
Jueves. Hoy Carlos Suárez me invitó a comer al Centro Naval de Olivos donde trabaja en la administración. Almorzamos con otros veteranos y después recorrimos el club. Las canchas de tenis, los quinchos y el amarradero con casi doscientos yates. Al final de la zona de dique seco, donde se arreglan los barcos, hay un cementerio de veleros, la mayoría muy viejos, con casco de madera. “No los puedo tocar, quiero desocupar el lugar para el taller pero no se puede hacer nada, los dueños no responden los mensajes, quedaron acá, olvidados” me explicó Carlos. Me gustó recorrer el taller donde se trabajaba pero el cementerio me resultó muy sugestivo. Saqué algunas fotos. Después fuimos hasta el punto donde se termina el club y se abre el río.
Viernes. Pegué una reproducción de un óleo de Spilimbergo en la cocina, arriba del microondas, al lado de un enchufe. Lo saqué de una revista. Es de 1937 y retrata dos figuras, una mujer y un niño.
Domingo a la mañana. Ayer me voy a dormir temprano. Hoy me levanto, leo un poco a Burroughs y tomo notas. De forma mental, apoyado en eso que anoto, empiezo a escribir un libro. El primer título que imagino es Los museos y la guerra. Media hora después pierdo el interés. Pasa una hora y empiezo a diseñar los capítulos, hago una lista mental de museos que estructuran el índice. Un libro corto, pienso. Pero son muchos museos. ¿La Argentina no tiene cultura guerrera, es el país burgués por excelencia como quería Cook? Más bien es el país de las guerras internas, inducidas desde los países centrales, desde luego. No hay más que repasar el siglo XIX, guerras civiles, y el siglo XX, alternancia de gobiernos democráticos con golpes militares y lucha armada. Nunca nos dejaron hacerle la guerra a otras naciones. Cuando así pasó, fue inesperado –guerra del Paraguay, guerra de Malvinas– y con resultados extraños. Pese a todo eso, tenemos museos dedicados a la guerra porque la guerra es una parte central de la historia de todas las naciones. Los museos son lugares de paz y conocimiento, la guerra es la guerra. ¿Dónde se tocan? ¿Cómo? El museo con aviones de Malvinas de Oliva, el Museo Malvinas donde trabajo, el Museo de Armas de la Nación, los diferentes centros de veteranos que tienen sus museos desde Río Grande hasta Villa Gesell. Los museos nuevos como el de Bariloche, y el municipal, muy nuevo, en Avellaneda. ¿Cómo contamos la guerra? ¿Cómo la enseñamos? Quizás no sea un libro. Es posible que sea un artículo. Y también es muy probable que sean apenas estas notas acá, tomadas por un escritor cansado del salón literario y sus miserias.
Más tarde. Me propongo hacer una lista de nuestras guerras escondidas. Hay un par contra Brasil y desde luego la Conquista del Desierto fue una guerra. Si Malvinas fue una guerra –y lo fue–, la Conquista del Desierto, una operación militar a gran escala, también lo fue. (Y encima Roca piensa todo el tiempo en Malvinas y Antártida, no solo tiene en mente la Patagonia continental sino la insular y más allá.) Agrego la casi guerra con Chile de 1978. Y la casi guerra con Chile de principios de siglo, la que evitó Roca. (El museo Roca en la casa Arce también debería ir a la lista.) La gran pregunta es ¿hay que incluir las guerras civiles, internas, hay que incluir Caseros y Pavón como batallas de una larga guerra entre liberales y conservadores?
Lunes. Sin inspiración, escribo por inercia.
Martes. Una noticia: “Un empleado de un hotel en Texas asesinó brutalmente a su gerente con un machete luego de una discusión por el mal funcionamiento de un lavarropas. Tras el ataque, el agresor arrojó la cabeza de la víctima a un contenedor de basura.” Lo único que le sacaría a este párrafo es la palabra brutalmente.


