta Córdoba. Faltaban algunas placas. Otras estaban sucias, rotas o ilegibles.

Lunes. Me levanté y me fui al centro de veteranos de La Matanza. Volví y arreglé con el doctor Rosé para ir a tomar un café. Cuando cerré la puerta, me di cuenta que me había dejado la llave adentro. Tomé el café con el doctor Rosé y hablé con mi madre. Con el doctor, hablé de la incompatibilidad de hacer crítica y ficción, y a su vez la incompatibilidad de casi todo y el psicoanálisis. Aunque él es psiquiatra y eso lo hace diferente. Mi madre finalmente apareció con la llave. Y entonces entendí que debería haberla ido a buscar yo, a la llave, y evitarle, a mi madre, el esfuerzo de venir hasta mi casa.

Viernes. Me levanté a las siete, llevé a Carmelo al colegio, volví, le hice el desayuno a Mia Antonella, que se fue a trabajar enseguida y después estuve en silencio escribiendo. A las once se despertó Pierina y fuimos a recorrer dos librerías del barrio que yo no conocía. En la primera había estado hace unos años para llevarme un libro que había comprado por Internet. Pero esta vez nos quedamos. Es una librería pequeña de libros usados y tiene un estante dedicado a Stephen King. Ahí compré el libro del coronel Forti sobre Malvinas.

Domingo. Me entretengo leyendo el diario de Bioy. Cada vez que aparece la SADE como escenario de algún gafe o encuentro, no puedo dejar de pensar en esos decorosos valijeros, acomodadas poetas y turistas letrados armen con su sigla el apellido del Divino Marqués. Hay coincidencia que señala la falta con cierta ironía. En uno de sus programas de televisión, Piglia despreció el diario de Bioy, cito de memoria “ese libro horrible que hizo Bioy”, pero al leerlo encuentro tanta empatía… Está realmente bien escrito. Y lo que cuenta, condensado, es de muy interesante a sorprendente. En mi juventud milité la novela como artefacto último de las letras, pero ¿cómo combatir la verdad material del diario?

Viernes. Hace quinientas semanas que escribo este diario de lecturas. Hace doscientas semanas ya estaba cansado. Ahora estoy en otro nivel. El jueves me di la tercera dosis de la vacuna y después sentí fiebre. ¿Dónde está la pandemia? Es difícil decirlo. El virus sigue matando gente, pero ya estamos todos muy aburridos. ¿La pandemia sigue en el Estado, en la televisión? ¿Dónde se parapeta y esconde el virus? En todas partes se espera el comienzo de las clases y seguimos llevando el barbijo en los lugares cerrados. Lo demás parece parte de un pasado que todos queremos olvidar.

Lunes. Hoy fuimos con Carmelo al cementerio británico. Había llovido y se sentía la humedad. El cementerio cierra a las cinco. Llegamos a las cuatro, saqué unas fotos y nos empezaron a picar los mosquitos. Pasó un jardinero y le pregunté por la tumba de Torre Nilson pero no me supo decir. Le di las gracias y me recordó que a las cinco cerraban. Cuando se fue, nos quedamos solos, mirando los nombres en las lápidas y las hiedras del verano. Éramos un adulto y un niño caminando y dudando entre los muertos. Finalmente desistí de encontrar al director de cine y nos fuimos.

Lunes 31 de enero. Estoy llegando a las quinientas semanas de este diario de lecturas y tengo la impresión de que siempre escribo la misma deslucida página con algún acierto menor, muy poca cosa, y solo en algunos momentos aislados. Leer, ¿qué leer? ¿Para qué? Escribir, ¿qué escribir? ¿Para qué?