Lunes. Me quedo en casa a trabajar. Arranco temprano y feliz. Me espera un día ordenado de drogarme con los signos. Estoy entregado y feliz como el opiómano, como el dipsómano. La letra siempre fue mi destino dramático. No encuentro oro en el barro como Baudelaire, no puedo dejarlo como decía Walsh y Rilke. ¿Quién celebra la pérdida? Es dulce y destructivo. Escribir, ¿por qué? ¿Para qué? Intento que ese esfuerzo se de orientado, que sea redituable, que tenga una unión con mi vida profesional, con mi inserción capitalista primaria, intento el periodismo, la investigación, pero lo que me llama, como la sirenas, es otra cosa. Me llama la gratuidad, es el narcisismo desesperado de inventar, de cuestionar, de ser independiente del circuito del dinero, ajeno a esos condicionamientos. Eso me llama. Me llama lo arbitrario, la economía del gasto, la discusión, la desobediencia, el masoquismo.

Martes. Leo la biografía que Matías H. Raia y Agustín Conde De Boeck hicieron sobre Fox. Cada vez que me lo cruzaba a Raia me hablaba de ese libro. Desde la primera vez que lo vi. “Estoy escribiendo un libro…” Escuché esa frase muchas veces, pero lo que me contaba Raia, a diferencia de otros poetas parlantes y rotuladores argentinos, era atractivo. Finalmente el libro salió por la editorial Borde Perdido. Armado en base a materiales, citas y fragmentos, Fox aparece rodeado y siendo parte de la bohemia de los años 60 en Buenos Aires. Es un escenario sensual, extremo, lleno de talento y de personajes míticos. La lectura resulta fluida, gratificante. La elección de esa forma por sobre otras más tradicionales me parece un acierto. Los acentos y los conceptos fundamentales de la historia aparecen bien subrayados, sin monsergas académicas, sin esa charlatanería de los escrúpulos. Cuando comencé la lectura pensé que la opción venía de un condicionamiento básico: hay poco escrito de Fox, hay poco escrito sobre Fox. Pero cuando los biógrafos empiezan a reunir el material, la escritura gana volumen, genera sorpresa, el camino se dibuja con claridad. Salieron buenos libros este año. El Stalin de Robles, la novela de Vanoli, los cuentos de Lo Presti, los ensayos de Tomás Richards, hay algunos más. Vida, obra y milagros de Marcelo Fox está entre esos libros, los mejores del 2021.

Más tarde. Reflexión sobre Fox: la pandemia del Coronavirus puede ser leída como un capítulo de Invitación a la masacre. Pero Fox era más estridente, más cinematográfico. La pandemia se deshilachó y mata con una discreción triste y elegante.

Miércoles. Escucho a Mozart. Pienso: escribir novelas es para mi una actividad secreta, miserable, onerosa, pulsional. ¿Quién puede pretender estar en ese género y querer destacar? El joven novelista que busca la edición, el triunfo, la palestra… Verlo intentar, fracasar y desistir me produce un placer malsano. También me miro a mi mismo en ese retrato, y encima ya no tengo la excusa de la juventud. ¿Qué clase de ruido?

Jueves. Internet pregonó tanto lo viral que, al final, apareció un virus. El vocabulario y el deseo: derivas del significante. ¿Quién quiere ser viral hoy? La nueva variante del virus se llama Omicron, nombre de villano de superhéroe. Pero ya estamos cansados de hacer esas relaciones y esos chistes. El primer caso en Argentina es un tipo que estuvo en Sudáfrica. Infobae publica una nota titulada: “Ómicron: 6 preguntas y respuestas sobre la nueva variante que llegó a la Argentina.” La paranoia devaluada me resulta peor, más insulsa y chirle, que el resplandor de la paranoia contundente de los inicios. Como podemos ir hacia adelante como humanidad, empezamos a mirar para atrás, y lo que hay atrás siempre es la muerte. Fox diría: con su permiso, me detendré un momento a darme la cabeza contra la pared. Prosigamos.