Lunes. Corrijo un largo ensayo sobre Aira. Pienso que sus libros son la aplicación narrativa, sin amagues ni fisuras, de lo mejor —Roland Barthes— pero también lo peor —todos los imitadores de Barthes— del estructuralismo francés. ¿Cómo lo sé? Porque esos libros son fáciles de enseñar, una característica muy específica del estructuralismo francés. Útiles para ponerlos de ejemplo, para señalar los temas de la narración, sus recursos, sus herramientas… ¿Hay en los libros de Aira saberes que no atiendan a los de la mera literatura? Bueno, esto es imposible. La ficción siempre habla de otra cosa. Pero el esfuerzo está puesto en esa tonalidad autoreferencial en la disciplina elegida. De paso, no hay otro estructuralismo que el francés. No llega a haber, por ejemplo, un estructuralismo argentino.

Eso sí, siempre y cuando saquemos al psicoanálisis lacaniano del paquete, y debemos sacarlo porque Lacan no era un estructuralista, aunque se acercara. (En todo caso plantea una estructura con un agujero, con una falla, lo cual es bien diferente.) Así que, de no equivocarme, Aira es un escritor argentino pero de vocación netamente francesa. De allí su amor evidente por el artificio de la gauchesca. Esto nos lleva al siglo XIX en Argentina, o mejor, a una etapa previa a la consagración de Borges y anterior a la Segunda Guerra Mundial. Por lo tanto, lejos, muy lejos, de ese lugar que él reclama —a destiempo, como todo en Aira—, lugar de vanguardia histórica, verbigracia Duchamps, o mejor de tardovanguardista. Así las cosas, la estética y la ética de Aira se vendrían a ubicar en algún momento posterior al giro lingüístico pero previo al triunfo del inglés como lengua imperial o lengua koiné. Desde luego, y esto es fundamental para entender a Aira, ese momento no existe.

Martes. No me hagan renegar. Ustedes saben bien que el giro lingüístico es una lingüística que gira y, encima, que gira en falso.

Miércoles. El lunes había sentido un ligero malestar en el cuerpo. Trabajé ignorándolo. Ayer fue algo más incómodo. No tuve fiebre, pero amanecí con la garganta cerrada y mucha congestión. Pensé que podía ser una alergia al frío. Me suele pasar. Durante el dia no me compuse. Al mediodía me llegó el Wilcok de Bioy que encargué por Mercado libre. Hoy tuve que dormir la siesta porque sentía el cuerpo sin fuerzas, como si me hubieran golpeado. A las cinco y media de la tarde, después de dar unas vueltas muy lentas por el departamento y escribir media página, decidí que me tenía que ir a hisopar. Pensé, con ingenuidad, en llevar el Wilcock, para leer si tenía que esperar. Finalmente desistí de la idea. Hice bien. Caminé con mucho esfuerzo unos quince cuadras hasta el Álvarez y cuando llegué ya era de noche. Encontré una gacebo sobre el asfalto enfrente del hospital, cortando la calle. La iluminación era los faroles grises y mortecinos de la vereda. Había tres tipos haciendo una cola. Eran altos y hasta intimidantes. No podía verles la cara. También había dos mujeres. Todos en silencio. La situación era bastante fea. No había médicos a la vista. En realidad, no había nadie. En la puerta del hospital, montaba guardia un hombre de seguridad vestido de negro. Fui hasta esa entrada y me preguntó a dónde iba. Le dije que me quería hisopar. Con una inesperada amabilidad, me dijo que tenía que esperar en la carpa. Diez o quince largos minutos después, apareció una mujer vestida con un guardapolvo celeste. Ya en la cola éramos unas doce personas. Nos pidió que nos acercáramos a una ventanilla iluminada con una luz blanca desde adentro. Ahí nos iban a tomar los datos. Pero lo que siguió fue otra espera. Perdí un poco la noción del tiempo. Empecé a transpirar. Si uno estaba infectado con el virus estar ahí no podía ser algo bueno. Y si no lo tenía, y estaba cursando una gripe o unas anginas, tampoco. Mucho tiempo después se abrió una ventanilla y un enfermero llamó a la primera mujer de la cola y le empezó a preguntar con quién vivía, la mujer dudó: “Bueno, mi marido, y mis hijas.” El enfermo preguntó cuántas eran. Hice el cálculo mental. Si le llevaba cinco minutos por persona tomar los datos, iba a estar un hora ahí. Me fui. Tomé un taxi en Avellaneda, llegué a casa, me cociné, cené y tomé un paracetamol. Ahora hago un poco de tiempo antes de irme a dormir.

Jueves. Esta mañana me levanté temprano. Había pasado una buena noche, dormí bien. Me hice un café y volví al Hospital Álvarez. Lleggué temprano y primero. El frío seguía pero el paisaje no era tan desolador. La carpa sucia, unos containers adaptados. Más movimiento. Estaba nublado. Una puerta se abría, aparecía una enfermera miraba y cerraba. Otra vez la espera. Esta vez frente a unas ventanillas que no conocía. Luego, atención rápida en ventanilla uno, datos, nombre, apellido, número de documento, ¿con quién vive? ¿tiene dónde aislarse? Ventanilla dos, espera de veinte minutos. De ahí al consultorio. Otra espera. Se juntaron unas seis o siete personas pero no estábamos tan animalizados por la situación como en la víspera. Somos corderos, esa es la vocación de la especie. Pero estábamos siendo asistidos. Finalmente pasé a un cuarto y un médico me hisopó desde atrás de una mampara de vidrio con un agujero en el medio. Otra espera. Aunque enseguida salió una enfermera y dijo dos positivos. Los enfermos se acercaron. Eso causó algo de impresión. Después, los negativos. Una lista de unas ocho personas. Pero “los que se hisoparon recién todavía no están.” La espera se volvió a alargar. Salió un poco el sol, aunque el vallado donde esperábamos quedaba en la sombra fría del hospital. El ambiente no podía no ser un poco a campo de concentración. Esperamos en silencio. Pasaba cada tanto un policía pero de forma burocrática, sin intimidar. El viento que a veces movía los árboles. Se escuchaba un motor, deduje, de la calefacción del hospital. Evité varias veces mirar a la cara a mis compañeros de espera. Parado, leí el Wilcock, subrayando cada tanto. Come en casa Wilcock. Los pies, helados. Finalmente salió una enfermera y dio los resultados. De los que estábamos ahí todos éramos negativos. Sentí alivio. El grupo se desconcentró rápido. Al alivio se le sumó una sensación suave de tontería. Es inevitable pensar que uno estaba exagerando. Pero hasta que llega ese momento, se genera un poco de tensión. Después, caminé rápido y entre el hospital y mi casa, entré en una panadería. Adentro había olor a facturas y a pan y el ambiente estaba cálido. Era tan gratificante que me dió una alegría inesperada y muy vívida. Sobre la calle Aranguren encontré un mural con un rinoceronte.