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Lunes. Era escritor. Pero ya no lee libros. Va por las estaciones de servicio mirando las pantallas colgadas del techo y las heladeras iluminadas. ¿Me veo a mí mismo? Sí, hay un momento donde la lectura se detiene. En ese momento se puede empezar a escribir, a amar con el cuerpo, a morir, a vagar. Quizás en algún momento se detenga para siempre. Cuando sea viejo voy a llevar semillas secas en los bolsillos y voy a decir que esa es o era mi obra. Me regalaron un dragón de dos cabezas y mis compañeros de trabajo dicen que representa la teoría de los dos demonios.

Lunes, más tarde. La imposibilidad intrínseca de que Twitter sea algo quizás sea la misma imposibilidad de que la literatura como institución sea algo.

Martes. “Keine Farbe ist so romantisch als ein Ton.” ¿Ningún color es tan romántico como un sonido? “No se puede aprender nada de Haydn” dijo el joven Beethoven y le robó todo. Escucho a conciencia la sonata en fa menor. La ópera italiana es para el día, la alemana, para la noche. (Aunque la noche también puede ser italiana.)

Martes, más tarde. El poema de Rosendi sobre Malvinas en el libro Soldados.

Comenzamos cavando como si
fuera nuestra propia tumba
Pero cuando el cielo escupía fuego
nos dábamos cuenta
que era un buen hogar
después de todo.

Lo leo y enseguida saltó a una cita de William Hoffman, soldado de la 94ª división de infantería del ejército alemán en Leningrado. Es de su diario, del día 26 de diciembre de 1942. “Ya nos hemos comido todos los caballos. Me comería un gato, dicen que su carne es sabrosa. Los soldados parecen cadáveres o lunáticos, buscando algo qué llevarse a la boca. Ya nadie se cubre de los proyectiles de los rusos, no tenemos fuerzas para caminar, huir o escondernos.” Diferencias y similitudes entre prosa y verso.

Miércoles. Leo algunos libros pero los agarro y los largo, y no tengo fuerzas para consignarlos acá. Lo que realmente te lleva una vida es aprender a tener paciencia.

Jueves. Hace años, en un garage de la calle Riglos, conocí a un sereno que leía a Nietzsche porque pensaba que el filósofo había tenido una intensa vida sexual. Compraba los libros en el Parque Rivadavia los fines de semana. Leía y releía incansablemente y luego, cuando yo dejaba el auto, me esperaba en la entrada para compartir esas lecturas conmigo. Era un hombre bajo de unos cincuenta años. No parecía ni de clase media, ni de clase baja, y no era, de eso estoy seguro, un aristócrata en decadencia. Una vez le conté de la hermana de Nietzsche y de su marido en Paraguay, intentando construir la sociedad perfecta. Un domingo recuerdo que le iba a hablar del suicidio de Bernhard Förster en San Bernardino pero no pude porque me hizo algunos comentarios desubicados que parecían chistes verdes. Otra vez me animé a recomendarle las ediciones de Alianza y a Sánchez-Pascual como traductor. Me miró con de sorna, como si me dijera “eso no importa.” A partir de ese momento, cada vez que podía le citaba alguna palabra en alemán, como “Weltanschauung”, o el título original del libro como “Götzendämmerung oder Wie man mit dem Hammer philosophiert.” Ahora me doy cuenta que lo envidiaba y que todavía lo envidio. Envidiaba y envidio esas lecturas nocturnas, casi subterráneas, bajo una luz blanca de oficina silenciosa, apenas interrumpida por algún auto en la madrugada o algún conductor trasnochado.

Jueves, más tarde. Por vieja recomendación de Lo Presti, compro y empiezo a leer La intimidad de Roberto Videla. ¿Porno gay cordobés? ¿Demasiada fantasía positiva en la negrura? Me gusta.

Viernes. Por Facebook llego a una viejo artículo de Miss Elizabeth Hardwick, la mujer del poeta Robert Lowell, titulado “The Decline of Book Reviewing.” Fue publicado en 1959 pero parece escrito ayer mismo y en Buenos Aires. “A Sunday morning with the book reviews is often a dismal experience” escribe Miss Hardwick. La pieza está llena de excelentes apreciaciones que sí, sí, son aplicables, todas o casi todas, a los medios semi-especializados de hoy. En un momento se genera una especie de gap temporal cuando pregunta: “who reviews the reviewers?” Alan Moore suena en la paranoia política pero también en las acotadas pero no por eso menos afiebradas internas de la crítica de libros. “Sweet, bland commendations fall everywhere upon the scene; a universal, if somewhat lobotomized, accommodation reigns.” Oh, Miss Hardwick, supongo que hablaba estas cuestiones con su marido en el desayuno. A nosotros acá en el sur, muy al sur, ya entrado el siglo XXI también nos ocupan estos problemas. ¿Por qué? ¿Por qué?, preguntamos. Yo diría que no se trata de un “decline”, no creo que haya existido una edad de oro, sino más bien se trata de un condición de existencia. La crítica es así, fofa, en las reseñas de libros de los grandes medios. Y luego aparece por otros lados, se cuela, emerge, cada tanto. Es condición de la crítica, y del corpus literario, y para ir más allá, de la escritura misma. ¿Una disposición ideológica? Sí, también eso es posible. Acusamos recibo de la queja, Miss Hardwick. Y sumamos nuestras voces a la exigencia de los escritores dormidos, que descansan sobre la burocracia. Pero no nos olvidemos que la cosa viene así de fábrica. Who reviews the reviewers?

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