Libros y Lecturas

Lunes. Cuando el capitalismo habla sin máscara. ¿Quién se anima a mirarlo a los ojos? Escuchar viejos discos. Tener paciencia. Ser amable. Odiar en secreto.

Lunes. Hoy es feriado. Me despierto temprano. No puedo dormir. La calle está vacía. Leo que ayer el artista ruso Piotr Pavlenski incendió un banco en París.

Lunes. Primer día de unas vacaciones no del todo indeseadas. “Copiare il vero può essere una buona cosa, ma inventare il vero è meglio, molto meglio” decía Verdi.

Lunes. Un tirador desde un piso 32 de un hotel en Las Vegas mató más de cincuenta personas que asistían a un recital de música country. Hay como doscientos heridos. Seguramente las cifras suban a medida que se sepa más. El tirador se suicidó, era un ciudadano modelo, se había hecho musulmán, etcétera. Después dijeron que había muerto Tom Petty. Y después al parecer no había muerto. ¿Baleado? No, enfermo o de viejo. En Internet se dio un efecto gato de Schrödinger por el cual Tom Petty estaba vivo y muerto al mismo tiempo. Mientras leía sobre el tirador de Las Vegas pensaba en una escena dramática. Llevás una semana apostando, tomando, fornicando, pensando en el azar, en el pecado, en los excesos y en el dinero. Y de golpe te matan. No parece tan mal final, después de todo.

Lunes. Un poco de desesperación vespertina. Luego, nada. Me alivia la perspectiva del viaje.

Lunes. Guerber narra un episodio: “Una vez vi a un viejo profesor cayendo por las escalinatas de la Universidad de São Paulo. Caía unos escalones, se levantaba, volvía a caer. El proceso de caída me llamó mucho la atención, porque demoró alrededor de 15 minutos para llegar al límite inferior. Yo lo observaba atentamente. Conté siete caídas. Después el viejo profesor pasó a mi lado y le agradecí efusivamente el gran espectáculo. Era de noche. Posiblemente nosotros dos (el observador y el observado) hayamos sido los únicos habitantes del campus de la Universidad. Esa noche llegué a casa y me quedé hasta las 4 de la mañana leyendo a Beckett. Así funciona el arte, queridos amigos.”

Lunes. Internet nos mostró que el mundo es un lugar horrible, lleno de gente insatisfecha. Insatisfecha con su cuerpo, con su trabajo, con su familia, con su pareja, con su mente, con sus fantasías. Internet nos mostró todo eso y nos dijo que toda esa gente podía hablar y podía expresarse y agredirse y agredirnos. Internet nos mostró lo que ya sabíamos que existía y que siempre existió: la cruel verdad de que el hombre está enfrentado a sí mismo. No a otros hombres. O no solo a otros hombres. Y que cuando se enfrenta a sí mismo pierde irremediablemente esa confrontación, lleno de ansiedad, de frustración, de celos, de envidia. Internet llega para liberalizar nuestras costumbres pero llega tarde cuando nuestras costumbres ya fueron sometidas a proyectos de una libertad sistemática, fraudulenta, obligatoria. Internet es así una máquina redundante, que satura todo. En ese sentido los androides son diferentes. No son humanos. Pero irónicamente nos vienen a demostrar que los humanos podemos ser mejores o que algo parecido a nosotros puede ser más humano que nosotros mismos.

Sábado. Leo una entrevista, de hace unos meses, a Alan Pauls. Salió en La Nación. Antes de las preguntas, Victoria Pérez Sabala, una periodista tilinga, escribe: “Por los pasillos de la casa, Pauls camina entre cientos de autores: los mejores. Por un lado ficción, por otro, no ficción. Debería tener un castillo para poder albergar todos los libros que quiere.” ¿Un castillo? ¿Esa es la idea que le genera una biblioteca grande? Pero más me llama la atención “cientos de autores: los mejores.” Desde luego, hay cientos de autores que son los mejores. Los mejores, para decirlo al revés, llegan a ser unos cientos. No más. Ahora bien, ¿Pauls solo lee a los mejores? ¿No lee a los que no son mejores? Creo que hay algunos buenos entre los no mejores. Y de paso, solo leer a los mejores es limitado. Estoy seguro que Pauls tiene una biblioteca secreta para los no tan mejores, una biblioteca que puede dar grandes momentos de concentración, descubrimiento y placer lector, tantos como la biblioteca principal que recorre y le muestra a los periodistas.

Lunes. La risa de la muchacha de Tracia. Para mí, Tales se tiró al pozo para hacerla reír. Cada vez estoy más convencido de eso. Las estrellas están bien pero pueden aburrir, en cambio la risa de una muchacha… ¿cuánto vale? Sandro lo subrayó bien. Una muchacha y una guitarra para poder cantar. No se necesita más y eso es lo mínimo. El instrumento y el público. Dudo que Tales ignorara estas cuestiones básicas. Entonces las estrellas, pero también el acto, el actuar, y producir algo terreno, la pantomima y la risa. Ya lo dice el viejo adagio: si la hacés reír…

Lunes. Hago listas de historias que tengo que contar y a su vez listas de libros que tengo que escribir. (¡No ya leer sino escribir!) Me sorprende que por momentos ese breve recorrido se estire e incluso sirva de algo. Romain Bardet es un ciclista francés. En el caño de su bici se lee “Take the risk or lose the chance.” Compré Sonetos antárticos de Marcos Victoria. Y una edición de Aguilar de la Ética de Spinoza. Compruebo, no sin asombro tonto, que es verdad su influencia directa sobre el romanticismo alemán.