Lunes. No leo nada. O leo poco. Estoy atascado hace meses con una historia de la guerra de Argelia donde el autor parece contar siempre lo mismo con mínimas variaciones. (Como programa estético es bueno, como plan historiográfico la densidad termina con un lector inmovilizado.)

Martes. Vuelvo a César Aira: todos las historias que cuenta son boludeces. Él es genial. Pero su arte es sustituible, descartable, indiferente, básicamente porque narra boludeces. Y lo hace a propósito, desde ya. La literatura como bronce es poco interesante, pero la narración como desecho asumido no es mejor. Hay algo de ansiedad en ese gesto constitutivo de sus libros. Por momentos me da la sensación de que Aira le sirve al lector un plato de lata con un bolo alimenticio y le dice: “es igual, todo lo que comas va a terminar de esta forma.” Y esa es una verdad. Pero también, una grosería. Y estoy siendo sutil. (Anoto esto porque hoy lo vi con la mirada perdida caminando por Boyacá. Cada vez que lo veo, le encuentro el mismo gesto: el mentón levantando, la vista puesta en un punto lejano, como adivinando qué pasa más allá. Ninguna de las veces que me lo crucé miraba para abajo, siempre con ese gesto gaucho, de hombre de la llanura, que le da un aire raro, de ido, de loco.)

Miércoles. Estoy sentado en la computadora por primera vez en días, en semanas, quizás en meses. Estoy tranquilo. Reviso archivos. Y me doy cuenta de que si quisiera podría sacar un libro por mes, durante todo un año. Junté mucho material escribiendo todo el tiempo y publicando artículos y poemas en la web.

Más tarde. Leo con ganas, entusiasmado, el ¡Fusilen a Dorrego! de José Massaroli. La adaptación del registro historiográfico a la historieta es algo estática pero fluye bien. (También leí de él El tango del Amazonas, que me gustó aunque le falta un poco de violencia.)

Jueves. 24 de marzo. Nublado. Me quedo en casa. Me duelen los tobillos y los gemelos. Si camino o me paro el dolor crece. Por momentos, fantaseó con que me corten las piernas de las rodillas para abajo. Si se detiene el dolor, ¿por qué no? Al fin me reencuentro como mi destino cibersudamericano.

Viernes. La semana que viene me voy a Necochea. Hoy miro Fight club en Netflix.