
Viernes. Fui al Hospital Italiano a buscar mis lentes nuevos. Llegué a las dos, puntual, y estaba cerrado. Esperé a que abrieran. Ya había gente, dos o tres viejos sentados en los bancos del hospital. Me dieron un número y luego me llamaron y me dieron los lentes. Me los probé. Desde luego, sentí que me mareaba. Salí a la calle. Volví a casa caminando. Cada tanto me los ponía, miraba los edificios y pensaba en la suerte de nacer en Buenos Aires y en la mala dicha de tener que lidiar con los oftalmólogos del Hospital Italiano.
Sábado. Nació la hija del encargado del edificio donde vivía Sarlo y le pusieron Beatriz de segundo nombre. Una nota dice que “el nacimiento de Emma Beatriz Meza Santacruz no mejora ni empeora la situación del padre en la sucesión de la escritora.”
Lunes. Luciano Saliche me escribió para pedirme una opinión sobre Borges porque ayer domingo fue su cumpleaños y el día del lector. Escribí dos párrafos donde explico que no soy de releer a Borges. La verdad es que no me interesa mucho. Me gusta el Poema Conjetural y los ensayos de Otras inquisiciones y me gusta El Aleph, pero porque me gusta Daneri. Carlos Argentino Daneri me parece mejor poeta y mejor personaje que el alter ego fóbico de Borges. Escribí un artículo sobre el tema, Reivindicación de Daneri. También me gusta el Borges pusilánime que retrata Estela Canto en su libro, el Borges anal que compone Daniel Balderston y me gusta El factor Borges de Alan Pauls, que es un ensayo lujoso, como esos libros de fotos que se ponen en las mesas ratonas, impresos en alta calidad. Ahora el Borges que más disfruto, al que siempre vuelvo, es el de Bioy, el de Come en casa Borges, el de los diarios. Es un Borges mundano, intolerante, crítico, acertivo, propenso a decir barbaridades de forma enfática. A veces enamorado, siempre erudito, muy tilingo, racista, antiperonista, anticomunista, hábil y profuso citador, lo cual demuestra que no solo era así cuando escribía. Ese Borges ciego, edípico, antimoderno, me resulta magnético. Es un Borges pasado por Bioy, pero es el que más releo. Napolitano (en fuerte cruzada de reivindicación borgeana): “Nos curó de la tilinguería.” Está bien. Entiendo a lo que va. Por supuesto, los países que no lo tienen empiezan mucho más atrás. Podríamos decir las lenguas que no lo tienen... Napolitano: “La idea de que un texto me lleve a otro se la debo toda al viejo. Y la más importante, la de leer un texto como otra cosa. Musicología como literatura, Lacan como poesía, un manual de armonía como novela de misterio. Nada nuevo bajo el sol, lo sé. Pero mi deuda es grande. Igualmente banco tu reivindicación de Daneri, es una bala que entra y me seduce.” Como de costumbre, Napo me hace pensar y trabajar. Es ese tipo de amigo que habla, escucha, lee, argumenta con solidez. Y estoy de acuerdo con lo de Borges pero su límite, el límite borgeano, resulta nítido. Cero sexualidad, cero roce político o social, muchas teorías cerradas, estreñimiento general, recursividad extrema, a partir de la década del 50 se vuelve ciego y trabaja sobre ese mito, cruzando la segunda mitad del siglo XX sin comunicarse con nada ni nadie. Cuando uno quiere leer, Borges es un buen maestro, cuando quiere escribir, no tanto. La hipótesis de Cesar Aira que pone a Borges como la escuelita y a Arlt como el verdadero artista es audaz y útil, y marca que los libros nos señalan un horizonte. Y la novela siempre está un poco más allá.
Más tarde. ¿El Borges de Bioy? Lo rescata, lo vuelve a mitificar, lo humaniza, lo baja del bronce y del polvo y lo pone a circular otra vez como una voz viva, humana, que sigue cantando, diciendo.
Martes. Napolitano sobre el affaire inmobiliario de Sarlo y sus herederos: “Es una versión de Casa tomada. Pero tiene algo lynchiano. Enrarecido. Como todo lo que pasa en el mundo últimamente.” Después agrega: “La novela imaginaria de Beatriz. Ella que nunca pudo escribir ficción, dejó una ficción encapsulada, burocrática, de lenta administración.”


