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Viernes. Napolitano me manda un video donde un grupo de técnicos presenta un robot en Rusia. Pero el robot ruso camina mal, de forma descoordinada. En un momento, pierde el equilibrio y se cae. Napo: “Vimos a los robots tropezar y caer. Como niños, balbuceando, aprendiendo a caminar. Están en su infancia.” También me manda imágenes de un robot rapeando.

Más tarde. Leo esta noticia: “Una empresa china llamada Kaiwa Technology ha anunciado planes para crear el primer robot humanoide embarazada del mundo usando un útero artificial, con un prototipo que se espera esté listo para 2026.” Al parecer, el proyecto fue presentado en la Conferencia Mundial de Robots de 2025 en Beijing. El robot albergaría un útero lleno de líquido amniótico artificial y “entregaría nutrientes” a través de un tubo conectado, simulando las condiciones naturales del embarazo.

Sábado. El que lee es el que tiene razón. Quizás lleva un tiempo, pero es así. El que escribe nunca sabe lo que hace.

Más tarde. Escribí sobre Wagner y el pop, o más bien el cine. Una columna breve, bastante tautológica. Pero me gustó hacerlo. El funcionario del gobierno dijo que Milei es como la revolución francesa. Pero ¿quién? ¿Marat, Robespierre? ¿A quién decapitó? ¿Quién será su Napoleón? “En nuestra modernidad, la cita se transforma. Puede ser irónica, a veces dramática, a veces incluso ambas al mismo tiempo. La Space Opera, que va de las historietas al cine y de los héroes a los superhéroes, hace que recuperemos a Wagner de otra manera. El siglo XX, con su energía eléctrica, sacude el polvo tardo-romántico del compositor y oblitera muchas de las críticas que se le hicieron en vida. Bayreuth se transforma así en una nave intergaláctica y proyecta su obra hacia los desafíos del futuro. Con una contundencia que le conocemos, Wagner será, de forma ineludible, la música de la exploración de las estrellas y los nuevos astronautas escucharán sus óperas en los largos viajes de conquista espacial.”

Lunes. El sábado, viaje a las Heras. En el auto, hablando con Celia y con mi madre. Me quejo de la academia. Me señalan que me quejo mal, de forma inconducente. ¿Qué esperabas? Buena pregunta. ¿Y qué esperaba? Un poco más de amor al conocimiento, un poco de pudor, tal vez. No, no hay. La película Rambo: First Blood se estrenó en Argentina el 4 de noviembre de 1982. Así que hablaba de Vietnam y también hablaba de Malvinas.

Martes. El progresista rechaza la épica. Frente a esa disyuntiva clásica, siempre elige a Ulises, a Odiseo. ¿Por qué? Se siente astuto, audaz. Quiere quemarle su único ojo al monstruo. El cíclope le da asco, por eso lo ciega. Solo él, el progre, debe ser el que ve. Los rengos, los tuertos, los brutos no tienen ese derecho. De la Ilíada, el progresista recupera, con suerte, los dioses, Palas Ateneas, alguna descripción. Nada más. La guerra los espanta. No entienden el coraje. No entienden la bandera. ¿Por qué se pelea? Sin admitirlo se ponen del lado de Paris, bello, ladrón, promiscuo. Cuando le toca dar su opinión, el progresista excluye la épica. David Trueba dice que hacer muchas películas de superhéroes nos conduce al fascismo, y luego agrega, alucinando: “Hay fascismo de izquierdas y de derechas, que es un error también habitual. Han sido tan fascistas Stalin y Lenin como Hitler.” Pero la épica vuelve siempre. En la década del 50, con la resistencia peronista. En los 60, con la lucha armada. En los 70, con Robin Wood y editorial Columba. En los 80, con Malvinas. Y enseguida con Stallone y Schwarzegener, y la categoría “película de acción.” Héroes, combates singulares, injusticias, venganzas, violencia. Wagner le puso música a la épica y la llenó de matices. Al progresista tampoco le gusta Wagner, desde luego. Pero Héctor pelea contra Aquiles. Nippur de Lagash recorre Sumeria. Douglas Quaid viaja a Marte. Un avión de la Fuerza Aérea argentina ataca una fragata inglesa. En “Live free or die hard”, el malo le dice a John McClane que tiene a su hija y que la va a matar y John responde, serie, lacónico, “aguanta, baby, que ya voy para allá.” El progresismo se desarrolla en el palacio, el aula, la beca, el museo. La épica enseña a vivir, a caminar, a cantar el valor y a morir al aire libre.