Lunes. Viaje nocturno a la costa. De madrugada, saco fotos de la ruta 2. Escenarios ominosos, lentos, oscuros. No hay autos, no hay gente, la iluminación de edificios abandonados o clausurados es mínima. Le mando una foto que me gusta a Robles y me responde enseguida. Está despierto, trabajando. Me pregunta: “¿dónde estás? Parece Chernobyl.”

Martes. Baño de mar en Santa Clara. El sol aparece por primera vez en dos días y todo el mundo corre a la playa. Luego, ligera insolación. Leo una biografía de Montaigne de título Montaigne a caballo en la oscuridad de mi habitación de la costa atlántica. 

Miércoles. Un titular: “Le robaron el celular, se filmó estrangulando al ladrón hasta matarlo y subió el video a WhatsApp.” Otro titular: “Una mujer hizo su clase de aerobic sin darse cuenta de que estaban dando el golpe de Estado en Myanmar.” Durante el video “puede verse como el convoy de militares llega al parlamento.” El cine involuntario del siglo XXI.

Jueves. El escepticismo es una forma fácil de enseñar, de mostrar, de acotar, lo que escribió Montaigne. Hay mucho más en sus ensayos y en su vida, que pesa, en tanto que él fue su personaje principal. Escribo un poco sobre Paul Bilhaud, sin mucha concentración. Pienso en Malévich, en el giro abstracto que hace la vida. ¿O soy yo? ¿O es Santa Clara del Mar? Escucho a Father John Misty, que va con el paisaje pampeano del mar, esa melancolía irónica.

Viernes. “Ella miraba la pared blanca. Yo no entendía. La habíamos pintado juntos. Para mí era una pared, ahora blanca. Y ella la miraba y disfrutaba como si estuviera viendo el mar, o una montaña, o una película. Ella miraba la pared, y yo la miraba a ella y pensaba qué hermosa que es.”