Lunes. Cuando vuelvo en bicicleta desde Constitución a Flores paso por la biblioteca Miguel Cané en la que trabajó Borges. Me gusta recomponer la colección de trabajos que tuvo. Empezó a trabajar muy tarde. Fue periodista y renunció a ser editor del suplemento Multicolor de los sábados que salía en Crítica. Después fue auxiliar de biblioteca y lo echaron por contrera. Y luego se las arregló como conferencista y ocasional redactor de algunas revistas. Piglia dice que dirigió o escribió en una revista del subte. Es posible. A veces pienso qué habría pasado si el peronismo no lo hubiera echado. Se habría quedado ahí, supongo, en la biblioteca. A veces pienso en cuánto cambió el barrio desde que Borges caminaba esas cuadras. A veces no pienso en nada y me dedico a pedalear.

Martes. Hablamos mucho con Robles y preparamos y damos nuestras clases. Le confieso que me gustaría escribir siempre la misma novela pornográfica. Siempre la misma, la misma trama, con variaciones. Pero siempre la misma. Es una fantasía que va y viene. Él me responde enseguida: ¿por qué pensás que hacemos otra cosa? Luego diálogo sobre Kafka y Thomas Mann a partir del artículo de Lukács, leído por manos hace décadas. Los dos estamos del lado de Thomas Mann, pero Robles no se decide a abandonar del todo a Kafka. Defiende el inicio de La metamorfosis. En algún momento dice que es insuperable. Le digo que el principio de El extranjero de Camus me parece mucho mejor. Recordamos algunos libros más. Pero siempre voy a preferir a Mann.

Miércoles. ¿Escucho poca música o no la consigno acá? Hay un momento en que se deja de leer y se empieza a escribir. A mí ese momento no me llegó nunca. Por eso soy mejor lector que escritor.

Jueves. Tengo turno para vacunarme. Me anoté en Las Heras y hoy la aplicación me avisa que tengo que ir el sábado a las nueve. Mi hermano fue ayer. Me dice que hoy siente algún malestar pero está bien. Ver el mensaje me da ansiedad y alegría. Quiero leer un poco. No puedo. El día pasa rápido.

Sábado. Salimos a las siete y media. Hay escarcha en todas partes. La temperatura subió con el sol a unos cinco grados. Llegamos a Las Heras pasadas las nueve de la mañana. El gimnasio está muy bien iluminado. El trámite avanza rápido. Recepción, espera breve, historia clínica al paso, espera breve, vacunación sin dolor, y una espera de veinte minutos donde incluso me ofrecieron un café. Rechazo el café, agradeciendo, y me pongo a hojear el Wilcock de Bioy. Después, entrega de la cartilla de vacunación y listo. Afuera me saqué la foto de rigor. Cada tanto vuelvo a leer la casilla de la marca de la vacuna donde uno de los voluntarios o una enfermera escribió con tinta azul y una caligrafía rápida Sputnik-V.

Más tarde. Mia Antonella se vacuna el sábado que viene. El viernes se entregaron las primeras vacunas de fabricación argentina. Según leo, unas 450.000. El ritmo de vacunación se acelera. El escenario de desesperación va retrocediendo y se abre un cálido paisaje de esperanza.

Domingo. Me levanto sin fiebre pero con dolor muscular. Paso el día del padre con mis hijos y mi madre que me regala las medias que le pedí. Leo las etiquetas. Me parece un regalo muy bueno. Duermo varias siestas de varios minutos a lo largo del día. Rodrigo Terranova me dice que le regalaron el Wilcock para el día del padre. Cenamos. Vuelvo caminando por las calles sin gente, ya tarde. Entro al departamento en silencio. Cuando estoy por prender la computadora para poner un poco de música, me entero que murió Juan Forn de un infarto en Villa Gesell. No entro a las redes sociales.

Lunes. Mavrakis en Twitter: “La fusión del día del padre y el día de la bandera es acertada, son dos fuerzas creadoras de identidad bajo ataque permanente de la época, y basta que una se refleje apenas un poco sobre la otra para, como dice el Papa, reírseles en la cara a quienes creen que ya no dicen nada.”

Martes. Hacia la tarde me entero que murió Horacio Gonzalez. No murió de covid sino de una infección intrahospitalaria. La noticia me entristece. Horacio hablaba con una seguridad y una falta de ansiedad que me impresionaron siempre. Ahí había un punto de sabiduría, de alegría en el saber. Perdemos mucho cuando se pierde alguien así. Hacia el año 2000, en una mesa de bar, escuché decir que Restos pampeanos no se podía comparar con Radiografía de la pampa. Me quedé pensando unos veinte años. Ahora entiendo que quizás sea mejor. Veinte años de maceración me avalan. La pregunta es si los libros vencen a la muerte. Un poco sí, un poco no. Pero al final creo que no. Lo único que vence a la muerte es la fe.

Más tarde. Intercambio con Mavrakis de madrugada. A la figura de González le opone la de Grüner. Buen ejercicio dialéctico. La politización y el funcionario y, más allá, el profesor anarcofilosófico, que sigue pensando en el “comunismo.” ¿Pensar adentro? ¿Pensar afuera? ¿Adentro de qué? ¿Afuera de qué? Tocar afuera, tocar adentro. Los músicos, al menos, tienen la armonía de paisaje y escenario.