Lunes. El fin de semana vi dos películas en Netflix, Autómata con Antonio Banderas, una especie de Blade runner meets I Robot con androides de hojalata, que al final degenera en una especie de western. Y Ex-machina, de estética más indie, donde un Steve Jobs de cabotaje crea androides sexuales en un refugio en las montañas. Las dos me parecieron excelentemente filmadas y con guiones pobres, remanidos, lugares comunes que no sorprenden. Los robots aprenden, evolucionan, toman decisiones, se vuelven más humanos que los humanos. ¡Oh, los robots desean la libertad! Bueno, creo que eso ya lo escuché en otro lado. Pero rescato una idea de la segunda: el cerebro de la sexy y melancólica AI es la conexión de todos los hardwares del mundo. O sea que piensa a través de toda la red de redes. Obviamente la idea aparece estetizada. Si fuera una película realista su cara debería reflejar la obscena danza del dinero digital, el ocio irónico y aburrido de las redes sociales, el hastío de la pornografía y miles de millones de pixeles abandonados.

Lunes, más tarde. Tengo la sensación desagradable de que no leo nada. Quiero decir, de que no leo libros.

Martes. Compré en el Parque Centenario Un novelista en el Museo del Prado de Mujica Lainez. Empieza con una alusión a Cornelis de Vos. Pero desconfío de la puesta en escena, el mecanismo campechano con el que se arma el libro. (Como hay pocos escritores argentinos que hayan escrito sobre pintua, y menos aun sobre el Prado, me intereso igual.) Hay anécdota de la compra: el puestero me dijo que el billete de cien con el que intentaba pagarle era falso. Me mostró las diferencias con un billete verdadero. Eran groseras. Esa pequeña clase de semiología monetaria me dejo pensando.

Martes, más tarde. Vuelvo a ver Watchmen. Busco “Rorschach” en Google. Me voy un poco más lejos y encuentro las fotos de Benjamin Rouse que trabaja con cuerpos y espejos, y flash porque saca de noche. (Aunque en vez de Rorschach, yo diría Bellmer.)

Miércoles. Hoy Mario Volpe me contó, al pasar, la historia del Soldado Pocavida. Supongo que lo conoció en el Regimiento 7 de La Plata con el que fue a Malvinas. Parece que el Soldado Pocavida era muy flaco. Por eso le decían así. Atravesaron la guerra juntos y cuando volvieron se reencontraron en un acto que hicieron los militares en el Estadio de Gimnasia y Esgrima de La Plata para entregar medallas. Pero se equivocaron otra vez porque los soldados no querían medallas y se rebelaron. El Soldado Pocavida había ido, siempre según Volpe, con un traje que le quedaba grande. “Era el único de traje. Seguro que se le lo había prestado un tío, o algo así” me dijo. Los militares ya estaban en las últimas y los soldados les empezaron a gritar, los insultaban. El acto no se hizo. Había bronca, confusión. A los pocos meses, el Soldado Pocavida se suicidó. “Esas son las historias que hay que contar” me dijo Volpe. Tiene razón. “Does Jesus only love a man who loses?” pregunta Nick Cave.

Jueves. “Lo falso es un momento de lo verdadero” me comentó Pablo Valle. La frase, dice, es de György Lukács. Yo se la atribuyo a él. Me resulta acertadamente contemporánea. Luego, el billete al final no era falso, era serie A. Una serie vieja. Lo usé en una farmacia para comprar una antibiótico que no sé si necesito.

Viernes. Otra película de androides, The Machine. También inglesa. Todo el andamiaje de la IA. Me aburrió. Crean una super arma, el dilema moral, el malo, el altruista, el que quiere salvar a la hija que porque es autista. Detalles que me gustaron: hay guerra fría con China, el final sutilmente distópico. La música, horrible. Siempre buscando lo siniestro desde acordes disonantes. Sí, el final me parece algo mejor. Es como la versión militarizada y algo menos bufa que Ex-machina. Lo converso con Robles y coincidimos. Le digo, en un rapto de lucidez, cuando la trama se basa en un robot que piensa y siente los que no piensan y no sienten son los guionistas. Todavía no fuimos más allá del final de Blade Runner que ya tiene treinta y cinco años. La novela de Dick, por su parte, parece escrita en el siglo XXII. Guerberof en Twitter: “En sueños, anoche volvía al viejo observatorio de Córdoba (obra de Sarmiento) y hablaba bajo los faroles de calle Laprida con Juan Terranova.”