Libros y Lecturas

Lunes. Aislamiento voluntario total. Así le dicen. Desde todo los medios insisten: quedate en tu casa. La situación es, por lo menos, de una excepcionalidad rara. Fui al supermercado. Había góndolas vacías. La gente se movía con distancia y los empleados usaban barbijos. Compré lo que pude. Creo que estaba algo nervioso y como no tenía lista adiviné un poco qué me faltaba. Volví a casa pensando en muchas cosas pero intentando no pensar en nada.

Lunes. El museo donde trabajo cerró al público por treinta días. Pero los trabajadores tienen que seguir yendo a cumplir su horario habitual. Ahora, solo en una oficina vacía, leo la Historia de la lengua española de Rafael Lapesa.

Lunes. Intento leer sin mucho éxito. Leo fragmentos y abandono, o leo cosas que ya leí. Como fuere, leo poco. Estoy muy lleno de ansiedad y de aburrimiento, pero de un aburrimiento hasta cierto punto necesario. ¿Por qué? Me mudé. Ahora vivo en Flores, en un piso nueve. Tengo buena vista. ¿Voy a poder escribir desde ahí? Todavía no escribí nada. Tengo algunos de mis libros en la nueva casa. Quiero estar solo. Napolitano en Twitter: “Se puede establecer el punto exacto en que un acorde deja de ser argentino.”

Lunes. El martes de la semana pasada me quisieron robar la bicicleta. Iba por una calle en pendiente, a una buena velocidad. Dos pibes aparecieron desde la izquierda. Uno gritó que le diera la bicicleta. Tenía un arma. No llegué a ver cuál, pero vi el caño y la boca, redonda y perfecta. Como aparecieron muy cerca, desde la derecha, me caí hacia la izquierda. Aterricé con el codo y la cadera. Me debo haber pegado un golpe importante porque los ladrones, inexpertos, desaparecieron, y dos vecinos se acercaron a ayudarme.

Lunes. Ayer compré Zink City de Fede Rodriguez y Omar Hirsig. No es un libro de historias ni de historietas, son, por lo menos, como cinco o seis libros juntos. El personaje central es el padre José Zink, un cura hijo de alemanes, que nació en La Pampa en 1923 y vivió cuarenta y ocho años en Rio Grande, Tierra del fuego. Zink City es una fiesta sagrada de demonios, bendiciones, violencia y mucha imaginación cruzando el fin del mundo. Lo leo despacio porque a veces es demasiado talento concentrado.

Lunes. El inútil de la familia no es el lector, el inútil es el escritor. Martes. Este año cumplo cuarenta y cinco años. Ya soy largamente más viejo que Roberto Arlt cuando murió a las cuarenta y dos. En Internet encontré un breve relevamiento de los lugares por los que anduvo y, salvo un breve lapso de tiempo en Córdoba, donde hizo la colimba y se casó, siempre estuvo viviendo entre Flores y Caballito.

Lunes. El sábado a la una de la mañana entré en una sala de cine de Belgrano para ver 1917. Me gustó. Una película “como las de antes”, cine clásico, aunque con las artimañas de ahora. Buenos momentos de acción, justos momentos de sensibilidad y comunión. Buena trama simple que no se demora en nada: a un hombre se le pide que haga algo muy difícil. Lo hace y eso lo transforma para siempre. Desde ya, está excelente y virtuosamente filmada. Pero esa destreza funciona con buenos actores y buena trama. No recuerdo qué crítica se le hizo. Quizás que no nos ilumina de forma romántica sobre nada, tal vez repite lo que ya sabemos. Pero el momento en que el soldado nada entre los cuerpos muertos que flotan, la desprolijidad general de la guerra, lo azaroso de las muertes y los combates, me parecieron decisiones muy acertadas, líricas, dignas de admiración.

Lunes. Mi mano izquierda tiene un corte. Pero sana bien. La derecha está más golpeada. Aunque la muñeca fue mejorando, tengo dos o tres golpes más que todavía la resienten. De hecho, cuando la rotura del fibrocartílago triangular empezó a mejorar, un golpe contra una pared me generó un dolor paralizante. Y aunque estoy usando mucho la bicicleta, así y todo se va curando. Ya no soy pesimista para la salud de mis manos. Y cuando nunca me duelen es cuando escribo.

Lunes. Estoy leyendo y escuchó ruidos afuera. Los vecinos llaman a la policía. Nadie entiende qué pasa. Yo tampoco. Las sirenas no hacen ruido, pero entran por la ventana y proyectan una luz azul que da sobre el libro que leo. 

Lunes. Voy al banco. Trato de leer mientras espero para ser atendido. ¿Por qué es tan dificil? Hago el esfuerzo y me concentro. Mientras leo escucho a una mujer en un box, hablando con un empleado del banco. Me llegan fragmentos de la conversación. La mujer insulta. El estilo de su habla es indignado. En el banco, la estética apunta a generar confianza pero la ansiedad de la espera se proyecta contra las cosas, las dudas surgen, el tiempo se diluye. Time is money. En el banco el dinero se puede sentir en las paredes y en el aire por eso es difícil leer ahí. Letra y dinero nunca se llevan bien.