Libros y Lecturas

Sábado. Ayer, viernes, reinauguración de la casa museo de Yrurtia. La muestra está muy bien. La casa es hermosa y ofrece reflejos de la vida y la ética del escultor. Estuvo un par de años cerrada y ahora está abierta. En breve me gustaría hacer la visita guiada. Me entusiasma la idea de que alguien me cuenta sobre Yrurtia, sobre la casa de Yrurtia y sobre las muy hermosas obras que guarda. (Dicen que la casa reproduce por zonas símbolos masónicos, pero no los identifiqué. También de otras religiones, cosa que tampoco ví. Yrurtia compró y adaptó la casa y ese paso del escultor al arquitecto me seduce, no sé bien por qué. La mirada que va del cuerpo a las paredes y se lleva algo, supongo).

Lunes. Dando uno de sus habituales paseos nocturnos por el barrio, Mavrakis vio un ataúd en la basura. Con más precisión, arriba de un container de basura. Lo fotografió. El cajón estaba apoyado, colocado, en equilibrio, hasta con delicadeza, arriba del contenedor de plástico. Después me escribió: “El cajón de anoche anduvo en otros lados y luego terminó en la habitación de un amigo del Niño. Fue lo más raro que vi en una calle. He visto viejos muertos, animales envenenados, cartas y ropas, juguetes sexuales, fotos y libros, discos y comidas de todo tipo, pero nunca un cajón nuevo en la basura.”

Domingo. Hace unos días se cumplieron diez años del suicidio de Báñez. Lo recuerdo con cariño y también, siempre, con un poco de sorpresa triste. Sus libros me siguen llamando. La novelas que dejó —casi todas novelas de tesis, aunque muy cruzadas con una astucia que puede parecer picaresca— me resultan lugares habitables y misteriosos. Hay mucho en Báñez para recorrer. Lo había antes de que se fuera y lo sigue habiendo hoy. (Me gustaría escribirle un correo para contarle tantas cosas… Para señalarle con síntesis mis lecturas. Me gustaría hacerlo para que me devuelva sus cortesías de siempre, ligeras, mucho más inteligentes que cualquiera de mis palabras.)

Lunes. Tuve que ir a buscar unas entradas para el Emergente al local que Locuras tiene en Once. Fui el viernes pasado. Hacía años, quizás incluso décadas, que no entraba. Tomé el subte a eso de las seis de la tarde. Bajé en la plaza y caminé media cuadra. Al fondo del local, en una ventanilla que parecía de un banco, había dos punks esperando que llegara el encargado. Me sumé a esperar y estuve un rato mirando los posters de las bandas que publicitaban sus próximas fechas. Después compré mis entradas y caminé de vuelta al subte. Pero antes de bajar a la estación, caminé hasta el mausoleo de Rivadavia y di la vuelta mirando la obra. Mientras lo recorría, escuché como un pastor evangelista citaba sus lecturas de la Biblia y vi un loco temblando de frío y hablando solo. En las paradas de los colectivos mucha gente esperaba para volver a sus casa.

Lunes. Leo una entrevista al italiano Diego Fusaro. El editor elige resaltar esta frase: “Muchos tontos que se dicen de izquierda luchan contra el fascismo, que ya no existe, para aceptar el totalitarismo del mercado.” Después en Twitter, lo veo respondiéndole al idealismo torpe de Saviano. Fusaro fue un descubrimiento de Mavrakis. Lo voy a seguir. Entiendo que ve las cosas que vemos nosotros. (Después lo relacionamos con Duguin. Macke y Richards escribieron sobre Duguin en Crisis. Hay afinidad, es la línea. De hecho Fusaro también reelabora a Heidegger para hablar de política y poder financiero. Mavrakis apostrofó que, al final, Heidegger fue el que dijo todo lo que había para decir.)

Lunes. De cara a las próximas elecciones, Mavrakis me escribe “No me interesan las encuestas ni los panoramas racionales de motivos o causas lógicas.” Es la posición de alguien que busca la forma. La literatura argentina mantiene esa pelea. Nuestros ilustrados van hacía ahí, levantan ese guante, se adjudican esa pesquisa, una búsqueda de la forma, al estilo soterrado de Gombrowicz. En un país sin clasicismo, puro romanticismo moderno en tensión, la forma parece ser el gran desafío. Esta condición se agudiza en el siglo XX. Véase Borges, traducciones de Barthes, universidades, academias, semiologias varias, etc.

Lunes. Feriado por Güemes. Hace más de una semana que llueve. Y llueve. Y llueve. La ciudad se vuelve invisible, un asco de humedad, pringosa, anegada. Sobre el techo del lavadero, que es de chapa, caen y caen gotas de permanente insistencia percusiva. ¿Qué leo? Algunas cosas. Fragmentariamente, Leopardi, el diario de Mircea Eliade, algo de Leautaud. Vuelvo a escuchar Schubert y escribo sobre el Winterreise. No recuerdo ahora que en ese invierno romántico haya habido lluvia. Qué liberadora esa música de la idiotez y la fealdad del mundo. Ayer cuatro países, Chile, Argentina, Uruguay y Brasil, se quedaron sin electricidad. Era el día del padre. Durante unas tres horas todos festejaron íntimamente el fin del mundo. Luego volvió el suministro eléctrico y la decepción.

Lunes. Me hubiera gustado dedicarme a la lingüística. No solo de forma amateur como lo hago hoy. ¿Podría? Recuerdo que los lingüistas de mi facultad eran unos taradúpidos que se la pasaban haciendo arbolitos de Chomsky, despolitizados, liberales, no entendiendo el peso de cada palabra, indiferentes al hecho irrefutable de que cada enunciado se desdobla en mil políticas y en mil historias. La lingüística es una disciplina política antes que literaria. Incluso la lingüística histórica. Las lenguas no evolucionan sin el peso de lo social. Hay bibliografía al respecto. ¿O no es acaso la teoría de Saussure una teoría del sujeto? Napolitano fue hasta Flores a buscar un libro sobre Bartok que al final no consiguió y de vuelta pasó por casa. Tomó un vaso de agua. Le regalé un libro mío, para que el viaje valiera algo. Hablamos de la autonomía del arte. Fue una buena charla.

Lunes, por la mañana. Cuido a mi hijo y mientras él juega con su tablet, yo leo poemas salteados de Pasolini. Leo uno del libro Poemas en forma de rosa donde Pasolini dice que la Europa que conoció ya no es suya, que siente por ella una nostalgia que los que la habitan ya no sienten, y que padece dolor por eso. Esa Europa es Praga, Varsovia y Roma. Parece un poema escrito para un argentino.

Lunes. Visita a Napolitano en el conservatorio. Me levanto, desayuno y salgo. Me demoro caminando. Luego subte y casi enseguida la calle Pasteur. De ida voy hacia Córdoba por la mano derecha. Leo los nombres de los muertos por el atentado a la AMIA. Paso por la puerta de la mutual. Camino un poco más. Llego a Córdoba y espero a Napolitano en la puerta del Conservatorio, que está en obra. Un grupo de operarios perfora una pared con un taladro. Napolitano me dice que necesita dinero y vamos al cajero de un banco. Antes de llegar ya estamos comentando un libro. Después hablamos de música. Napolitano me cuenta anécdotas personales, y va de Coltrane a Wagner, citando libros y obras como si no hubiera distancia. Cuando vuelvo por Pasteur camino de la otro mano y encuentro la pequeña placa que recuerda a Juan Carlos Terranova, el panadero muerto por el atentado a la AMIA.