Lunes. El psicoanálisis, una cura por la palabra. Dicho así es hasta gracioso. A mí la palabra no me trajo más que ambigüedades, incomodidades, desafíos idiotas, pobreza, un sentimiento de bienestar y sentido, como una droga, pero no una droga muy cara. Ayer un tipo empezó a golpear a la una de la mañana y siguió hasta las cuatro. Tres golpes secos cada cinco minutos en la puerta de al lado. Toda la madrugada así. Pensé en llamar a la policía pero él mismo se castigaba en esa frustración. Lo dejé. Me dormí y hoy ya no estaba.

Martes. El encuentro del novelista con lo más exótico implica una anagnórisis de la propia lengua. Viajamos para enfrentar nuestra forma de hablar y escribir. Y también nuestra neurosis. Pienso en Pierre Loti, en el viaje de Flaubert a Egipto, pero también en cualquier libro de viaje, y en Arlt.

Martes, más tarde. Perdí las llaves. Las busqué durante una hora. Me angustié. Después las encontré. Sentí un alivio muy químico. ¿Cura por la palabra? Cura por la falta, mejor. Como el judío que, una vez por semana, ponía una cabra en la cama para dormir mejor el resto de los días. Toda tu banalidad muere con vos. Eso es un alivio. Interpretar también es una experiencia, una experiencia menor, como una guerra que no empieza. Leo y no leo todo el tiempo.

Miércoles. Heinrinch Heine, el poeta, aprende el vocabulario y la sintaxis de la divulgación. Y escribe así en La escuela romántica. Pero, ¿y si no hay nada que divulgar? Los argentinos aman a los villanos, a los malos. Aman ese rigor, esa determinación. Es un dejo del caudillismo, un residuo de resistencia a la ilustración. Y también pendulan mucho entre el idealismo y lo pragmático. Pero hay algo más en el amor a los villanos. Si los villanos les dan a los argentinos un sentido último, una idea de realidad, también es verdad que hay cierto espíritu masoquista en la clase media, al menos en la porteña. No en la clase baja ni en la alta. Ser masoquista no es amar el dolor, no, sino una necesidad de experiencia, una confirmación de la existencia en el acto de sentir. Los argentinos necesitamos que pasen cosas todo el tiempo, aunque nos generen dolor. Podría decirse cierto espíritu sacrificial que tiene la clase media. Aparte, el masoquismo está cargado de fantasías, de promesas, de límites que se cruzan. La movilidad social tiene también esas características.

Jueves. En una librería del barrio compré Los argentinos en la luna, una antología hecha por Eduardo Goligorsky con cuentos de, entre otros, Angélica Gorodischer, Juan Jacobo Bajarlía, Mujica Láinez y un fragmento del Viaje Maravilloso del señor Nic Nac de Holmberg. Lo mejor del libro, publicado por Ediciones de la Flor, en 1968, un año antes del alunizaje del Apolo 11, es el título. Todo lo demás —la tapa, las desprolijidades, los nombres y los relatos— parece estar ahí para aguantar ese título.

Viernes. Sigo leyendo La felicidad según Coca-Cola de Diego Vecino. Ediciones Paco se transformó en una editorial de ensayo, pero de un ensayo que no es ni periodístico, ni académico. Aunque quizás sea más periodístico, pero con un nivel y unos temas que no remiten al periodismo. (O quizás sí y acá se juegan mis prejuicios.) De alguna forma es una editorial surgida de la experiencia de Internet. Tampoco eso es novedoso pero los libros son muy buenos. Más tarde, escucho The Night of The Purple Moon, de Sun Ra y leo algunos de sus poemas en inglés. Nobles actividades de viernes a la tarde.

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