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Viernes a la noche. Leo en una noticia que un grupo de científicos le puso un hongo, una determinada variedad de hongo, a la cabeza de un robot y ahora el robot responde a los estímulos de esa cabeza de hongo y se mueve y actúa en consecuencia. Napo me había señalado que los robots se iban a llevar bien con los animales, mucho mejor que con los seres humanos, y me citaba como ejemplo a un pulpo que se había hecho amigo de un robot con forma de pulpo. Esto es un paso más en esas colaboraciones que podríamos llamar no humanas o incluso antihumanas. Desde luego, el hongo no tiene formación piadosa, humanista o empática que le permita, cuando esté al comando de un robot, no destruir todo lo que lo rodea. No la tienen los animales, no la tiene el mundo vegetal, mucho menos la van a tener los hongos. Le digo a Napo que cuando el hongo pueda hablar nos va a insultar. El me responde: “sería lo menos malo.”

Sábado. La Argentina no tiene Plimsoll Line. La tecnología tampoco.

Más tarde. Ayer fui a la librería de comics del barrio y compré, a un precio muy bueno, el segundo tomo de Invencible para mi hijo. El primero no estaba. También compré uno de Five nights at Freddys, que viene de un video-juego que él juega, o jugaba. Y para mi compré el segundo álbum del Pinocho malvado de Lucas Varela. En Hebei, China, un estudiante que se graduaba mandó un robot a recibir su diploma. El rey de Inglaterra posó para que una mujer androide de cara humana pero brazos de acero lo retratara.

Domingo. Ayer, viaje Las Heras. Poco frío, pero humedad. El rocío deja el pasto húmedo a la mañana. Volví a ver Invasión de Hugo Santiago. Cada vez que la veo, me gusta un poco más. Esta vez descubrí que Matrix tiene el mismo argumento y que es una adaptación mucho más fiel, sofisticada e inteligente de Los siete locos, que el bodrio burdo y literal, en colores, que hizo Torre Nilson.

Lunes. Ya en casa saco de la biblioteca mi pequeña colección de libros sobre el futurismo. El siglo XX empieza mirando a las máquinas igual que el siglo XXI. ¿Cómo va a ser la nueva poesía robot? Un título: Lírica del androide. De hecho, ya no se trata de la psiquiatría como una de las bellas artes. Uno puede señalar de locos a muchos, yo diría que casi a todos. Sin embargo, el mensaje comienza a ser más nítido. Geraldine Prais, que será candidata por LLA en Esteban Echeverría, tiene tatuada en la cara, arriba del ojo izquierdo. una orden: Castrate. Abajo, como la explicación, en el pómulo, llega el mensaje conservacionista, y largo etcétera. Pero el slogan, el que va en la frente, en modo imperativo, no le habla a los animales, le habla a la gente que puede leerlo. No es “castralo”, es “castrate.” Y está escrito de forma indeleble, no se va a ir, no se puede borrar, hay una idea de constancia, compromiso y militancia. Esa frente, esa cabeza, ya está marcada y da una orden. Si Rita Segato decía que no quería ser más humana, esta es otra forma del mensaje anti. La agenda extrema para el siglo XXI es deshumanizarnos, impedir que nos reproduzcamos y fomentar la mutilación en nuestros cuerpos. ¿Por qué tan así? Porque ya llegan los robots a hacer el trabajo que antes hacían los seres humanos periféricos que en un mundo anglosajón son los católicos. Otra versión del entrismo androide.

Más tarde. Me gusta leer tatuajes. Es difícil, por lo general son pocas palabras pero cada una con un significado especial. ¿Por qué alguien necesita ser mensaje, convertirse en papel, en pantalla? La piel recibe bien la tinta. A veces, mejor que la página fría de la computadora o el libro. Actualización: “Allanaron el departamento de Beatriz Sarlo en Caballito.” Noticia: “Un oficial de justicia realizó un inventario en la propiedad de la calle Hidalgo 140 donde vivió la ensayista hasta su muerte, en diciembre pasado; además, se cambió la cerradura.” No sé si es una buena o una mala noticia, pero el tema perdió fuerza.