Libros y Lecturas

Lunes. Fin de semana atroz. Anginas, dolor en la garganta, cansancio. El sábado viene el médico, un japonés de apellido Ishi. El doctor Ishi. Le abro la puerta. Me saluda con distancia. Yo me siento acabado, exigido, frágil. Mucha fiebre, dice. Me siento caliente, incinerado, la boca, hervida. Se lo digo. El japonés no responde. Escribe la receta del antibiótico. Se va con una reverencia. Salgo a la farmacia. El farmacéutico es un joven envejecido de forma prematura que se mueve muy pero muy lento. Imposible leer nada así, cuando uno siente los ojos cociéndosele en el cráneo.

Lunes. Leo las pruebas del libro de Carlos Mackevicius. Es excelente. Las leo de mañana en un bar de Colegiales, casi solo en el salón, con la felicidad que da la lectura que entusiasma. El libro se llama Krmpotic, y es una pieza que de una forma muy directa hilvana las armas y las letras. No hay libros así hoy, breves, contundentes, experimentales. La industria editorial, en sus zonas centrales, publica con ese efecto de guitarra, el compresor, que unifica todo. Los géneros importan más que el texto. Se da una taxonomización que no es critica, ni siquiera es del mercado, sino que fluye en la cabeza algo alunada de los editores. Finalmente eso que llamamos consciencia mantiene con el conocimiento y la política una relación bastante más compleja y contradictoria de lo que estamos dispuestos a aceptar.

Domingo. El viernes me junto en el Troqué de Henry con Barrón para comprarle el primer número de la revista de historietas que está sacando. Se llama Revolver. La primer tapa tiene un bebé armado. Ayer hablé con Jorge Fantoni. Lo saludé, no mucho más. Creo que es muy talentoso. (Supongo que la historieta contemporánea trajo la historieta contemporánea a mi cabeza.) “Mil veces prefiero viajar en diligencia que viajar en avión” escribe Guerber en Twitter.

Lunes. Las palabras que más uso: nada, todo, todos, nadie. Las uso mucho. No sé por qué. Nada, todo, todos, nadie. En ese orden podrían componer un mantra moderno.

Lunes. Patricio Pron ganó un premio en España con una novela sobre el amor en Internet. La presentó en Buenos Aires el jueves pasado y fui a verlo, pero llegué tarde. Apenas pude saludarlo y preguntarle qué va a hacer con la plata, que es bastante. “Nadie se anima a preguntarme eso” me dijo. Le recomendé que se comprara un buen auto. Me respondió que no sabe manejar.

Lunes. Bar Alcalá. Conversación con un jugador de Scrabble. “Miro muchos programas de palabras” me dice. ¿En la televisión? Claro, claro. También viejos programas en YouTube. Algunos programas españoles. “Los españoles tienen los mejores programas de adivine la palabra, de etimología, de preguntas y respuestas. Acá hubo algunos buenos, pero van y vienen. Ellos tienen una tradición.” ¿Y usted a que se dedica? Soy historiador, respondí. Estuve tentado de decirle que era lingüista. Para el caso, era igual de verdad. Pero hubiese sido incómodo. Como decirle futbolista que trabajaba de árbitro de fútbol. “El ritmo es una forma trazada en el tiempo” decía Ezra Pound.

Lunes. Dentro de un libro de arquitectura de mi padre, una biografía crítica de Louis Kahn, encuentro un folleto que promociona el jardín de infantes del Club Italiano, el lugar donde yo hice mi jardín de infantes, mi más primera escolaridad. Desde luego, en ese momento no sabía leer. Así que leo eso ahora, más de treinta y cinco años después. El jardín se llamaba “Paso a paso.” El folleto está amarillento por el tiempo. Paso a paso. No está mal esa consigna. En ese jardín aprendí a nadar con el profesor Lentino que me llegó a entrenar cuando era adolescente. Paso a paso. No recuerdo haber leído ni una letra en esa época, lo cual me da una idea de felicidad.

Lunes. La pornografía termina donde empieza la soberanía nacional.

Me gustaría que pensemos en las bibliotecas que conocemos, pero no las bibliotecas públicas, sino la bibliotecas privadas, nuestras bibliotecas domésticas, las bibliotecas de nuestros amigos, las bibliotecas de nuestros abuelos, las que hay en nuestras casas, las que se ven en las casas de fin de semana.

Lunes. En Ezeiza, el avión que iba a salir a medianoche se demora. Mientras espero leo a los presocráticos. Salgo de madrugada. Llego a Recife en la primera mañana. Y a Porto de galinhas al mediodía. Por la ley Eusebio de Queirós, en el siglo XIX, Brasil prohibió la importación de esclavos. Los traían de contrabando y los entraban por este puerto natural usando las mareas. Galinhas era la forma clave de llamar a los esclavos para no despertar sospechas en Recife. De una forma retorcida tiene sentido que ahora sea un lugar turístico. Pero ¿quienes son las gallinas hoy? Chegaram galinhas de Angola!