Libros y Lecturas

Lunes, por la mañana. Cuido a mi hijo y mientras él juega con su tablet, yo leo poemas salteados de Pasolini. Leo uno del libro Poemas en forma de rosa donde Pasolini dice que la Europa que conoció ya no es suya, que siente por ella una nostalgia que los que la habitan ya no sienten, y que padece dolor por eso. Esa Europa es Praga, Varsovia y Roma. Parece un poema escrito para un argentino.

Lunes. Visita a Napolitano en el conservatorio. Me levanto, desayuno y salgo. Me demoro caminando. Luego subte y casi enseguida la calle Pasteur. De ida voy hacia Córdoba por la mano derecha. Leo los nombres de los muertos por el atentado a la AMIA. Paso por la puerta de la mutual. Camino un poco más. Llego a Córdoba y espero a Napolitano en la puerta del Conservatorio, que está en obra. Un grupo de operarios perfora una pared con un taladro. Napolitano me dice que necesita dinero y vamos al cajero de un banco. Antes de llegar ya estamos comentando un libro. Después hablamos de música. Napolitano me cuenta anécdotas personales, y va de Coltrane a Wagner, citando libros y obras como si no hubiera distancia. Cuando vuelvo por Pasteur camino de la otro mano y encuentro la pequeña placa que recuerda a Juan Carlos Terranova, el panadero muerto por el atentado a la AMIA.

Sábado. Se presentó con un video en YouTube la fórmula Alberto Fernández presidente, Cristina Fernández de Kirchner vice. Eso fue a la mañana. Al mediodía encontré en la cuenta de Twitter de Alberto esta respuesta a uno que lo increpaba: “No te contesto porque advierto tu ignorancia. No tenés idea. Ahogate en tu odio.” Por la tarde, fui a nadar.

Lunes. Dolor de cabeza, de la nunca hacia adelante. Lecturas pospuestas que ya no se pueden retomar. Las ganas se fueron, el entusiasmo se enfrió. Hay una marea de la lectura que es necesario entender. Sube, baja. La nuca punzando tampoco ayuda. Me hace cerrar con fuerza la mandíbula. No hay nada relajado, ni en los ojos, ni en la frente. Así no es posible leer. Y sin embargo, lo intento. Agarro La navegación mercante en el Río de la Plata, un libro de Ana Zaefferer de Goyeneche, típico libro de un historiador que va del dato duro al amateurismo, donde estilos y gestualidades hacen parecer la escritura más vieja de lo que es. Lo publicó Emecé en 1987 pero la prosa se remonta a la década del 50, por lo menos. No obstante, y habiendo tan poca literatura historiográfica sobre el tema, la lectura es amena y valiosa. La navegación mercante, como tantas otras cosas, empezó con el contrabando en esta zona del mundo. Pero ¿qué significa ese origen? O mejor, ¿hasta qué punto ese puede ser un origen? Sin duda, hay una genética nacional de la que, si bien es necesario no abusar, ni mucho menos proyectarla como un destino manifiesto, es, al mismo tiempo, muy difícil renegar.

Lunes. Fin de semana atroz. Anginas, dolor en la garganta, cansancio. El sábado viene el médico, un japonés de apellido Ishi. El doctor Ishi. Le abro la puerta. Me saluda con distancia. Yo me siento acabado, exigido, frágil. Mucha fiebre, dice. Me siento caliente, incinerado, la boca, hervida. Se lo digo. El japonés no responde. Escribe la receta del antibiótico. Se va con una reverencia. Salgo a la farmacia. El farmacéutico es un joven envejecido de forma prematura que se mueve muy pero muy lento. Imposible leer nada así, cuando uno siente los ojos cociéndosele en el cráneo.

Lunes. Leo las pruebas del libro de Carlos Mackevicius. Es excelente. Las leo de mañana en un bar de Colegiales, casi solo en el salón, con la felicidad que da la lectura que entusiasma. El libro se llama Krmpotic, y es una pieza que de una forma muy directa hilvana las armas y las letras. No hay libros así hoy, breves, contundentes, experimentales. La industria editorial, en sus zonas centrales, publica con ese efecto de guitarra, el compresor, que unifica todo. Los géneros importan más que el texto. Se da una taxonomización que no es critica, ni siquiera es del mercado, sino que fluye en la cabeza algo alunada de los editores. Finalmente eso que llamamos consciencia mantiene con el conocimiento y la política una relación bastante más compleja y contradictoria de lo que estamos dispuestos a aceptar.

Domingo. El viernes me junto en el Troqué de Henry con Barrón para comprarle el primer número de la revista de historietas que está sacando. Se llama Revolver. La primer tapa tiene un bebé armado. Ayer hablé con Jorge Fantoni. Lo saludé, no mucho más. Creo que es muy talentoso. (Supongo que la historieta contemporánea trajo la historieta contemporánea a mi cabeza.) “Mil veces prefiero viajar en diligencia que viajar en avión” escribe Guerber en Twitter.

Lunes. Las palabras que más uso: nada, todo, todos, nadie. Las uso mucho. No sé por qué. Nada, todo, todos, nadie. En ese orden podrían componer un mantra moderno.

Lunes. Patricio Pron ganó un premio en España con una novela sobre el amor en Internet. La presentó en Buenos Aires el jueves pasado y fui a verlo, pero llegué tarde. Apenas pude saludarlo y preguntarle qué va a hacer con la plata, que es bastante. “Nadie se anima a preguntarme eso” me dijo. Le recomendé que se comprara un buen auto. Me respondió que no sabe manejar.

Lunes. Bar Alcalá. Conversación con un jugador de Scrabble. “Miro muchos programas de palabras” me dice. ¿En la televisión? Claro, claro. También viejos programas en YouTube. Algunos programas españoles. “Los españoles tienen los mejores programas de adivine la palabra, de etimología, de preguntas y respuestas. Acá hubo algunos buenos, pero van y vienen. Ellos tienen una tradición.” ¿Y usted a que se dedica? Soy historiador, respondí. Estuve tentado de decirle que era lingüista. Para el caso, era igual de verdad. Pero hubiese sido incómodo. Como decirle futbolista que trabajaba de árbitro de fútbol. “El ritmo es una forma trazada en el tiempo” decía Ezra Pound.