Lunes. Ayer domingo, paseo con Mia Antonella por la 9 de julio y San Telmo. Bastante gente en la calle y en los bares. Miramos y sacamos fotos de fachadas y edificios. La arquitectura de Buenos Aires, siempre amenazada, siempre vital, qué bien se deja fotografiar los domingos de sol. No hacía frío. Compramos dos libros en el mercado, donde hay librerías de viejo y discos de vinilo más ropa y lugares para comer. Después bajamos a ver el Canto al trabajo de Yrurtia que está enrejada y verde, como si hubiese sido afectada por una radiación. Es una de las mejores piezas que muestra la ciudad. No, es la mejor. Y la mejor de Argentina también.

Más tarde. Cuando yo era chico, mi viejo contaba historias de viajes a África, de caníbales y de exploradores, describía comidas hechas con insectos y gusanos, travesías peligrosas por montañas, desiertos y llanuras, ríos que desbordaban, matando ganado y expulsando peces monstruosos. Y cuando ya había generado la sorpresa que buscaba, decía, muy serio: “Esa historia está en Tristes Trópicos, un ensayo del antropólogo francés Claude Lévi-Strauss”, un libro que jamás había leído y que no le interesaba leer. (Me olvidé de consignar la cena, solos, porque no había nadie más cenando, en Les anciens combattants. Fue agradable, la comida, excelente, buen vino. El lugar es tan melancólico y añejo, tan europeos fuera de Europa, que a la vez alegra y reconforta. Nos prometimos volver. Escribiré, entonces, luego.)

Martes. Leo el Wilcock de Bioy. Si en el Borges era “come en casa Borges”, en el Wilcock es “Comen en casa Borges y Johnny.” Una hipótesis de lectura. Bioy y Wilcock eran dobles. Empiezo a imaginarme un artículo muy simple sobre el tema. Lo veo, de hecho, con claridad, pero ¿cuánto lo voy a escribir? En el futuro no sólo el humor va a estar prohibido. También las metáforas y las hipérboles. El que desafíe la literalidad será castigado.

Miércoles. La violencia es intraducible, no se puede adaptar las formas de la violencia de un país a otro. Cada país es violento a su manera, con sus crímenes, sus asesinos, sus torturadores, sus fratricidas. La pornografía viaja mejor, es más ecuménica, se traduce menos y hay menos para traducir. Quizás sea otra versión de la frase que dice que todas las familias felices se parecen.

Más tarde. Llegan vacunas. Muchas. Dentro de poco vamos a ser veinte millones de argentinos los vacunados. Eso trae esperanza. Dibuja un horizonte. En la pelea de UFC que se hizo en Las Vegas el sábado solo algunos jueces usaban barbijos. Y el estadio estaba lleno. Por la televisión no se veían protocolos, ni había distancia social. Eso también genera cierta esperanza. Es probable que la “normalidad”, o un borrador de esa normalidad de la que veníamos, llegue en septiembre. ¿Cómo va a ser esa vuelta? Supongo que complicada, llena de roces y de conflictos. La rutina es una segunda naturaleza, decía el filósofo.

Jueves. En el Wilcock existe, recurrente, un mecanismo de duplicación. En la tapa, Bioy y Wilcock posan como si fueran estatuas simétricas. La foto hace que se enfrenten y que finjan ser arte al mismo tiempo que se reflejan. Después, en el diario, las anécdotas a veces aparecen contadas dos veces. La primera versión, en una carta,; la segunda, en el diario. A veces son las mismas palabras en diferente orden. Se repite una cena en París con su menú, se repite la anécdota de Wilcok durmiendo en un baldío… Wilcock también es el único amigo de Silvina. Bioy los encuentra prendiendo un fuego en la playa, como si fueran amantes. Es difícil no pensar en eso. Wilcock también los encuentra a ellos. Cuando se va de viaje, Silvina insiste que se queda sin amigos. Hay momentos algo planos del diario donde todo el tiempo se repite lo mismo. Come en casa Borges. Come en casa Johnny. Comen en casa Borges y Johnny. Hasta la página 90, más o menos, el diario es como un disco rayado, como una novela experimental. Lo disfruto. Luego, ya llegan los chismes y ese sondeo permanente de Bioy en los otros se hace más duro. Las notas del pie, dignas de Wikipedia, no logran entorpecer la lectura. Donde no son simétricos los protagonistas, diarista y personaje del diario, es en su extracción social. Wilcock es huérfano, es ingeniero, es irónico, es grosero, es pobre. Bioy siempre está siendo cercado por su inteligencia. Y, desde ya, le da de comer. Por momentos se trata de un diario gastronómico, un diario de lo que ocurre en el salón. Aunque lo que no ocurre, y que uno puede y no puede imaginar, está ahí también.

Viernes. Hay momentos en que pienso que Mavrakis es Wilcock. Las coincidencias son demasiadas. Una segunda encarnación, una forma de ser, un fantasma argentino, otro doble más.