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Libros y Lecturas

Lunes. El fin de semana vi dos películas en Netflix, Autómata con Antonio Banderas, una especie de Blade runner meets I Robot con androides de hojalata, que al final degenera en una especie de western. Y Ex-machina, de estética más indie, donde un Steve Jobs de cabotaje crea androides sexuales en un refugio en las montañas. Las dos me parecieron excelentemente filmadas y con guiones pobres, remanidos, lugares comunes que no sorprenden. Los robots aprenden, evolucionan, toman decisiones, se vuelven más humanos que los humanos. ¡Oh, los robots desean la libertad! Bueno, creo que eso ya lo escuché en otro lado. Pero rescato una idea de la segunda: el cerebro de la sexy y melancólica AI es la conexión de todos los hardwares del mundo. O sea que piensa a través de toda la red de redes. Obviamente la idea aparece estetizada. Si fuera una película realista su cara debería reflejar la obscena danza del dinero digital, el ocio irónico y aburrido de las redes sociales, el hastío de la pornografía y miles de millones de pixeles abandonados.

Lunes. Cuando era joven Alban Berg caminaba por los jardines de Viena y después volvía a su casa y escribía hermosas canciones de lejana desesperación con escenarios bucólicos. Eine Frau, die spielt und singt/ Lieder andrer Tage.

Domingo. Ayer llegué a Rosario. Me acosté tarde. Mañana lunes tengo que dar una charla con Marcos Apolo Benítez en el Museo Ángel Gallardo de Ciencias Naturales. Hace poco vendimos con mi madre una propiedad familiar, una casa que mi padre había construido en la costa de la provincia de Buenos Aires. Ayer soñé que estaba ahí. No la notaba cambiada. Pero me daba cuenta de que era otra cosa. Eso me angustiaba. Ahora espero a Marcos en una bar del centro de Rosario. La sensibilidad es el gran capital simbólico de la ciudad. Quieren, y en muchos sentidos lo logran, ser más europeos que los porteños. Y en mucho sentidos incluso quieren ser más porteños que los porteños. El bar en el que estoy ahora se llama Bon Vivant, queda sobre la calle Mitre. La impresión de la casa vendida me dura. Afuera está nublado y hace frío.

Lunes. Una tesis: la superposición de imágenes seleccionadas de la web y luego organizadas cronológicamente termina creando una narración. Hago el primer experimento en Facebook. Junto las imágenes y las publico. No es del todo satisfactorio. Hay algo pero no es claro, no es sorprendente. Llego a la conclusión de que la web es un mecanismo superador de todas las vanguardias del siglo XX y sus trucos. Ya estamos, entonces, otra vez en la casa lisa del sentido, como lo estuvimos en el cambio de siglo del XVIII al XIX y del XIX al XX. Ahora se trata de narrar y argumentar. La ortopedia mecánica y sus articulaciones queda de costado. En caso de que el cuerpo noble no funcione, veremos, pero por ahora no.

Lunes. Sin ganas de escribir periodismo. Desde hace un tiempo ya. Ideas para Revista Paco tengo varias. Pero ¿son interesantes? Se sabe: el periodista trabaja con lo intrascendente y lo hace relevante. Pero hay un fuerza que no llega, una fuerza que siento que es del orden físico. Otras formas de comunicación escrita me siguen convocando. Escribir en las redes sociales, escribir acá, este diario, narrar, argumentar, de forma fragmentaria. Supongo que es sueño, cansancio físico, hastío general, la magra o nula renumeración. Pero no podés hacer que el dinero cargue con todas las culpas.

Lunes. Compro libros y no los ficho. Me pasa muy seguido. Del viaje a Rosario me traje La ironía de Vladimir Jankelevitch y El mal de Safranski. (Con el proyecto quizás de leerlo en conjunto con el ensayo de Eagleton sobre el mismo tema. La versión alemana, la versión inglesa. Tienen que ser necesariamente diferentes.) También en el Parque Rivadavia, una librera que ya me conoce me vendió la correspondencia de Victoria Ocampo con Roger Callois, editada por Sudamericana. (Roger Callois le dice en un momento: “Usted es una salvaje.”) Por Mercado Libre, El señor Borges, libro de memorias y anécdotas que hizo Fanny, su mucama. En Waldhuter, por donde pasé hace poco, un pequeño librito de Piglia donde retrata narradores norteamericanos y Personae, los poemas de madurez que Pound escribió antes de los Cantos.

Lunes. Frustraciones varias, muy pequeñas, que se van acumulando. ¿Por qué? Pienso que merezco más. ¿Pero más de qué? ¿Más dinero, más amor? Quizás un poco más de descanso. Pero soy yo mismo el que se interpone entre lo que pienso que merezco y lo que finalmente consigo. No hay más. Finalmente recuperé la guitarra de manos del luthier. El arreglo, caro, es impecable. Sin embargo, le tomé un poco de bronca. Creo que muchos músicos son así también. ¿Así cómo? Necesitan forzar cierto status. Al salir del taller le desee al luthier que su lugar de trabajo se prendiera fuego. Las llamas quizás no solucionen nada. Pero son una fantasía seductora. Esas hermosas guitarras quemándose, años de autosatisfacción, obsesiones y quejas, convertidos en cenizas. ¿Mis libros, mi computadora, mis archivos que relleno con voluntad y paciencia son mi taller de luthería narcisista? ¿Eso debería quemarse, purgarse? No sé para qué escribo y hacerlo solo me trae problemas. Out, damned spot! Out, I say! El suicidio es algo lento, a veces empieza escuchando tangos, haciendo bromas con amigos. Quizás escribo por una única razón neurótica y obsesiva, egoísta y desesperante: porque me da placer.

Lunes. Toda discusión sobre Internet y los bordes del mercado atrasa. Internet va tan rápido que nos deja discutiendo siempre lo mismo. Nos quedamos en el loop de reciclar el narcisismo, el feminismo, las drogas, las políticas públicas. Dicho en breve, Internet nos lleva al aburrimiento extremo y de ahí solo se sale dominando a la máquina con totalitarismo. Pasolini dijo: “Demasiada libertad sexual los transformará en terroristas.” Yo digo que Internet nos va a traer gobiernos totalitarios. La gente ya está fóbica y paranoica. Falta un poco y sale.

Domingo. Hoy, hace treinta y cinco años, el 28 de mayo de 1982, Herbert Jones no quiso usar la tropa de reserva para asaltar las posiciones argentinas en Darwin/ Goose green y lideró él mismo el ataque. Era un paracaidista con experiencia. Se levantó bajo fuego argentino y sus soldados lo siguieron. Oscar Ledesma, un conscripto argentino, le disparó y lo mató. Cuando terminó la guerra Ledesma volvió a trabajar a la municipalidad de Villa María, Córdoba. La historia se contó mil veces. Ahora miro una foto de mi viaje que alguien, no recuerdo quién, me sacó en ese lugar, el lugar donde murió Jones, un pajonal con los pozos apenas visibles después de tanto tiempo. Ahí me acordé, y ahora también lo hago, de Los caminos de la libertad de Sartre. Mateo es un soldado francés que hace guardia en una trinchera y una tarde ve avanzar un grupo de soldados alemanes. Caminan bien pertrechados, seguros de sí mismos, es la técnica la que avanza, es toda la seguridad ontológica del Nacionalsocialismo lo que se mueve ahí para conquistar el mundo. Mateo carga su fusil y dispara. Uno de los soldados alemanes cae. Mateo mira sus balas. Después de tanta filosofía, tanta política y tanta discusión, le parece increíble que esas pequeñas piezas de metal hagan la diferencia. Cito de memoria, seguramente con algún error. Pero creo que la escena es válida.

Lunes. De visita en Buenos Aires, Guerberoff vino a cenar a casa el sábado. Me dijo que soñaba con la ciudad de San Pablo y que los antiguos matemáticos podían descomponer un círculo y transformarlo en un rectángulo. El viernes Jerry me regaló Unión del Personal Civil de la Nación. Nuestra casa, nuestra historia, nuestras luchas, una documentada investigación y reconstrucción de la historia del sindicato. Trae muchas fotos. Es un libro muy bien editado. Pero lo mejor son las historias, lentas, de sus personajes, sus caras, los trajes de la década del 50, los sombreros, el ambiente general de radio AM y noticiero de las seis. Más tarde, en casa, escucho la obertura de Don Giovanni. Es rítmica y agresiva pero también melódica, señorial y alegre. Es posible encontrar en ella reflejos de los personajes y también de los diferentes estado de ánimo que la ópera. Por momentos las cuerdas son percusivas y la percusión se esconde en los graves. Los vientos -¿sobre todo las maderas?- aparecen para colorear o subrayar. Verdi va a entender muy bien que los italianos se aburren rápido y necesitan sobresaltos para empezar e invitarlos a quedarse. (Un problema que Wagner no tenía con paciente e introspectivo público alemán.) Creo que Verdi sacó mucho provecho de la enseñanza del Mozart compositor de óperas, en especial de esta obertura. Quizás por eso imaginar la escena de un joven Verdi escuchando por primera vez esta música me emociona.

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