Libros y Lecturas

Lunes. Ayer compré Zink City de Fede Rodriguez y Omar Hirsig. No es un libro de historias ni de historietas, son, por lo menos, como cinco o seis libros juntos. El personaje central es el padre José Zink, un cura hijo de alemanes, que nació en La Pampa en 1923 y vivió cuarenta y ocho años en Rio Grande, Tierra del fuego. Zink City es una fiesta sagrada de demonios, bendiciones, violencia y mucha imaginación cruzando el fin del mundo. Lo leo despacio porque a veces es demasiado talento concentrado.

Lunes. El inútil de la familia no es el lector, el inútil es el escritor. Martes. Este año cumplo cuarenta y cinco años. Ya soy largamente más viejo que Roberto Arlt cuando murió a las cuarenta y dos. En Internet encontré un breve relevamiento de los lugares por los que anduvo y, salvo un breve lapso de tiempo en Córdoba, donde hizo la colimba y se casó, siempre estuvo viviendo entre Flores y Caballito.

Lunes. El sábado a la una de la mañana entré en una sala de cine de Belgrano para ver 1917. Me gustó. Una película “como las de antes”, cine clásico, aunque con las artimañas de ahora. Buenos momentos de acción, justos momentos de sensibilidad y comunión. Buena trama simple que no se demora en nada: a un hombre se le pide que haga algo muy difícil. Lo hace y eso lo transforma para siempre. Desde ya, está excelente y virtuosamente filmada. Pero esa destreza funciona con buenos actores y buena trama. No recuerdo qué crítica se le hizo. Quizás que no nos ilumina de forma romántica sobre nada, tal vez repite lo que ya sabemos. Pero el momento en que el soldado nada entre los cuerpos muertos que flotan, la desprolijidad general de la guerra, lo azaroso de las muertes y los combates, me parecieron decisiones muy acertadas, líricas, dignas de admiración.

Lunes. Mi mano izquierda tiene un corte. Pero sana bien. La derecha está más golpeada. Aunque la muñeca fue mejorando, tengo dos o tres golpes más que todavía la resienten. De hecho, cuando la rotura del fibrocartílago triangular empezó a mejorar, un golpe contra una pared me generó un dolor paralizante. Y aunque estoy usando mucho la bicicleta, así y todo se va curando. Ya no soy pesimista para la salud de mis manos. Y cuando nunca me duelen es cuando escribo.

Lunes. Estoy leyendo y escuchó ruidos afuera. Los vecinos llaman a la policía. Nadie entiende qué pasa. Yo tampoco. Las sirenas no hacen ruido, pero entran por la ventana y proyectan una luz azul que da sobre el libro que leo. 

Lunes. Voy al banco. Trato de leer mientras espero para ser atendido. ¿Por qué es tan dificil? Hago el esfuerzo y me concentro. Mientras leo escucho a una mujer en un box, hablando con un empleado del banco. Me llegan fragmentos de la conversación. La mujer insulta. El estilo de su habla es indignado. En el banco, la estética apunta a generar confianza pero la ansiedad de la espera se proyecta contra las cosas, las dudas surgen, el tiempo se diluye. Time is money. En el banco el dinero se puede sentir en las paredes y en el aire por eso es difícil leer ahí. Letra y dinero nunca se llevan bien.

Lunes. Por recomendación de Gogui miro los dos primeros episodios de SS-GB, una serie producida por la BBC. GB es Gran Bretaña y SS son las SS. La narración se desarrolla en base a una idea poco original —los Alemanes ocupan Gran Bretaña luego de ganar la guerra— cruzada con otra idea tampoco muy original —un inspector de policía ineficiente se ve tironeado entre la facción fuerte pero desagradable que detenta la ley, en este caso los alemanes, y la moralmente correcta pero ilegal, en este caso, la resistencia británica—.

Lunes. Soñé con una mesa que mi padre hizo en la década del noventa para una casa que teníamos en el bosque de Cariló. Cuando después de su muerte la casa se vendió, la mesa quedó ahí. Lo lamenté. Era una mesa grande y pesada, muy bien terminada, hecha en una madera veteada fuerte y clara. Un invierno estudié latín sobre esa mesa y di el primer nivel libre en la facultad. Estoy seguro que la mesa ayudó en el estudio. Era sólida, estable y fuerte. Lamento haberla perdido, mucho más que la casa, un lugar que ya había cumplido su ciclo.

Sábado 28 de diciembre. Cumplo cuarenta y cuatro años. Una buena cantidad. Me hubiera gustado que me regalen tiempo para corregir una novela. Una más. Después de los cuarenta se aprende a escribir novelas, decía el maestro. ¿Cuando se aprende a corregirlas para que salgan bien?

Lunes. Soñé que iba al velorio de un policía. El muerto estaba acostado en el cajón y la cara tenía una piel de cera gris, opaca y verdosa. Aparte tenía puesto el uniforme y la gorra. Yo pensaba en el sueño: “¿cómo le van a dejar la gorra puesta? Se la apoya sobre el pecho, en todo caso...” Después, los concurrentes celebraban las virtudes del muerto. Era un buen hombre, recto, amable, etcétera. Más tarde, escuchaba a alguien que decía, con desdén: “Era un fanfarrón.”