Lunes. Lucas Ferrero pasó por casa a buscar un libro que yo tenía en la biblioteca y él necesitaba. Me interesa como lector, lo que divulga, lo que elige. Me recomendó La venganza de Killing de Rafael Bini. Cuando se fue, entré en Mercado Libre y lo compré. Al rato lo recibí y lo empecé a leer. Me sorprende que se haya editado en 1993. Aunque no tanto. Creo que hay que leerlo como un anticipo de Vivir afuera de Fogwill y de Las islas de Gamerro, que salieron en 1998. Tiene el mérito de estar escrito antes de que pase la década. Hay pocas novelas que piensen y narren bien los años 90. Fue una época de mucha confusión.

Martes. Hice una capacitación sobre Wikipedia. No fue gran cosa. Una chica muy voluntariosa describió la enciclopedia como un lugar sano de la web. Pato Erb más tarde me dijo que “es un espacio bélico.” Agregaría que también es una experiencia, una práctica.

Miércoles. Ayer, terminando la mudanza de Mia Antonella a Constitución, desembalé libros. Encontré algunos míos entre los suyos, que no son muchos. Uno de Cavazzoni, los libros que escribí yo y que le regalé, y una compilación de artículos y críticas de Bianchi, que había olvidado. (Es una edición de 1917 y tiene un ensayo sobre Rojas que me gustaría leer.) Después fuimos a comprar algunas cosas por el barrio, un barrio popular, cerca de la estación, con sus negocios y sus personajes. Mucha gente a la hora de salir del trabajo, ya de noche. Largas colas para tomar colectivos. ¿Qué pasa? En una farmacia, escuchamos que se decía que iba a haber paro de transportes. El toque de queda a las ocho funciona más o menos bien. Siete y media se ve mucho menos gente. Compramos discos de vinilo, cuatro a cien pesos, lo cual es un regalo. Cuando entramos a pagar, el lugar era mitad disquería, mitad bazar. Copas de vidrio, cepillos de plástico de un lado y discos compactos del otro. El tema más grave de la epidemia es el transporte de la ciudad a los suburbios, que ya era una deuda antes del virus. Ahora, con el covid queda mucho más expuesto. Y así y todo no se le da una respuesta.

Jueves. Hay pequeñas cucarachas negras en la cocina del departamento de Constitución. El padre de Mia Antonella le regala un sobre plateado con caracteres chinos y el dibujo de una cucaracha, como si fuera el logo de un veneno. Le saco una foto, la pongo en Twitter. Escribo que me dieron este tónico chino y que lo voy a probar. Después dudo. ¿Por qué? Porque las redes sociales están llenas de gente que lee todo de forma literal y temo que se confundan y, en un loco giro de los acontecimientos, encuentren en algún momento el sobre del veneno y se lo tomen. Estamos en el siglo XXI. Todo es leído de forma literal siempre. Desde luego, los caracteres chinos no ayudan, pero incluso habría duda si el sobre estuviera escrito de una forma legible. No se trata entonces de un problema de lectura. O quizás sí, y tal vez no haya otro tipo de problemas.

Más tarde. Nos acercamos a los quinientos muertos diarios. Ya es una cifra casi completamente naturalizada. Et volucres nulla dulcius arte canunt.

Viernes. Un titular de Crónica: “Covid en India. Decenas de cadáveres aparecieron flotando en el río Ganges.” India ya acumula más de doscientas cincuenta mil muertes. Leo el libro de Mavrakis sobre Byung-Chul Han. Me impresiona el índice. En las dos páginas del índice ya está la novela contemporánea que todos queremos escribir. La novela imposible, para el novelista actual, maduro, la novela de todos y de nadie. Luego, leo el principio del ensayo con el estilo oral de Mavrakis. La épica del ensayista lateral, la del comentarista, la del que se niega a exponer al Ser Nacional, sino que va por los problemas del día a día, entre el aguafuerte y la erudición, es una de las formas de la épica que me hacen sentir menos idiota, más cerca del sentido. Uno agradece el esfuerzo que realiza el ensayista sobre las coordenadas del presente. El novelista actual está más perdido, es más lábil, más torpemente narcisista.