Libros y Lecturas

Domingo. Me despierto con calor, transpirando, pese al ventilador. Agarro el teléfono y lo enciendo. Leo correos y redes sociales. Mavrakis me dijo una vez que lo primero que vemos cuando nos levantamos y lo último que vemos antes de dormirnos es el teléfono. En mi caso es verdad, y es ahí donde empiezo a leer también. Mi primera y mi última lectura del día. Después me levanto, desayuno y miro en la TV un repaso por los balnearios de Argentina. Dos minutos después, cerca ya del mediodía, salgo a la calle. El cielo está azul, sin nubes. El barrio está vacío. Camino con calor. El sol hace que todo brille.

Lunes. El peronismo nunca fue una apelación a la conciencia sino al deseo y a su obscena materialidad. Pero en el siglo XXI, el espectro político tiende irremediablemente a lo socialdemócrata. (¿Lo hace en reacción a la brutalidad del siglo XX?) Y las redes sociales ¿no son lo opuesto a la socialdemocracia? Leo que en Gualeguaychu una chica de diecinueve años mató a su novio de veintiuno con el arma reglamentaria de su padre policía. Después puso en Facebook este mensaje: “Cinco años juntos, peleando, yendo y viniendo, pero siempre con el mismo amor. Te amo para siempre, mi ángel.” Según la nota, lo mató por la espalda.

Lunes. Cuando estuve en La Plata, pasé por la casa de Ricardo Barreda. Tiene un portón negro y dos ventanas todas pintadas con grafitis viejos y recientes. En el portón se lee en letras blancas “asesino.” Arriba, casi en el centro de la fachada, hay una frase mucho menos previsible: “no a los museos.” ¿Qué significa esa frase ahí? Me convoca y a priori, si terminar de entender, estoy dispuesto a respaldarla, sabiendo que trabajo en un museo, o quizás por eso mismo.

Lunes. Viajo a Mar de las Pampas con mi familia. ¿Descansar implica leer o no leer? Llevo algunos libros que casi no miro. Pero leo, más bien hojeo, una antología Conflictos en el atlántico sur (Siglos VIII-XIX) editada por el Círculo Militar en 1988. Es la misma hipótesis de siempre, la de Carl Schmidt, pero aplicada al Atlántico Sur. En el primero ensayo, se narra el intento de la corona británica de anexar Puerto Deseado en la Patagonia española hacia fines del siglo XVII. Me entretiene, y capitalizo algunos datos pero lamento, como casi siempre, lo mal que escriben los historiadores militares. En Buenos Aires, se intenta votar la ley de la reforma previsional. Gendarmería reprime. Miro la televisión a la noche pero me entero por los mensajes de WhatsApp que me llegan, uno tras otro, sobre la situación en la cámara baja y en la calle. Esa es mi lectura más importante hoy.

Domingo. De ayer a hoy sueño que estoy en la Antártida con mi padre. La casa que construyó en la costa atlántica está ahí, pero en vez de ir con dos pisos hacia arriba, va hacia abajo, se entierra, es subterránea. La luz que hay es cálida. En el techo, una puerta corrediza me permite salir. Salgo. Mi padre me mira hacer. No dice nada. Nunca me juzgó. No va a haberlo en un sueño, y en la Antártida, aunque esa sea su casa. Afuera hay una cancha de tenis de polvo de ladrillo, naranja entre la nueve. Maximiliano Tomas juega en ella. No veo contra quién juega. Lleva puesta una máscara de oxígeno, un vidrio cuadrado y cristalino. Me despierto y pienso que debo escribir este sueño, no interpretarlo.

Lunes. Los castellanos no son mojigatos. Tampoco los gallegos ni los vascos ni los gitanos. Eso es de catalanes. Ah, la mojigatería, ese falso pudor, confundido con civilización, cuánto mal han hecho en estas tierras benditas. Luigi dice que es influencia sajona, calvinista. Tiene razón. Ahí hay un nudo.

Domingo. Ayer volví a ver Robocop en la televisión. Doblada. En trasnoche. ¿Son los condimentos ideales de ese futuro que ya quedó lejos a fines de la década del 80? La pantalla se pixelaba un poco. Pienso que las redes sociales repiten personajes y tramas de la novela del siglo XIX. O sea, no van hacia el futuro sino hacia el folletín.

Lunes. Feriado por el día de la soberanía. Leo La paliza de Marcos Apolo Benitez. Es su segunda novela, breve, contundente. El narrador es una chico que vive en un pueblo y observa y padece a su familia. Y esa familia salvo por algunas excepciones, como los abuelos maternos, se dedica a desertificar y destruir al mismo tiempo que sostiene unas relaciones sociales aterradoras. La familia como desierto, entonces, como agresión, como condena. Empiezo a ver La juntidad espeluznante, una película hecha en los 90 por Martín Quiroga y Jorge Quiroga. “Con un lenguaje que algunos asociaron con el free cinema y otros con el punk, La juntidad espeluznante explora el clima cultural y político de los principios de los setenta.” Pero lo interesante es que lo hace desde los 90s, un tiempo que ya también es pretérito.Lo que se junta es “el grupo de la revista Literal (1973-1977), de la cual fue miembro Quiroga, y la de la movida under de los noventa en la que participó activamente Carmona.” La película me gusta. Me siento reconocido en ella. Y ya sabemos que nada puede matar Buenos Aires, es Buenos Aires la que si quiere te mata.

Sábado. Ayer volví a Buenos Aires. Hoy intento leer sin mucho éxito. El cansancio físico me lleva a la desconcentración. Me limito a repasar los libros que traje de Neuquén. La mayor parte poesía. Libros, plaquetas, folletos del Proyecto Puentes. Entre los libros tengo Ya no anula la luna de Lucas Castro, Hora blanca de Tomás Watkins, Informe de aves y otras cosas que vuelan de Rafael Urretabizkaya, y La ruta metafísica del héroe, una antología bastante completa de Raúl Mansilla que abre con el ya mítico poema Danzando un camaruco en Nicaragua. En un folleto leo un fragmento de Mansilla que me impresiona: “Sabemos que nunca podremos ir a nuestro cerebro, porque no hay años luz que surcar, porque ahí está todo, está el secreto de los viajes, excusas y excusas, ahí está el agujero negro de la vida que es como descongelar una heladera.”

Domingo. El sábado trabajo en la Noche de los Museos. Me aburro. Me acuesto tarde, cerca de las cinco de la mañana. Me levanto y decido viajar a Mar del plata, a ver unos amigos. Miro en Internet los horario y los pasajes. Elijo la una de la tarde. Ajusto los tiempos para pasar el mínimo tiempo posible en Retiro. Llegó media hora antes. Voy a la boletería. No hay pasajes para la una. Me quejo. Digo que en la web había lugares. Me dicen que la página no actualiza. Próximo bus, tres de la tarde. Otras empresas, misma situación. Miro a mi alrededor. El viejo y conocido purgatorio de Retiro. Esa agente, esas caras, esos pisos, esa iluminación. Pienso en una playa paradisíaca, pienso en una mujer, en el sol, en el mar, en el cielo. Podría ser peor, podría ser de noche, y quedarme sometido a la espera en la penumbra sucia de la terminal. Me resigno. Compro pasaje para las tres en Empresa Argentina. (Buscar en Borges la referencia a la “empresa argentina.”) ¿Qué vamos a hacer hasta las tres? preguntaría Godoy. (Creo que él y Falco y Lamberti tenían un sello de plaquetas de poesía en Córdoba que se llamaba ¿Qué vamos a hacer hasta las seis?) Bajo de las boleterías a la zona de los bares y los negocios. Retiro, purgatorio de las almas proletarias, de las esperas y las esperanzas. Elijo leer y escribir. ¿Qué más podría hacer? Si puedo leer y escribir ya no es tan malo. No puede ser tan malo… La terminal tiene un wifi centralizado que no anda mal. Y sin embargo, hay un pliegue que me hace tropezar. ¿Y si leer y escribir, justamente leer y escribir, formara parte de mi castigo, de mi purga? ¿Y si Retiro no fuese más que un momento de un continuo que me impide ser yo mismo, ser en el cuerpo, trabajar con los brazos, con las piernas, matar, amar, emborracharme, construir, guerrerar, conspirar, dirigir, traicionar, ganar, perder? En el bar que elijo la televisión sintoniza mal. Hay dos viejas almorzando. Comen con lentitud. Parecen monjas, pero no son monjas. Me instalo y leo. No me siento condenado. Tampoco necesariamente bendecido.