Libros y Lecturas

Lunes. Soñé que estaba en una pequeña aula, con docentes y alumnos de guardapolvo, en un acto donde se celebraba alguna efeméride de San Martín. Había un busto, una bandera, pupitres, gente de pie. Me escapaba hacia los techos de ese lugar, y muy rápido llegaba a los fondos donde había árboles y edificaciones abandonadas. Desde esa altura, donde ya me sentía mejor, veía un patio con macetas y azulejos, y una puerta de vidrio que daba a una cocina. El día estaba hermoso, el cielo azul, el sol... La interpretación de esos tres lugares, uno del que huía, otro que me salvaba, salvaje, y un tercero, apacible, pero inaccesible, es obvia. Fue un sueño banal. Pero lo recuerdo con cierta gratitud. Sentía un poco de culpa a abandonar al Padre de la Patria, pero no era a él al que abandonaba, sino a su panegírico institucional.

Lunes. Soñé que vivía en un edificio mucho más luminoso y nuevo, y que, en el pasillo, al abrir la puerta de mi departamento, encontraba el paisaje de una mudanza. Lámparas de pie, valijas, paquetes, canastos de mimbre, todo tipo de enseres embalados, y, por supuesto, cajas de cartón con libros. Muy rápido comenzaba a inspeccionar las cajas, encontraba libros que me gustaban y simplemente los robaba. No había moral que me lo impidiera en el sueño. Era algo natural. El domingo parece que Mauricio Macri fue a una casa en Mendoza y dijo “Tengo que estar tranquilo, no volverme loco porque si me vuelvo loco les puedo hacer mucho daño a todos ustedes.”

Lunes. Releo este diario. No sé qué pensar. Lo reescribiría por partes. Sería una forma de canibalismo neurótico obsesivo. (Hay mucho de eso en esta metié.) Leyendo y reescribiendo hasta el fin de los tiempos, trabajando en largas jornadas, encerrado en una burbuja de nada. Muchas veces el error llega de pensar que uno puede decir algo. Los dos linajes, la desesperación y el sentido.

Lunes. Leo una nota de Sebastián Napolitano sobre Lennie Tristano que tiene esta frase: “Nada de melodía, nada de ritmo. Ahora toquemos.” Parece que la dijo el mismo Tristano. No puedo dejar de leerla, de apreciarla. Me gusta repetirla, reescribirla. “Nada de melodía, nada de ritmo. Ahora toquemos.”

Sábado. Durante la tarde, la temperatura llega a los veinticuatro grados. A la noche, salgo desabrigado y me resfrío de una forma atroz. Moco, dolor de cabeza, la imposibilidad de respirar por la nariz, dolores musculares. Así, no puedo leer ni mucho menos escribir.

Lunes. Hay un umbral de conocimiento que, una vez traspasado, ya no permite que uno escriba sobre ese tema. Esto es una obviedad. Saber mucho de algo impide que uno desarrolle la ignorancia necesaria para hacerse las preguntas sobre un tema. Incluso ni siquiera hay que saber mucho. Alcanza con saber un poco más, algo más. Pero si ese poco no está, tampoco se puede escribir. Se trata de una especie de guerra de posiciones donde el terreno es la escritura.

Lunes. Reviso mis estantes. La madre de mis hijos quiere hacer limpieza. Así que me demoro desempolvando viejas publicaciones, papeles, sobre todo revistas. También folletos, volantes, afiches políticos, boletas de candidatos raros o que voté. (Ese material que no se puede guardar en la biblioteca.) Encuentro un ejemplar de la revista española Letra, de 1991. Tiene un artículo sobre los libros y el muro de Berlín, y algunos ensayos sobre la novela y su desafío. Hay uno especialmente interesante titulado “La paradoja del novelista”, firmado por Christian Salmon. Empiezo a leerlo por curiosidad y termino buscando algo para subrayar y anotar algunas ideas. La última línea del ensayo dice: “Paradoja del novelista: es el guardián del misterio, un guardián desarmado, asaltado constantemente por la tentación de la huida.”

Lunes. Soñé que una mujer joven usaba mi rifle de aire comprimido para tirar por una ventana. Yo me acercaba y le decía que el rifle era mío. Ella me lo daba y yo comprendía que me había equivocado, que no era el mío. La mujer parecía una enfermera rusa. Ese fue todo el sueño.

Lunes. En mi trabajo pusieron un aparato donde tenés que apoyar el dedo índice y de esa manera entrás a trabajar. Lo mismo a la salida. Es un aparato que lee las huellas digitales. Lo uso por primera vez y después busco algo en mi billetera. Encuentro un grupo de billetes que guardé después de comprar algunas provisiones en el supermercado. El dinero siempre parece sucio, salvo cuando es nuevo.

Lunes. Compro por Mercado Libre La obra literaria de Ricardo Rojas de un tal Jorge Oscar Pickenhayn. La paso a buscar por una pequeña librería de Congreso. Miro un poco el libro en un bar. Es un largo panegírico. O quizás no tan largo. Pero ¿de dónde sale toda esa melaza? El mismo Rojas les enseñó a sus exégetas el bombo y el autobombo. En el principio de este libro esa gestualidad ya es graciosa. Se insiste, Rojas es importante. ¿Quién lo dice? Hay una larga lista de nombres. Pero con eso no alcanza. El libro se editó a fines de 1982.