Libros y Lecturas

Lunes. Con Robles, decidimos dar un taller de lectura de Henry James. Nos sorprende que haya interesados. Ya hay incluso un par de inscriptos. (Siempre se puede confiar en un buen prosista. A la larga ellos ganan.) Me pongo a revisar mis viejas lecturas. Compro una biografía por Mercado Libre. Compro otros libros. Descargo cuentos en inglés. Miro fotos de James en la web. En su cara poco agraciada se puede ver su realismo sutil y también ese dejo de astuta amargura que uno siente cuando lo lee.

Lunes. El psicoanálisis, una cura por la palabra. Dicho así es hasta gracioso. A mí la palabra no me trajo más que ambigüedades, incomodidades, desafíos idiotas, pobreza, un sentimiento de bienestar y sentido, como una droga, pero no una droga muy cara. Ayer un tipo empezó a golpear a la una de la mañana y siguió hasta las cuatro. Tres golpes secos cada cinco minutos en la puerta de al lado. Toda la madrugada así. Pensé en llamar a la policía pero él mismo se castigaba en esa frustración. Lo dejé. Me dormí y hoy ya no estaba.

Lunes. Me conseguí un ejemplar de Yorga, el hombre lagarto, una fotonovela de 1973. La fotonovela es un género raro, mucho más estático que la historieta, y lo que cuenta esta es muy bizarro. Yorga es una especie de superhéroe lumpen. En la vida diurna, hombre normal, que luego transforma en un hombre lagarto para luchar contra los malvados o todos los que intenten lastimarlo. Cuando está convertido en hombre lagarto es invulnerable a las balas y tiene una fuerza sobrehumana. La careta del actor parece un pasamontañas dibujado de escamas. Mi ejemplar trae una aventura que se llama Safari al infierno en la que Yorga pelea contra un grupo de guerrilleros en lugares que recuerdan el delta del Tigre. En la tapa aparece un guerrillero con sombrero blanco y corbata blanca, una ametralladora y barba. Lo que más me impresiona de la revista es que se haya hecho en 1973, el año de la vuelta de Perón a la Argentina.

Lunes. Soñé que estaba en una pequeña aula, con docentes y alumnos de guardapolvo, en un acto donde se celebraba alguna efeméride de San Martín. Había un busto, una bandera, pupitres, gente de pie. Me escapaba hacia los techos de ese lugar, y muy rápido llegaba a los fondos donde había árboles y edificaciones abandonadas. Desde esa altura, donde ya me sentía mejor, veía un patio con macetas y azulejos, y una puerta de vidrio que daba a una cocina. El día estaba hermoso, el cielo azul, el sol... La interpretación de esos tres lugares, uno del que huía, otro que me salvaba, salvaje, y un tercero, apacible, pero inaccesible, es obvia. Fue un sueño banal. Pero lo recuerdo con cierta gratitud. Sentía un poco de culpa a abandonar al Padre de la Patria, pero no era a él al que abandonaba, sino a su panegírico institucional.

Lunes. Soñé que vivía en un edificio mucho más luminoso y nuevo, y que, en el pasillo, al abrir la puerta de mi departamento, encontraba el paisaje de una mudanza. Lámparas de pie, valijas, paquetes, canastos de mimbre, todo tipo de enseres embalados, y, por supuesto, cajas de cartón con libros. Muy rápido comenzaba a inspeccionar las cajas, encontraba libros que me gustaban y simplemente los robaba. No había moral que me lo impidiera en el sueño. Era algo natural. El domingo parece que Mauricio Macri fue a una casa en Mendoza y dijo “Tengo que estar tranquilo, no volverme loco porque si me vuelvo loco les puedo hacer mucho daño a todos ustedes.”

Lunes. Releo este diario. No sé qué pensar. Lo reescribiría por partes. Sería una forma de canibalismo neurótico obsesivo. (Hay mucho de eso en esta metié.) Leyendo y reescribiendo hasta el fin de los tiempos, trabajando en largas jornadas, encerrado en una burbuja de nada. Muchas veces el error llega de pensar que uno puede decir algo. Los dos linajes, la desesperación y el sentido.

Lunes. Leo una nota de Sebastián Napolitano sobre Lennie Tristano que tiene esta frase: “Nada de melodía, nada de ritmo. Ahora toquemos.” Parece que la dijo el mismo Tristano. No puedo dejar de leerla, de apreciarla. Me gusta repetirla, reescribirla. “Nada de melodía, nada de ritmo. Ahora toquemos.”

Sábado. Durante la tarde, la temperatura llega a los veinticuatro grados. A la noche, salgo desabrigado y me resfrío de una forma atroz. Moco, dolor de cabeza, la imposibilidad de respirar por la nariz, dolores musculares. Así, no puedo leer ni mucho menos escribir.

Lunes. Hay un umbral de conocimiento que, una vez traspasado, ya no permite que uno escriba sobre ese tema. Esto es una obviedad. Saber mucho de algo impide que uno desarrolle la ignorancia necesaria para hacerse las preguntas sobre un tema. Incluso ni siquiera hay que saber mucho. Alcanza con saber un poco más, algo más. Pero si ese poco no está, tampoco se puede escribir. Se trata de una especie de guerra de posiciones donde el terreno es la escritura.

Lunes. Reviso mis estantes. La madre de mis hijos quiere hacer limpieza. Así que me demoro desempolvando viejas publicaciones, papeles, sobre todo revistas. También folletos, volantes, afiches políticos, boletas de candidatos raros o que voté. (Ese material que no se puede guardar en la biblioteca.) Encuentro un ejemplar de la revista española Letra, de 1991. Tiene un artículo sobre los libros y el muro de Berlín, y algunos ensayos sobre la novela y su desafío. Hay uno especialmente interesante titulado “La paradoja del novelista”, firmado por Christian Salmon. Empiezo a leerlo por curiosidad y termino buscando algo para subrayar y anotar algunas ideas. La última línea del ensayo dice: “Paradoja del novelista: es el guardián del misterio, un guardián desarmado, asaltado constantemente por la tentación de la huida.”

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