Libros y Lecturas

Uno de los electricistas antárticos de la base me habla de una expedición a otras zonas de la isla donde ponían los guantes en el caño de escape del Unimog para calentarlos. Me cae bien. Es buen narrador. Le digo que no hace tanto frío. Me dice que no, que todavía no.

Recorro Casa Nueva, el lugar donde me hospedo en la Base Carlini, un largo pasillo con cuartos con habitaciones del lado sur y habitaciones del lado norte. Es grande, tiene lugar para unas cien personas y está oscura y vacía. Los que van a invernar empiezan a buscar y a mudarse a las mejores habitaciones. Algunas tienen ranuras por donde entra agua o viento, o hay humedad en las paredes.

Sábado. Me voy a la Antártida. ¿Cómo? Llego a la Base Aérea del Palomar un rato antes de las doce. A las doce y media, me piden que me ponga el barbijo y me hace un hisopado para detectar si tengo covid. También presento en una mesa donde hay dos enfermeros mi apto médico. Uno de los enfermeros después de una espera de diez minutos va dando los negativos y pasamos a un comedor donde nos sirven una milanesa con pure y un durazno con dulce de leche. Entre los que viajan hay un grupo de técnicos que va la Isla Decepción a instalar una antena para conectar la base con el ARSAT, hay un grupo de ingenieros y geólogos que van a poner las bases de una complejo habitacional en Petrel, un grupo de influencers, que contrastan con los militares, hay efectivos de todas las fuerzas, gente de Telam, fotógrafos, realizadores audiovisuales, científicos que van a las bases. Me pongo a hablar con Rubén di Carli, un biólogo de Morón que nació en la Base Esperanza. “Gestado y nacido” me dice. Es uno de los ocho argentinos que nacieron a fines de los setenta en la Antártida y él vuelve por primera vez.

Jueves. Hago tiempo en el microcentro, cerca de donde viví hace más de veinte años. Tengo un trámite en Cancillería al mediodía y pienso en ir al Museo de Armas, pero al final me quedo caminando y me lo cruzo a Strassburger. Va serio, caminando, concentrado, y no me ve. Lo llamo. Lo saludo. Lo acompaño hasta el Anses donde trabaja y antes de entrar saca un libro de su mochila y me lee una frase de Scalabrini Ortiz. Me cuenta que el escritor está mal, incómodo en el mundo. Lo va a ver a Macedonio Fernandez y Macedonio le dice que salga a la experiencia de la vida. Al otro día, Scalabrini Ortiz renuncia al diario La Nación. Y de alguna forma deja el grupo de Florida y empieza a ser él mismo. Antes de saludarnos, Strass me dice: “Siempre nos encontramos por el centro, ¿no?” Es verdad.

Domingo. El aburrimiento, qué tema. Mi gran mentor, mi enemigo y formador. No poder aburrirse, el aburrimiento como tabú, y sin embargo… Qué manera tan sólida de aburrirme. Sistemática, coherente, cada vez más aguda y precisa. El cine liso del aburrimiento es parte de mí. No me aburro cuando leo, duermo y escribo. Pero con el tiempo esas actividades también se ven afectadas. Entre el 54 y el 62, durante los primeros años del gobierno de su joven pupilo Nerón, Séneca gobernó de facto el Imperio Romano junto con Sexto Afranio Burro. Luego Nerón creció y lo condenó a muerte por una acusación de conspiración que todavía se discute. Séneca se suicidó. Los cristianos ya convertían a Roma. ¿Por qué? El estoico suicida que conoció el poder de Roma, nació al mismo tiempo que Jesús, que vino a redimirnos por el amor. Algo los une, la idea de una existencia sacrificial.

Lunes. Virgilio murió diecinueve años antes de que naciera Jesús, pero compartieron el mismo imperio romano. Uno como creador mítico y poeta del poder, él otro como Mesías de la Voz del Hombre. Hace años, Fogwill daba una charla en el MALBA. Un hombre del público intervino hablando sobre literatura y paranoia. Fogwill le preguntó: ¿vos sos analista? Y el tipo respondió: no, soy loco. Las dos ideas se me vinieron a la cabeza juntas hoy en un viaje en subte.

Viernes. Encuentro una efeméride en la web: “3 de febrero de 1961. El KGB registra el apartamento de Moscú de Vasili Grossman y se lleva el manuscrito, así como los borradores que encuentra e incluso la cinta de la máquina de escribir, de la novela que acaba de terminar, Vida y destino. Le comunican que es aún más peligrosa para el Estado soviético que Doctor Zhivago, y que no podrá publicarla durante, al menos, doscientos cincuenta años. El autor murió tres años más tarde, convencido de que nadie la leería.” Por lo menos la KGB le hizo un lindo elogio al compararlo con Pasternak. Mavrakis: “Hay una carta que le mandan donde le explican la decisión. El mensaje era más o menos este: Stalin era un hijo de puta, pero vos no lo podés decir en Occidente.” Me parecen muy amables, la verdad. Traduje un poema de Pound. Sobre su propia cara en un espejo. “Una cara ajena ahí en el espejo./ Compañía hereje, anfitrión santo,/ Mi rostro tonto afectado por la tristeza,/ ¿Cuál es la respuesta? Vos, la mirada/ que te clavás, y juega y pasa,/ burla, desafío,contraste.”

 

Jueves. Vemos la peli de Poe en West Point. Buenos actores, buenos planos de paisajes nevados. Mia Antonella: “Ya no vas a ver películas mal hechas en Netflix.” Es verdad. Como fuere, todo el ambiente y la recreación decimonónica tan bien logrados se malogran con un doble final, algo tramposo para el espectador. El actor que hace de Poe está muy bien. Pero es Cristian Bale el que tiene siempre la iniciativa. No critico el desdoblamiento, aunque la trama se enreda sin lograr del todo que el golpe final sea contundente. Es Netflix, el nuevo Hollywood. No le puedo pedir un Poe, padre de los autores fragmentarios, Santo Patrono oscuro de nosotros los lectores que no nos conformamos. En un momento, Poe se acerca a la biblioteca del personaje de Bale y dice “ah sí, el previsible Fenimore Cooper…” Es despectivo. Después agarra un tomo de Byron, y lo celebra.

Miércoles. Por una larga y concurrida charla sobre vendedores ambulantes y sus estilos, antes y ahora, caigo en Venta libre, un episodio de El Otro Lado. 1994. Fabián Polosecki en su mejor momento, excelente como periodismo, historia, arqueología y actualidad. Qué máquina YouTube. Busco y encuentro enseguida algo que vi hace casi treinta años en el aparato de televisión de la cocina de mi casa en la calle Campichuelo. Primera frase del programa: “La mejor vendedora que conozco es la ciudad. Trabaja las veinticuatro horas y su sistema de seducción es el exceso. Promete todo. Hasta una vida mejor. Y no espera que uno le crea nada.” Ahora entiendo que esa fue mi escuela para aprender a entrevistar. Mi madre psicoanalista que me marcaba la escucha y el habla en las entrevista de Polo y también de Hora Clave. Me señalaba los silencios, las intervenciones, el ritmo. El programa termina así: “Las historias convencen más que las razones.” Sigo leyendo La Argentina imperial de Larriqueta, un libro excelente.

Lunes. Escribo un artículo sobre Gadda para Revista Paco. Nunca debería haberme ido de la literatura italiana. ¿Literatura portuguesa y brasileña? La enseñé en la facultad. Un gran error. Salvo tres o cuatro autores, Nelson Rodrigues, De Queirós, alguno más, toda una franela de pérdida de tiempo. ¿Francesa? La base para la Argentina del siglo XIX. Sirve, pero tiene un techo. ¿USA? Una escuela. Pero a todas las supera la italiana. A todas.