Jueves. A doce días de haber empezado mi novela tengo tres páginas de un primer capítulo breve. Me gustan. Además cuento unas veinticinco páginas de notas. Usé casi tres días en poner en orden esas notas separándolas con prolijidad en veinte capítulos y me llevó un día entero en elegir un título. (Ese día me lo pasé en YouTube escuchando música y viendo fragmentos de documentales.) El tema es que todavía tengo que leer la bibliografía que elegí como mi corpus de apoyo. Hasta que no termine esos libros autoimpuestos como indispensables no voy a poder escribir con libertad. Mientras tanto voy ablandando el terreno, sigo tomando notas. Siempre escribí novelas de esa manera, amasando el material con paciencia, recortando las formas, desechando y transformando y limando. La novela, sus frases, su trama, es algo sucio que debo desmalezar. Está ahí, pero tengo que ir sacando lo que sobra, ordenando lo que queda y para nada no inventando lo que se me ocurre.

Más tarde. Con Mia Antonella encontramos en San Telmo, tirados sobre la calle Perú, varios discos de vinilo. Algunos están rotos, otros no. De hecho, todos parecen sin uso. No están por ningún lado los sobres de cartón. Mia dice que alguien se los llevó y desechó los discos. (O sea se llevó las tapas y dejó la música.) Agarramos los que nos parecen más sanos. Ya en casa, los pruebo, suenan muy bajo. Hay sonatas de Beethoven y un concierto de Rachmaninoff. Son discos franceses: La voix de son maître. En vez de escucharlos, prefiero leer las etiquetas. Toda la situación es un misterio.

Viernes. Molestia por los mitos de autor. Se escucha cada cosa… Pero ¿no es hasta cierto punto necesario? Leo los diarios de Bioy. Las molestias y los equívocos que se señalan me resultan muy parecidos a los actuales. En una entrada se habla del velorio de un tal Barbieri. Borges está apenado. Wilcock se mofa. Bioy toma distancia. La muerte de un intelectual siempre es una situación un poco ridícula. Los restos que les deja a los vivos, sus poemas, sus libros… ¿cómo los afecta la muerte? Un poco pule esa mugre, pero solo un poco.

Más tarde. Vuelvo a pensar en César Aira y su desagradable insistencia en la literatura, pero ¿qué es la literatura? Lo que entendemos por literatura es una parte muy pequeña de la biblioteca general. Y para escribirla hay que leer otras partes. Quizás Aira se dedique a hacer siempre el chiste sobre el chiste. Hay un triunfo ahí. Pero también, mucho fracaso.

Sábado. Perez Becerra pone en Internet una frase de Althusser: “No hay que juzgar a nadie a partir de su conciencia de sí, sino a partir del proceso de conjunto que, a espaldas de su conciencia, produce esta conciencia.” L. Althusser. Positions (1964-1975) Veo Los siete locos, la adaptación de Leopoldo Torre Nilson. Me parece asombroso que sea tan mala. Torre Nilson no acierta ni de casualidad. Es un reloj que ni siquiera da la hora dos veces al día. Invasión es del 68. Los siete locos del 73. Pero las dos son atemporales, una por lo buena, y la otra por lo mala. Hablando con Robles me doy cuenta que, en realidad, Invasión con sus siete personajes es una mejor adaptación de la novela de Arlt que el enchastre recitado de Torre Nilson. Mia Antonella: “Esas películas argentinas donde parece que están leyendo la Biblia…”