Libros y Lecturas

Lunes 31 de enero. Estoy llegando a las quinientas semanas de este diario de lecturas y tengo la impresión de que siempre escribo la misma deslucida página con algún acierto menor, muy poca cosa, y solo en algunos momentos aislados. Leer, ¿qué leer? ¿Para qué? Escribir, ¿qué escribir? ¿Para qué?

Domingo. Veo La Terraza de Torre Nilson, 1963. Me parece excelente. El guión, la joven Graciela Borges, la actuación de Favio. Todos los planos se esfuerzan, sirven. No es difícil imaginarse una remake. La escena del picnic judío, el erotismo estival, los cuerpos jóvenes… A la noche, casi de madrugada, vuelvo a ver El dependiente de Favio. Me vuelve a gustar. Cada vez que la veo me gusta un poco más. Esta vez descubro que tiene producción de Torre Nilson. ¿Qué clase de ruido? Una piedra más en el camino que lleva a Roma.

Jueves. A doce días de haber empezado mi novela tengo tres páginas de un primer capítulo breve. Me gustan. Además cuento unas veinticinco páginas de notas. Usé casi tres días en poner en orden esas notas separándolas con prolijidad en veinte capítulos y me llevó un día entero en elegir un título. (Ese día me lo pasé en YouTube escuchando música y viendo fragmentos de documentales.) El tema es que todavía tengo que leer la bibliografía que elegí como mi corpus de apoyo. Hasta que no termine esos libros autoimpuestos como indispensables no voy a poder escribir con libertad. Mientras tanto voy ablandando el terreno, sigo tomando notas. Siempre escribí novelas de esa manera, amasando el material con paciencia, recortando las formas, desechando y transformando y limando. La novela, sus frases, su trama, es algo sucio que debo desmalezar. Está ahí, pero tengo que ir sacando lo que sobra, ordenando lo que queda y para nada no inventando lo que se me ocurre.

Viernes. Sueño que Hernán Vanoli me pide que lo acompañe a buscar su auto. Vamos hasta un estacionamiento subterráneo. Cuando empezamos a bajar, noto que la pendiente es muy empinada. Empiezo a dudar. Siento terror. Vanoli ya no está. Cuando me doy vuelta para salir el techo baja y reduce el espacio hasta aplastarme. Cuando me despierto, tengo el impulso de llamar a Hernán para saber si está bien.

Sábado primero de enero. Paso fin de año en Constitución con Mia Antonella. Se tiran muchas bombas y fuegos artificiales el 31. Pero el 1 siguen. A la tarde queremos dormir la siesta, está cálido y se escuchan gritos de todo tipo y cada tanto una explosión. Constitución es como un pedazo del NOA, o de México o de Marruecos en la ciudad de Buenos Aires. ¿Año nuevo, tedio viejo? Le tengo más miedo al aburrimiento y sus consecuencias que a la muerte. Habiendo terminado mis libros del año pasado, empiezo a escribir una novela. La imaginé demasiado. Eso va en contra de la escritura pero es placentero empezar algo muy imaginado. El desafío está en escribir algo aún mejor que lo imaginado. (Acá hay un gran secreto de escritura, la forma en cómo se encara y se sondea ese espacio que va de la imaginación a la letra.)

Martes. Ayer puse una botella de champán en el congelador. Me la olvidé y reventó. ¿Preferiría recorrer en bicicleta una Rio de Janeiro silenciosa y postapocalíptica para festejar mi cumpleaños? Es posible. Hoy cumplo cuarenta y seis. Y voy a comprar algunos libros y otra botella de champán.

Viernes. Murió José Pablo Feinmann. Le doy la noticia a Robles. Lo lamentamos. Siempre estuvo, de una forma lateral pero estuvo, en nuestras conversaciones. Pensaba que él, Robles, lo leía un poco más que yo, pero enseguida recuerdo no uno, ni un par, sino muchos de sus artículos en Página/12. Me veo bastante reflejado en su escribir constante y por todos los medios. (Y en ese reflejo veo un peligro, que se acerca y que no puedo evitar.) Mavrakis no se privó de hacer una serie de comentarios desafortunados en Twitter.

Lunes. Fui a Mar del Plata y compré La ética picaresca de Horacio Gonzalez y un libro de Mircea Eliade. Saqué fotos de edificios. Eso pasó la semana pasada. No tengo mucho más para agregar. La ciudad, eso sí, me dio ganas de escribir. Mar del Plata siempre me da ganas de escribir.

Lunes. Me quedo en casa a trabajar. Arranco temprano y feliz. Me espera un día ordenado de drogarme con los signos. Estoy entregado y feliz como el opiómano, como el dipsómano. La letra siempre fue mi destino dramático. No encuentro oro en el barro como Baudelaire, no puedo dejarlo como decía Walsh y Rilke. ¿Quién celebra la pérdida? Es dulce y destructivo. Escribir, ¿por qué? ¿Para qué? Intento que ese esfuerzo se de orientado, que sea redituable, que tenga una unión con mi vida profesional, con mi inserción capitalista primaria, intento el periodismo, la investigación, pero lo que me llama, como la sirenas, es otra cosa. Me llama la gratuidad, es el narcisismo desesperado de inventar, de cuestionar, de ser independiente del circuito del dinero, ajeno a esos condicionamientos. Eso me llama. Me llama lo arbitrario, la economía del gasto, la discusión, la desobediencia, el masoquismo.

Lunes. Fuimos con mi hijo Carmelo hasta Méndez de Andes 2138, la casa de la infancia de Roberto Arlt en el barrio de Flores. Es cerca de donde vivimos, apenas unas cuadras más al oeste del camino que hacemos todos los días para ir a la escuela. Le saqué una foto que me gusta mucho. La puse en Facebook.