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Viernes. Titular: “Una mujer de 80 años viajó en un crucero de lujo, quedó abandonada en una isla tropical remota y la encontraron muerta.”

Sábado. Escribí sobre Hindemith y el Ludus tonalis. Cuando escribo en las redes sobre Aira, recibo enseguida muchas respuestas. Sobre Hindemith, ninguna. Le comento a Napo que para escuchar mejor tengo que escribir.

Domingo. Volví a ver Sunset Boulevard y me volvió a gustar. Son esas películas que se pueden ver una vez por año y siempre mejoran un poco. Esta vez comprendí que hay una subtrama. Gillis, el protagonista, es gay. Por eso la película funciona. Hoy que la historia ya forma parte del pasado, ahora que no notamos con tanta nitidez el contraste entre los años 20 y los 50, nos hacemos las mismas preguntas. ¿Por qué no acepta ese escritor fracasado vivir en esa mansión, cobrar un buen sueldo, dejarse agasajar por una mujer que fue famosa y que todavía es atractiva y divertida? ¿Qué le pasa? Todos los escritores en esa posición diríamos que sí. Algunos sacarían ventaja. Otros se enamorarían. Yo por mi parte intentaría escribir la mejor película posible y me dedicaría a ver esas hermosas películas mudas en el cine privado. ¿Por qué no? Me haría cómplice de Max, el mayordomo, ex-director, ex-marido. (Max que es un hombre devoto, se la pasa toda la película haciéndole guiños a Joe.) Pero Gillis no puede. Algo se lo impide. ¿De dónde sale toda esa moralidad? ¿Desde cuando los escritores, digo más, los guionistas, somos tan íntegros? Me gustaría reescribir la historia, y que la mansión quede en Beccar y que, en vez de Norma Desmond, el protagonista se encuentre a Victoria Ocampo. Sería la versión argentina, criolla, ¿pero quién haría de Joe Gillis? Los amantes de Victoria Ocampo. Leería ese libro. Si no existe, habría que escribirlo. Un título posible: Los amantes de Victoria.

Martes. Leo Expreso Netaji de Felipe DeVincenzi. Vino de visita a la ciudad y nos juntamos con él y otros escritores jóvenes. Casi todos nacidos en los años 90. También estaba Pato. Felipe me regaló el libro que antes salió publicado en entregas en Revista Paco. Es sobre su viaje a la India, país y cultura que no me pueden importar menos, pero me gusta mucho como está escrito. Entre todos decidimos armar una nueva revista. Con Pato recordamos viejas aventuras y nos dimos cuenta de que hicimos no una o dos, sino varias, muchas, revistas juntos.

Miércoles. La vieja sede de la Biblioteca Nacional, la de la calle México, se puede visitar los martes a la tarde y los jueves a la mañana con reserva previa. Me anoté, el martes tomé el subte A y a las tres de la tarde ya estaba esperando en la puerta del edificio. La fachada fue restaurada. Saqué algunas fotos. Había un grupo de personas esperando en la calle y uno hablaba de Castelli en voz alta y después le escuché decir que San Martin era masón. Nos hicieron pasar de forma puntual y esperamos adentro unos diez minutos. Después el guía, un pibe joven, contó lo básico. Hablo de Groussac, de Roca, de cómo el edificio se inauguró en 1901 y que Borges lo dirigió entre 1955 y 1973. (No dijo que ese fue el lapso de tiempo exacto del exilio de Perón. Tampoco mencionó a Martínez Zuviría, alias Hugo Wast, un nazi criollo que fue el segundo director.) Enseguida subimos al primer piso y pasamos a un balcón interior que daba a la sala central. Es un lugar muy grande, con una cúpula ornamentada y bibliotecas vacías, muy altas. Me dio un poco de vértigo y también algo de tristeza. El lugar no está abandonado pero se nota que sí lo había estado y que los esfuerzos por recuperarlo son paliativos. El guía siguió hablando y visitamos otras dependencias. Vimos el escritorio circular de Borges. Y muy rápido la visita terminó. Me gustó que fuera acotada, pero también empecé a pensar en todas las alusiones posibles, en el Poema de los dones… Si me tocara dar esa visita guiada, no me podría resistir a comentar, recitar, enunciar, al menos unas líneas de algún poema. Todos queremos ser Borges en algún momento. Todos envidiamos esa vejez, esa locuacidad, esa ceguera. Cuando salí y empecé a caminar por Perú, subrayé en mi memoria que bastante de lo que Borges cuenta en el diario de Bioy sucede ahí. Y ver la cúpula del Otto Wulff me dio alegría.

Jueves. Ya está formada la base de una nueva tanda de escritores argentinos. Me llega por las redes esta promesa: “En la Fiesta del Libro Usado, Milagros Porta y Juan Álvarez Tolosa fueron invitados para hablar de su generación…” Leo la desgrabación de la charla en el blog de la revista Los años 20. Desde luego todo es temeroso y aproximativo, sin programa, con respeto, sin valoraciones, con mucho name dropping, y al final de un largo intercambio no sé absolutamente nada de qué escriben los jóvenes, sus temas, sus estilos o sus géneros. Pero queda una lista y eso ya es bastante. Ahí están los jóvenes, entonces. Pero déjenme decirles, jóvenes, que, en su dramatismo, Norma Desmond tiene más talento, mucho más talento, que Joe Gillis. (Pobre Joe, no entendió el abanico de posibilidades que le ofrecía la suerte. Hoy todos los artistas de ayer, empujados por una nostalgia que arrecia, tienen su regreso triunfal. Era cuestión de paciencia y adaptarse. Y al final, todos somos un poco Joe Gillis, el que se deja deslumbrar por la juventud y la frescura de Nancy Olson y al final muere abatido a tiros.)