Lunes. Un titular de Crónica: “Se contagió de Covid-19, falleció y luego resucitó.” Copete: “La increíble historia de un hombre de Pergamino emocionó a todos con su relato sobre los momentos en que estuvo muerto y luego volvió a la vida, ganándole la batalla al coronavirus.” ¿De qué tipo fue esa emoción compartida?

Martes. Me llega un correo del Ministerio de Cultura que dice: “Ya está abierta la inscripción del Concurso Nacional de Escultura Día del Futbolista. Se podrán presentar proyectos de obras escultóricas que sean representativas de esta gran pasión popular.” Se vence el plazo de quince días que se dio para las restricciones que marcan el “toque de queda” para las ocho de la noche. ¿Cómo volvemos de todo esto? ¿Aun más fóbicos? Al parecer, por ahora, la única inmunidad que logramos es contra el horror de la muerte ajena. Y todo es lento y grave pero al mismo tiempo también frágil.

Miércoles. En una clase virtual con mis alumnos hablamos de películas y de viajes. No soy mal docente. Quizás sea demasiado efusivo. Me gusta dar clases virtuales. No extraño para nada la presencialidad. Tener que salir, tomar un colectivo o un subte, llegar, dar la clase, luego volver. Lo que extraño es caminar con Mavrakis después de dar una clase o irme a un bar a tomar algo. Ahora escucho el disco de Ornette Coleman y Charlie Haden. Música del otoño para la ciudad que se enfria. El disco se llama Soapsuds, Soapsuds. No existen las notas malas. No existen las palabras falsas.

Jueves. Leo Los extraestatales de José Retik, una novela de ciencia ficción pasada por el filtro de Laiseca. Hace juego con la de Bini, aunque es un poco mejor. Prescinde de la actitud disolvente y eso la hace mejor. Trabajo un poco, casi nada, sobre mi ensayo sobre la marina mercante argentina. No creo poder escribir ese libro. Es simplemente demasiada información y estoy cansado. ¿Qué más leo? No leo nada.

Viernes. El escritor intrascendente. Hay muchos ejemplos. Nace, estudia, se forma, logra publicar un libro, se gana la vida bien o mal, como escritor o con cualquier otro oficio afín, o quizás un arte liberal, incluso una profesión digna. Luego publica otro libro más. Y un artículo. Y otro libro. ¿Habla sobre su vida, escribe sobre otros libros? Es posible. ¿Qué historias cuenta? Las que contamos todos. Es posible que algunos de sus libros sean mejores que otros. ¿Cómo evitar eso? También es posible que algunos de sus libros sean malos y otros, excelentes. Pero no tiene muchos lectores, solo los necesarios. Y tampoco tiene buenos lectores, sino algunos más o menos buenos, entre sus amigos, que lo aprecian más como hombre de trato social que como escritor. ¿Le gusta escribir? Nadie lo sabe muy bien. ¿Le gusta leer? Sí, es posible. Todo es posible, en realidad. Puede dejar un digno retrato de su época si es novelista, algunas ideas más o menos bien ordenadas si es ensayista. Un par de versos, si es poeta. ¿Quién va a negarle su entrada a la historia menor de las letras de su mundo? Nadie. Alguien recuerda su conferencia sobre un tema en particular. El tema es quién va a impulsar su voz cuando él mismo ya no esté en este mundo para hacerlo. Sus libros, llenos de verdades perecederas, pero escritas con solemnidad, se irán disolviendo. Sus invenciones, ocurrentes o simples, comenzarán a perderse, a ser cada vez menos consultadas, a ser reemplazadas por otras muy parecidas, o con los mismos defectos y las mismas virtudes. Alguien alguna vez recordará esa obra en las futuras modalidades del periodismo o de la academia. Deberías leer a este escritor porque aborda este tema… Alguien redescubrirá su talento o su falta de talento, mientras él sigue todo lo que pasa desde la indiferencia de la muerte. Ese es el escritor intrascendente. No me gusta llamarlo así, porque parece que la intrascendencia es su culpa, y no creo que lo sea, y también porque se parece bastante a mí y, en definitiva, a todos los escritores que existen.

Más tarde. Encontré un escaneado de The president of the Argentine que una vez, hace muchos años, me mandó Rodrigo Fresán desde Barcelona. Lo puse en Twitter y Gogui me comentó: “Alberto bien podría ser un personaje de Cheever.”