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Viernes. Williams Burroughs y el culto del rock and roll de Casey Rae. El título es genial. La foto de tapa, buenísima. El libro, muy malo. Todo promete un ensayo informado, lleno de relaciones atractivas y reveladoras. Pero no. Resulta muy difícil no decepcionarse. Si conoces la historia de Burroughs, no sirve de mucho. Si no la conocés, mejor leer otros libros, biografías más ordenadas como las de Ted Morgan o Barry Miles. Rae no analiza nada. No escucha. No lee. No sabe cómo hacerlo. Con una prosa periodística y desmañada, se demora armando, con mucha dificultad, una biografía caótica de Burroughs. Name dropping, énfasis y poco más. Mucho relleno y paráfrasis de otros trabajos mejores. Lo único que puedo decir sobre el libro es que lo debería haber escrito Luis Boullosa. Él habría hecho un trabajo excelente. Lo que entrega Rae es olvidable.

Sábado a la mañana. Me levanto y hace calor. Necesito este calor para funcionar. Cuando era joven aprovechaba el frío para estar adentro y estudiar y leer. Pero ahora es al revés. La inversión de estaciones y temperaturas no deja de ser graciosa, pero no entiendo por qué. Creo que es el humor irónico y barroco de la madurez. Paso la tarde con Carmelo, leyendo sobre Bowie y Lou Reed, ambos conectados cada tanto a las pantallas. Sil Pachelo me manda desde Cuba fotos de esculturas de rinocerontes.

Domingo. Ayer de madrugada estaba leyendo en la cama. Hacía calor, tenía el aire acondicionado prendido. Estaba con la cabeza bien acomodada en dos almohadas y la luz en la posición justa. De golpe, el libro, que tenía agarrado desde abajo, se empezó a mover. La oscilación era de un centímetro. No entendí qué pasaba hasta que me di cuenta que el edificio era el que se movía. Sentí miedo. Me paré y lo volví a notar. Me puse una remera dispuesto a salir corriendo. Pero la vibración se fue. Entré al baño y volvió. Una toalla que estaba colgada de la pared se movía. Entonces escuché la música. Los Fabulosos Cadillacs estaban tocando en Ferro y la música, muy grave, entraba por la ventana del baño. Me quedé sin saber qué hacer. La música paró. Y el edificio volvió a estar quieto. Pero la sensación de inestabilidad seguía en mí. La música arrancó otra vez pero a un volumen menor. Me fui tranquilizando, pero evalué varias veces evacuar. Ya es domingo por la mañana y todavía lo pienso. Supongo que si no hubiese estado leyendo, no habría sido tan terrible.

Lunes. Toda euforia lleva en sí su potencial disforia. Las vanguardias traen, en sus disruptivos enunciados, el germen de sus aporías. A toda revolución le sigue su Termidor. Una fuerza empuja hacia adelante y luego se desgasta y estanca. Es simple. Pero cuando nos envuelve el vértigo no resulta tan fácil recordar la existencia de una inevitable inmovilidad. Las drogas proveen los mejores ejemplos. El poder también. Las tecnologías sufren el mismo ciclo binario de arriba-abajo, éxtasis-depresión, pero a diferencia de los movimientos artísticos o políticos, dejan atrás artefactos que, sin llegar a ser basura, se van apilando y superponiendo. En el siglo XIX, Baudelaire temía que la fotografía destruyera el grabado de la misma manera que el grabado había desplazado a la pintura. Un siglo más tarde, las videocaseteras amenazaban el cine. Luego la televisión por cable desbancaba al VHS. Pero hoy se sigue pintando en caballete y seguimos pagando una entrada para experimentar la proyección de una sala oscura. En la modernidad, cada aparato prolonga sus tiempos más allá de la irrupción de su competidor. Por costos y practicidad, el cassette de cromo iba a suplantar al disco de vinilo. Pero hoy se siguen produciendo vinilos mientras hipsters del mundo compran cassettes originales en una gesto de nostalgia y escuchan la música comprimida en Spotify o YouTube. A principios de siglo, Internet fue reclamada por nuevos socialistas utópicos como lugar prístino de la democratización. Luego se parceló con las redes sociales y el capitalismo comenzó a horadar la libertad y la gratuidad cobrando todo tipo de cuotas y peajes. ¿Qué pasa hoy? Invocar el final es un gesto recurrente de nuestra época moderna. Y por eso, ya existe una Teoría de la Internet muerta. Según esta teoría, invadida de forma silenciosa por IA, robots y publicidades, Internet habría muerto entre el 2016 y el 2017, y hoy estaríamos viviendo en otra zona de la evolución digital. El flujo real habría descendido en esos años a la mitad, poniéndonos frente a pantallas zombificadas. Más que una zona muerta, estaríamos transitando una zona que muere. O sea, un lugar enfermo. La plataformas anegadas de usuarios falsos, el abuso de los paisajes y personajes de cientos de IAs, los pop-ups psíquicos, persiguiendo beneficios cada vez más escasos, estarían creando un flujo de interacciones hombre-máquina, mientras se decrece hacia un grado cero, una existencia sólo máquina-máquina, donde los usuarios humanos serían una minoría aislada que día a día va perdiendo el interés. Ahora bien, ¿genera alivio la idea de ese apocalipsis íntimo? Un futuro con una Internet solipsista replicando un sinfín de plataformas ilegibles y aburridas ¿nos devolverá a la vida analógica? La perspectiva resulta más pantanosa, intrincada, llena de frustraciones, idas y vueltas. Todavía habitamos, entre residuos luminosos y ecos de trampas comerciales, esta cultura digital que se impuso en el siglo XXI. Sin embargo, la imagen de un robot de lata tecleando en una oficina vacía para venderle, prescindiendo de todo tipo de intervención humana, un producto de higiene corporal o una reserva en un hotel a una IA cuya base de datos está del otro lado del mundo se parece mucho a una ligera revancha.