Lunes. El fin de semana arrancó el confinamiento obligatorio de nueve días. Desde el viernes a la medianoche, todos adentro. Mi pregunta ya es por el año que viene. Este año va a ser de muerte y de lucha contra la muerte. (La politización del virus, más bien su partidización, me interesa bien poco. Lo que surgen son peleas del contra-sentido-común, el antiperonismo descargando una cadena interminable de infamias. Y el peronismo cuidando al centímetro el costo político que se arriesga. Todo es triste y banal.)

Martes. “¿Quién de nosotros leerá el Facundo?”

Más tarde. Un facundo zombie, un Facundo digital, un Facundo viral.

Miércoles. Leo un viejo ejemplar de la revista libro Confines, el número 3 del 96. Trae ensayos de Deleuze, Blanchot y Thomas Mann mezclados con Juan Gelman, Nicolás Rosa y Héctor Schmucler. Una buena ensalada. La experiencia de lectura no se parece a una máquina del tiempo ni a un viaje de ningún tipo, sino más bien es lo suficientemente insatisfactoria para que sea interesante. Para terminar alguno de los ensayos debo esforzarme. ¿Qué persigue la revista? Nada. ¿Qué línea editorial tiene? Ninguna. Se dice que se piensa la lengua y lo social, lo académico y la política, etcétera. Hay un dossier sobre la figura del desaparecido… Como director aparece Nicolás Casullo, pero como editor está Guido Indij: ahí se ve que se trata de un negocio dedicado a estudiantes y curiosos. Aunque esto, por supuesto, no perjudica los textos. Pero las revistas deberían ser algo más que la suma de sus partes, un conjunto, un manojo de gentes y palabras. ¿Por qué? ¿Por qué siento que debería tener una línea, defender una posición? Como fuere, la revista fallida, insisto, también resulta interesante. Lo mejor de este número son unas aburridísimas piezas para televisión escritas por Beckett y, según promesa de los editores, traducidas al español y publicadas ahí por primera vez. Ese lado de los años 90 los conocí y transité muy bien. La insatisfacción, la quebradura política, la frivolidad erudita, el desánimo, la impostura esteticista… El arte como abulia, como síntesis de la intrascendencia. En algún punto fue una escuela importante. Hay una bajada de línea: el arte es intrascendente, y cuanto más complejo y hermético se vuelve, a la larga, amplía su público. Lo importante era ser frío. El lector y su calor, su voracidad, no tienen mucho que ver con esos experimentos. Titular de Crónica: “Pánico por una lluvia de ratas en una granja de Australia.”

Más tarde. Sí, es posible que este número de Confines sirva más para leer los años 90 y su campo intelectual que para cualquier otra cosa.

Jueves. Fusaro no deja de versionar a la Heidegger en clave de descubrimiento, alerta y urgencias. Pone en Twitter este fragmento que, desde ya, viene al caso: “L'uomo occidentale non crede più in nulla se non nella salvezza del corpo. Per essa è disposto a sacrificare tutto, dalla libertà agli affetti. Per questo, il nostro è il tempo in cui i medici spodestano i preti e la medicina si erge a nuova religione.” Es un buen párrafo pero está lejos de ser nuevo o novedoso. Que se actualice con más fuerza hoy esa idea, habla de la precisión con la que pensaba Heidegger hace décadas. Bien mirados, son muchos los que vuelven hoy a Heidegger para publicitarlo, a veces sin mostrarlo. Son de lo mejor que tenemos hoy, porque leen lo que hay que leer y porque lo demás es muy malo.