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Jueves. Hoy vino el técnico a ver el lavarropas que llevaba roto más de dos semanas. Le cambió un fusible. Me cobró. Se fue. Llené el lavarropas. Lo puse a andar. Giró un rato y empezó a dar error. Estuve con eso desde las siete de la tarde hasta ahora que son las dos de la mañana. Saqué parte de la carga de ropa y la escurrí y colgué sin saber bien si estaba o no limpia. Y el lavarropas empezó a andar otra vez. Y así un par de veces. Arranca, para, da error, vuelve a arrancar, para, da error. Ahora que estoy de madrugada, disfrutando de una noche cálida de primavera, pienso en lo mucho que me gusta escribir. Tengo muchos libros planeados. Algunos ya listos para publicar. Con esas ideas en la cabeza, soy feliz.

Más tarde. Una joven de veinte años murió tras descompensarse durante un viaje en colectivo que iba de Foz do Iguazú a San Pablo. El hecho ocurrió en Guarapuava, estado de Paraná. La joven, que viajaba sola, se sintió mal y se desvaneció en una parada sobre la ruta. Cuando los médicos intentaron asistirla, descubrieron que tenía veintiséis celulares adheridos a su cuerpo con cinta de embalar. La causa de la muerte no fue confirmada. “El caso generó conmoción” dice la nota que consulto.

Viernes. Los robots van a ser racistas. Y cuando eso se compruebe nosotros nos vamos a hacer los sorprendidos.

Sábado. El hombre del lavarropas volvió. Me dio charla. Me contó que una vez lo asaltaron. Y al parecer arregló el lavarropas. También revisó el aire acondicionado que estaba muy sucio con los filtros llenos de mugre.

Lunes. El sábado amanecí muy alergizado por el frío de esta primavera que todavía arrastra el fresco del invierno. El moco no me dejaba respirar por la nariz pero me resistí a tomar un antihistamínico. Me fui a la Noche de los Museos. Y el domingo me dolía mucho la cabeza y me quedaba dormido en cualquier lado. Hoy lunes, algo mejor pero no puedo escribir ni leer bien. O mejor dicho, leo y escribo y todo me aparece condicionado por esa incomodidad. Me pongo mucho más exigente. La histeria de la enfermedad me hace ser duro, malo, agresivo. En medio de ese malestar pienso que es una ventaja que todavía el lavarropas no me hable con voz de robot.

Más tarde. Hace mucho que no soñaba nada. Pero ayer soñé que entraba a una librería de viejo y encontraba un tomo bastante grande que incluía Pecadoras de Soiza Reilly y luego un libro de crónicas también de Soiza que no conocía. Agarré el libro en el sueño, lo miré y pensé que Pecadoras ya lo tenía pero me interesaban mucho las crónicas. El libro había sido vuelto a encuadernar y el papel era amarillo. Pero no llegué a leer nada, porque enseguida aparecí en una playa donde había una enorme construcción de cemento. Soiza Reilly es como un reverso de Borges, prolífico, algo desprolijo, desbocado, amarillo, sensual, desconocido.

Martes. Napo: “El día que empecé a trabajar en la biblioteca, el gordo que estaba a cargo, que es una especie de Buda del empleado estatal, me dijo: acá mientras nadie se queje no hay ningún problema. Me dio las llaves y se fue. Quedé solo entre los estantes.” Le digo que es un buen comienzo de novela. El éxito del Borges de Bioy está apoyado en que Bioy escuchaba a Borges. Más allá de que inventara algo o todo, cosa que no creo, el secreto es que lo escucha, a veces incluso con devoción. Desde ya el que habla, modula, recorta y sentencia es Bioy. O sea, el que escribe es Bioy. Borges es un personaje. Pero, sin escucha genuina el libro no existiría. Es también un experimento de admiración tanto como de fastidio que dura años, décadas, y Bioy en un momento empieza a comprender que se está cobrando esas cenas. Fueron años de invitaciones. El libro se podría llamar Come en casa Borges, desde luego. Pero lo que nadie dice es que después de tantos platos principales, Bioy bien puede convertir a su amigo, día a día, mes a mes, año a año, en uno de sus personajes. Creo que se ganó ese derecho.