Libros y Lecturas

Domingo. Estoy en Ushuaia. El aeropuerto de la ciudad se llama Malvinas Argentinas. Viajé en un horario incómodo y algo ridículo de cuatro de la mañana, pero eso me evitó mucho tráfico en la ciudad y mucha gente en Aeroparque. Aterricé en la isla a las ocho. Tomé un taxi, que bordeó el canal y me llevó a un bar del centro, en la avenida San Martín donde desayuné mientras leía la biografía que Canclini hizo de Popper. Después empezó a llover. “Estoy en el fin del mundo” pensé, con una alegría que me sorprendió. Después fui hasta mi hospedaje en la calle Kamshen, cerca de la montaña, arriba, cuya vista me conmovió. Es raro estar en un lugar tan especial sobre el que leí tanto. Se parece a caminar dentro de un libro.

Lunes. Fui a la farmacia y el farmacéutico estaba leyendo a Stephen King. Entré al mediodía a un Farmacity grande y vacío, bien iluminado, sobre Libertador. Cuando me acerqué al mostrador, cerró el libro. Llegué a ver que era King pero no el título de la novela. Stephen King es de esos autores donde el nombre pesa más que el título. Me dio pudor preguntarle porque cerró el libro muy rápido y lo guardó.

Domingo. Golpe de estado en Bolivia. El gobierno argentino lo relativiza. Volvemos al siglo XX. Un gran retroceso para la región. El viernes soltaron a Lula, el sábado nació Paloma Terranova, mi sobrina, y el domingo los militares le pidieron la renuncia a Evo. Paz Soldán y Giovanna Rivero me dan vergüenza apoyando el golpe en Twitter. Intelectuales apoyando golpes de Estado, la verdad es que no sé qué es lo que me parece raro. Quizás mi ingenuidad fue creer que la historia había cambiado y que los letrados iban a valorar la democracia.

Lunes. No existe posteridad para la escritura. No existe la consagración más allá de cierto acceso al dinero, siempre insatisfactorio, y ese desagradable besamanos cultural, también amargo, incluso tóxico. ¿Un premio? ¿Un cargo político? ¿Una mención en alguna historia de la letras nacionales? No lo veo. Lo que existe es una necesidad de leer y escribir y un gran fardo de equívocos egoístas. Pero, desde luego, donde hay una necesidad hay un derecho. Y también un goce.

Lunes. En una charla con Macke me surge citar a Pablo. Lo hago de memoria. Y lo simplifico. Después busco Romanos y encuentro la cita original: “Nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza.”

Lunes. “¿Sabés qué es Alberto?” me preguntó Carlos Godoy. “Es lo simple, bien hecho” respondió él mismo. Me impresionó la frase y la descripción. Lo simple, bien hecho. Le di las gracias. Una frase así siempre es útil. Siempre.

Lunes. Escribo sobre leer y qué leer y cómo leer en este diario y nunca escribo sobre el género “diario” en sí. Practicarlo, practicar el género, me resulta más simple y mejor que teorizarlo. Parafraseando a Diderot: ¿Para quién escribo? Para nadie. ¿Quienes me leen? No me importa. ¿Quienes escribimos? Todos escribimos.

Lunes. Cada tanto me duele la muñeca. Sobre todo cuando levanto algo pesado. Tuve que sacar un colchón de una cama y fue terrible. Pero no me duele mientras escribo. Mientras escribo no me duele nada.

Lunes. Leo en el DailyMail: “An australian tourist had her phone stolen by an orangutan at a Bali zoo.” Es probable que le haya hecho un favor. También leo que el perro de una mujer entró a un potrero donde había un camello y la mujer entró atrás y el camello se sentó sobre la mujer y le puso los testículos en la cara.

Lunes. Si una narración es experimental no satisface la lectura. Si satisface la lectura no es una narración experimental.