Jueves. Algunas notas que me dejaron las clases de la primera mitad del año. El archivo se titula Problemas del novelista. En relación al tiempo y su administración, ¿cuándo escribir? ¿Cuánto tiempo escribir? Pero no importa el tiempo, importa el ritmo. La extensión. ¿Cómo sumar páginas? ¿Cómo hacer crecer la narración? Pensar desde ahí es un error. No pienso desde las páginas, pienso desde la historia. (Aunque miro la extensión.) Dos instancias. La decepción. Es inevitable. El entusiasmo. Hay que tener cuidado. El tema. ¿Qué es el tema? ¿Cómo elegirlo? A veces no lo elegimos, sino que lo descubrimos en lo que escribimos. Elementos de la narración. La escena, el personaje, el estilo.

Pero la escena siempre nos orienta mejor. La ambición. Hay que ambicionar ¿sí o no? Sí, pero en la calidad, en la concentración. No en la extensión, no en la cantidad de páginas. La representación como mandato errado. Escribir es fabricar un mecanismo, no un espejo, que por otra parte siempre refleja prejuicios. Hay que contar, no explicar. Hay que contar, no ilustrar. No hay que convertirse en un burócrata de sí mismo. (Esto es importantísimo.) ¿Qué pasa cuando estoy trabado? Todos los problemas se resuelven en la biblioteca. Finalmente, la pobreza. Mucho tiempo invertido en una actividad difícil, por momentos imposible. Eso genera pobreza, pero no espiritual o simbólica, sino material. Espiritual quizás también.

Viernes. Un titular: “Paciente con covid quiso escapar del hospital y murió tras arrojarse desde un segundo piso.” Pasó en Bariloche. La bajada de la nota. “El hombre, de 39 años, estaba internado en el Hospital Privado Regional y falleció a causa de las graves heridas que le produjo la caída.” Eso sí que es saltar de la sartén al fuego. Napolitano en Twitter: “Reconocer influencias es el escalón más bajo del análisis. Un verdadero crítico sabe encontrar lo que hay de distinto en dos estilos idénticos.”

Más tarde. Para escribir un buen diálogo lo principal es conocer a los personajes que dialogan y entender por qué ellos no se entienden. Si no hay comunicación, si no hay comunión en la palabra, eso hace que todo sea más real, en el mejor sentido. Los personajes de una buena novela se pueden amar, pero nunca entenderse. Mientras tanto, el barbijo ya funciona como una prenda más del invierno. Las clases van a volver con su horario completo, el ritmo de la ciudad regresó a sus niveles de agresividad habituales, y el virus se va volviendo parte del paisaje, un parte incómoda, que se recuerda de mala manera, como a un pariente que cae mal, pero que hay que tolerar.

Sábado. Pongo el Edipo de Pasolini que encuentro en YouTube. La película está doblada al español, pero no molesta. Recuerdo sin precisión algunas partes de la primera vez que la vi hace como veinte años en la Sala Lugones. Lo que no recordaba y me sorprende es que Pasolini haya elegido el Cuarteto Disonante de Mozart para abrir y cerrar la película. En ese cuarteto es donde se cifra la mejor lectura de la tragedia. Con ese Mozart de Pasolini, encuentro, al fin, algo para decir sobre Sófocles, algo que no haya sido dicho mil veces. (La democracia es el gobierno de cualquiera, no el gobierno de los mejores. Siempre recordar esto, que no es menor para entender al Sófocles público.)

Domingo. Releo Ema, la cautiva mientras tomo unos mates. Estoy solo. Es posible que pronto se publique mi ensayo sobre Aira. Esta relectura me amiga con él, pero me distancia de su obra. (El mate ya no se comparte en esta vida de pandemia.) Esta primera edición de la primera, o segunda, novela de Aira tiene un aura especial. La foto del autor en la tapa, con rasgos muy jóvenes, parecido a un beatnik, un doble de Allen Ginsberg, la contratapa donde dice que toda contratapa es “una tapa en contra”, las páginas envejecidas, ya marrones… Napolitano en Twitter: “El virtuosismo, el refinamiento, la elaboración del estilo, todas consecuencias del aburrimiento.”