Lunes. Ayer, Medida por medida en el Teatro Sarmiento con adaptación y dirección de Gabriel Chamé. Teatro de clown pero con actores –sobre todo Bassi y Gentile, que hacen del Conde y Angelo– muy virtuosos desde lo físico y lo vocal. Pese a que entierran la Máquina Shakespeare, su verba, abajo de gags físicos y miles de chistes coyunturales, en algunos parlamentos, y dada la calidad de los actores, la poesía sigue ahí, se siente, se abre paso. La idea es desafiar el prestigio del autor, una vez más, y eso se dice todo el tiempo. Andá a cantarle a Shakespeare, hablalo con Shakespeare si tenés algún problema, etcétera. Una de las actrices en un momento se para y grita “¡Shakespeare, mi garcha!” Supongo que a Shakespeare le habría gustado. La sala estaba llena y era receptiva. Por mi parte me hubiera gustado un poco más de texto y un poco menos de trama, y también un poco menos de pantomima y despliegue físico. La obra se me estaba haciendo un poco larga porque se respeta la trama completa y Gentile que venía de correr entre el público dijo: “Qué larga esta obra.”

Más tarde. Semana pasada, trabajosa visita al oftalmólogo. Pedí el turno hace cuatro meses, antes de irme a la Antártida. La rutina de siempre. Un nuevo oftalmólogo, especialmente amargado en su rutina de medir y escribir las graduaciones. Cada vez que me señalaba la pared y me preguntaba ¿podés leer acá?, yo estaba tentado de responderle ¿qué significa leer? Dejé mi viejo marco para que le pongan la nueva graduación, casi nada de diferencia, y hoy me llaman para decirme que durante el proceso de yo qué sé se rompió. Tengo que ir y elegir otros marcos. Hay unos gratis o puedo pagar y… Me imagino al óptico en el laboratorio destruyendo mis viejos lentes, pensando, con algo de culpa, que ese es el ciclo de la vida.

Martes. Compré el primer tomo de la compilación que hizo Columba a principios de los 80 con los Nippur dibujados por Lucho Olivera. No entiendo por qué no lo compré antes. El primer tomo lo tengo desde hace unos treinta años.

Miércoles. Edito mis fotos de la Antártida. No puedo escribir a ese nivel. La literatura antártica es difícil.

Jueves. Macke y Napo se ríen del estilo que desarrollo acá, en mis diarios. Encontraron un video en la web donde un cliente de lo que parece un local de caza y pesca se pone a probar un cuchillo y en un momento se le ocurre testearlo en su propia panza. Enseguida se corta y empieza a sangrar. Napo dice que yo escribiría: “Me pasan un vídeo de un hombre con un cuchillo en un supermercado. Para probar su filo lo clava en su estómago.” Y después agrega que yo lo compararía con el hombre de letras moderno que se apuñala a sí mismo. No me parece para nada una mala comparación. La versión de Macke es así: “Veo un video de un hombre que, probando un cuchillo en un comercio, se agujerea la panza y sangra. Más tarde intento leer, pero me duelen los ojos y la parte baja de la nuca. Sábado a la noche. Salgo a mirar balcones franceses en Floresta y me encuentro en el piso una vieja edición de Historia particular de Las Tierras del Fuego, editado por el Instituto Militar de Estudios Antropológicos del Ejército Argentino, 1902. Domingo. Intento leer.” No me parece mal escrito. (En esa versión de mí mismo nunca leo, siempre intento leer, es muy sutil eso.) Como ya sabemos, toda parodia conlleva algo de verdad. Measure for Measure. Ambos coinciden en que me quejo mucho de mis achaques físicos, cosa que yo no percibo con tanta nitidez.

Viernes. Hace calor. Intento leer.