Lunes. Me levanté y me fui al centro de veteranos de La Matanza. Volví y arreglé con el doctor Rosé para ir a tomar un café. Cuando cerré la puerta, me di cuenta que me había dejado la llave adentro. Tomé el café con el doctor Rosé y hablé con mi madre. Con el doctor, hablé de la incompatibilidad de hacer crítica y ficción, y a su vez la incompatibilidad de casi todo y el psicoanálisis. Aunque él es psiquiatra y eso lo hace diferente. Mi madre finalmente apareció con la llave. Y entonces entendí que debería haberla ido a buscar yo, a la llave, y evitarle, a mi madre, el esfuerzo de venir hasta mi casa.

Despedí al doctor Rosé y entramos con mi madre en mi departamento y ella enseguida se puso, maquinalmente, a lavar los platos. Mientras ella lavaba y yo secaba hablamos de la guerra entre Ucrania y Rusia y después de la guerra de Malvinas y en seguida de Freud y de Lacan. (El doctor Rosé me dijo que le gustó mucho la biografía de Lacan de Roudinesco pero que la de Freud le parecía incluso mejor.) Después caminamos con mi madre. Hablamos de la epistemología de la guerra. Finalmente nos despedimos, se tomó un taxi y yo volví a casa.

Martes. Leo un breve texto biográfico, difícilmente se pueda decir que es crítica, de Mariátegui sobre Panait Istrati. No entiendo por qué lo compara con Proust. Se nota mucho que le gusta porque es comunista.

Miércoles. Salió mi libro sobre Busson. Vino a buscar unos ejemplares el viernes pasado. Llegó en auto. Yo lo esperaba en la puerta. “Me anoté para ser voluntario en Ucrania” me dijo. “¿Para volar?” le pregunté, sorprendido. “Vamos a tener que agregar otro capítulo al libro” comentó, riéndose. Después me respondió que no sabía si lo iban a dejar volar por la edad, pero que podía estar en alguna base. La idea le parecía divertida. “Mirá si te llaman, ¿vas?” y él: “Vos sabés cómo soy…” Pensé que en abril teníamos que ir a Necochea y pensé que era, desde ya, un destino más amable, pero lo entendí. Ahora te conozco, límpido espíritu. ¿Por qué? Porque soy calabrés.

Jueves. Todas las teorías son falsas. Solo hay una práctica. Y va cambiando.

Más tarde. En Una odisea marciana de Stanley Weinbaum, los marcianos se describen como la cruza de un ñandú, un elefante enano y un pulpo. Asimov decía que eso era genial. “El marciano no era un ave, realmente. No era ni siquiera parecido a un ave, excepto a primera vista. Cierto que tenía un pico y unos cuantos apéndices con plumas, pero el pico no era realmente un pico.” Weinbaum ¿se puede traducir como vino de árbol? La ciencia-ficción hay que leerla como una metáfora o una sinécdoque de la existencia psíquica de los sujetos del siglo XX. Y una metonimia de los sujetos del siglo XXI.