
Jueves. Un helicóptero sufrió una avería y cayó sobre las canchas de tenis del ex circuito KDT de Palermo. Al parecer, hay tres personas heridas. Clarín: “Los tres ocupantes, dos hombres y una mujer, lograron salir de la aeronave y fueron trasladados al Hospital Fernández.” Las fotos son hermosas. Sobre el naranja del polvo de ladrillo, el helicoptero, de un amarillo brillante, seccionado en partes por el golpe. Encuentro una toma desde arriba, hecha seguramente con un drone. Se ven las aspas casi sobre la red, la cola, separada. Infobae: “A raíz de un desperfecto mecánico, el piloto realizó un aterrizaje de emergencia. Tras el descenso, los tripulantes reportaron la ruptura del rotor, lo que generó daños en la hélice, desestabilizó la aeronave y provocó su vuelco cuando estaba en tierra.” Podría escribir un poema y titularlo Muerte de un helicóptero.
Sábado. El jueves puse una carga de lavarropas. Todo iba bien y de golpe empezó a salir agua por la rejilla del piso. Se inundó la cocina. Aproveché para baldear. Llamé a la portera y me dio el número de un destapador. Recién hoy, a primera hora, llegó un pibe muy joven, de lentes, vestido de fajina, con la máquina de las destapaciones y una bolsa de trapos. Mientras metía la cinta en el desagüe, le ofrecí un café. Aceptó y hablamos de qué podía producir la obstrucción. “Cualquier cosa, la mugre misma del día a día se endurece y tapa todo” me dijo. Y eso eso, al parecer. La cinta trabajó bien y la operación duró unos minutos más. Le pregunté si trabajaba todo el sábado. Me dijo que sí y que tenía guardia domingo y lunes, que era feriado. “No me molesta, la gente se va de la ciudad y entonces no llama.” Le pregunté si llamaban mucho los fines de semana. “Y sí, se inundan y llaman.” La casa quedó con un poco de olor a cloaca, pese a que el agua ya corría.
Más tarde. El rumano Vasile Gorgos, en 1991, salió de su casa. Compró un boleto de tren y no se lo volvió a ver. En el 2021, un auto lo dejó en su casa, con la misma ropa que tenía en el 91 y el boleto de tren en el bolsillo. Tenía noventa y tres años. Le costó reconocer su propia casa. Cuando le preguntaron dónde había estado, respondió que no había ido a ningún lado, que siempre había estado ahí.
Lunes. Ayer veo Companion, una película de seis actores, en una locación remota. La protagonista es una androide de compañía. El planteo inicial es sólido. Unos amigos viajan a la montaña, felices, para pasar un fin de semana. Luego el protagonista hackea el sistema de no agresión de su androide para que mate al dueño de casa y poder robarle. La película no llega a ser una comedia, pero es bufa, y luego llega el grotesco y ahí ya se pierde todo. Blade runner sigue siendo la mejor película sobre androides que se hizo y, hasta cierto punto, marca el inicio y el final del género. Escribo sobre la serie de Mussolini, sobre el lenguaje inclusivo, sobre la muerte de Internet. Devuelvo a la biblioteca del museo, Dos años entre los hielos de Sobral, el libro que funda la literatura antártica argentina. Leo, muy lento, Nova express de Burroughs. Napo: “La música se termina cuando empieza la terapéutica, es decir, cuando hay cualquier intento de cura.” Lo peligroso no es el homebanking o sacar pasajes de avión con una aplicación. Lo peligroso aparece con lo lúdico. Eso nos condena. El siglo XXI tiene un enemigo aterrador, el aburrimiento.


