Libros y Lecturas

Lunes. Estoy leyendo y escuchó ruidos afuera. Los vecinos llaman a la policía. Nadie entiende qué pasa. Yo tampoco. Las sirenas no hacen ruido, pero entran por la ventana y proyectan una luz azul que da sobre el libro que leo. 

Lunes. Voy al banco. Trato de leer mientras espero para ser atendido. ¿Por qué es tan dificil? Hago el esfuerzo y me concentro. Mientras leo escucho a una mujer en un box, hablando con un empleado del banco. Me llegan fragmentos de la conversación. La mujer insulta. El estilo de su habla es indignado. En el banco, la estética apunta a generar confianza pero la ansiedad de la espera se proyecta contra las cosas, las dudas surgen, el tiempo se diluye. Time is money. En el banco el dinero se puede sentir en las paredes y en el aire por eso es difícil leer ahí. Letra y dinero nunca se llevan bien.

Lunes. Por recomendación de Gogui miro los dos primeros episodios de SS-GB, una serie producida por la BBC. GB es Gran Bretaña y SS son las SS. La narración se desarrolla en base a una idea poco original —los Alemanes ocupan Gran Bretaña luego de ganar la guerra— cruzada con otra idea tampoco muy original —un inspector de policía ineficiente se ve tironeado entre la facción fuerte pero desagradable que detenta la ley, en este caso los alemanes, y la moralmente correcta pero ilegal, en este caso, la resistencia británica—.

Lunes. Soñé con una mesa que mi padre hizo en la década del noventa para una casa que teníamos en el bosque de Cariló. Cuando después de su muerte la casa se vendió, la mesa quedó ahí. Lo lamenté. Era una mesa grande y pesada, muy bien terminada, hecha en una madera veteada fuerte y clara. Un invierno estudié latín sobre esa mesa y di el primer nivel libre en la facultad. Estoy seguro que la mesa ayudó en el estudio. Era sólida, estable y fuerte. Lamento haberla perdido, mucho más que la casa, un lugar que ya había cumplido su ciclo.

Sábado 28 de diciembre. Cumplo cuarenta y cuatro años. Una buena cantidad. Me hubiera gustado que me regalen tiempo para corregir una novela. Una más. Después de los cuarenta se aprende a escribir novelas, decía el maestro. ¿Cuando se aprende a corregirlas para que salgan bien?

Lunes. Soñé que iba al velorio de un policía. El muerto estaba acostado en el cajón y la cara tenía una piel de cera gris, opaca y verdosa. Aparte tenía puesto el uniforme y la gorra. Yo pensaba en el sueño: “¿cómo le van a dejar la gorra puesta? Se la apoya sobre el pecho, en todo caso...” Después, los concurrentes celebraban las virtudes del muerto. Era un buen hombre, recto, amable, etcétera. Más tarde, escuchaba a alguien que decía, con desdén: “Era un fanfarrón.”

Lunes. Ya que en Argentina se nos niega la metafísica, ya que se nos niega la discusión por el Ser, y ya que, cuando damos esa discusión, o hacemos estilo, o hacemos el ridículo, la disputa política se da en torno al humor. La pelea es, entonces, por el control del humor. O para ser más preciso, por la picaresca. El que controla la picaresca controla la política argentina. El que no la controla intenta censurarla. Hay incluso una épica ahí. Y en tanto somos un pueblo romántico y tensionado entre la civilización y la barbarie, la épica se nos da bastante bien.

Lunes. Saco turno para el oftalmólogo y pienso en mis libros. Ambas acciones, la de pensar en lo que escribí y la de llamar por teléfono a una central de turnos médicos, me resultan ingenuas. Si estuviera ciego, pienso, si me quedara ciego, me sacaría esos dos problemas de encima. Aunque es evidente que no. En un plano ideal puede ser, pero en la realidad inmediata y material, quedarse ciego implicaría pensar más en la imposibilidad de leer y escribir y también traería, al menos al principio, una serie de visitas al médico, paranoias y operaciones de una altísima burocracia médica.

Lunes. Vuelta de Ushuaia con muchos libros y pocas notas. Los libros solos ya valen el viaje. Las experiencias empujan la idea de escribir pero ya no con la fuerza de antes. Antes, durante la juventud, cada experiencia parecía única y había que aprovecharla. Hoy estoy un poco más cansado. Y sin embargo, sigo yendo atrás de metas que me invento, que me impongo: una reseña más que hay que escribir, un editor que hay que perseguir, una página que estoy en el deber de producir.

Domingo. Estoy en Ushuaia. El aeropuerto de la ciudad se llama Malvinas Argentinas. Viajé en un horario incómodo y algo ridículo de cuatro de la mañana, pero eso me evitó mucho tráfico en la ciudad y mucha gente en Aeroparque. Aterricé en la isla a las ocho. Tomé un taxi, que bordeó el canal y me llevó a un bar del centro, en la avenida San Martín donde desayuné mientras leía la biografía que Canclini hizo de Popper. Después empezó a llover. “Estoy en el fin del mundo” pensé, con una alegría que me sorprendió. Después fui hasta mi hospedaje en la calle Kamshen, cerca de la montaña, arriba, cuya vista me conmovió. Es raro estar en un lugar tan especial sobre el que leí tanto. Se parece a caminar dentro de un libro.