
Viernes. Soy pavloviano. Si estoy parado, todo me molesta. Lavo los platos y tengo pensamientos sombríos. Cargo el lavarropas, dolor físico. Está bien, es lo que hay que hacer. Cansado, voy pensando en mis tareas laborales y domésticas. Esos pensamientos me irritan. Cuando prendo la computadora y me ubico en mi escritorio, frente a la pantalla brillante de los tipos móviles, y empiezo a leer y escribir, de forma automática, me siento mejor, y todo cambia para bien. Es la droga digital, pero no la de las redes, sino la red interior, la alcancía creativa, el cultivo del pequeño yo que, en soledad, trabaja en sus breves miserias letradas.
Sábado. El 15 de septiembre recibí el Burroughs de Ted Morgan. Llevo leídas 480 páginas en dos meses. Me sorprende la cifra. Escribí una breve columna sobre Freud, la cocaína y el poder, y hoy encuentro en la biblioteca de Aranguren un viejo ejemplar de Cocaína de Pitigrilli. Lo apoyé en el piano y le saqué una foto. Me gustaría saber si alguna vez se reeditó.
Lunes. Intercambio con Napolitano. Le digo que el escritor liberal piensa que el estilo es todo. No exagero. Y se lee a sí mismo de esa manera. Aunque desde luego es evidente que el estilo no es todo, y ni siquiera está primero en la lista. Luego agrego que la situación me recuerda a ese músico que piensa que la armonía y las progresiones armónicas son la clave, cuando todos sabemos que la armonía es un andamiaje. Napo: “La armonía es una parte, bastante ferretera. Tiene su craft. Pero igual que el estilo no está primero en la lista.” Terra: “El estilo comparte una característica espectral con la literatura toda, su condición de residuo. De marca rústica.” Napo: “En mil años no van a saber diferenciar a Aira de Dolina. Tal vez ni siquiera a Borges de Arlt. Arriesgo que hoy hay páginas que se pueden mezclar entre esos pares.” Terra: “Mil años es demasiado. Yo sería mucho más modesto. Claro, hoy hay páginas de Aira que no puedo diferenciar de Dolina.” Napo: “¿Trescientos? En trescientos años, los veinte mejores escritores argentinos del siglo XX van a ser el mismo.” Terra: “Sigue siendo mucho. En cincuenta años la literatura cambia toda. El arte se vuelve irreconocible.”
Miércoles. Ayer, presentación de libros en Mitocentro bar. Casi una despedida de año con muchos amigos y editores y curiosos. Se presentaron seis libros y yo leí la parte de Jesús y el editor de mi novela.
Jueves. Publiqué una breve columna titulada “Final agónico y luto de los suplementos culturales”, columna cuyo título lo dice todo. Pongo el valor el antiguo orden que los suplementos le daban al campo intelectual, y lamento su desaparición, comidos por la marea digital. La columna termina así: “ya nadie nos dice qué leer y qué no, y en eso somos más pobres.” Guillermo David me comentó: “Si nadie nos dice qué leer, somos más ricos.” Terra: “Pienso al revés. Necesitamos acatar o rebelarnos. Esa dialéctica.” Guillermo: “Es una forma de servidumbre depender de la palabra de otro. Incluso para rebelarse.” Terra: “jamás negaría eso. Creo que la lectura es una práctica donde uno mata al amo para después llorar porque es libre y se quedó solo.” El breve intercambio me gustó más que la columna.


