Lunes. Hoy 24 de diciembre. El sábado a la mañana pasé por un local de Villa Crespo a buscar un masajeador eléctrico que había comprado en Mercado Libre. Llegué a la calle Acevedo, estacioné y busqué la puerta. Me abrieron y me hicieron pasar a un primer piso amplio y bien iluminado. Casi no había muebles. Un par de escritorios, estantes con los productos. En el fondo había una figura budista. La mujer que me vendió el masajeador parecía una niña. Me preguntó si era un regalo. Le dije que sí. Sonrió. Ahora leo las instrucciones. Es un aparato muy simple. Vibra y deja de vibrar. Se aplica al cuerpo. El cuerpo vibra. No hay mucho más, pero la sensación es placenteara. Ojalá fuera todo tan simple.

Lunes, después del mediodía. Mis hijos duermen la siesta, hace calor y yo escucho Das Buch der hängenden Gärten a bajo volumen.

Martes. Navidad. Leo las instrucciones de los Rastis que le compré a mi hijo y armamos un helicóptero, dos camiones, un avión y una central de policía. Más tarde leo en Crónica: “Navidad sangrienta: apuñalaron a funcionario en fiesta clandestina.” Y a continuación: “El secretario de Nocturnidad de Control Urbano de la municipalidad de La Plata recibió dos puntazos en el pecho cuando intentaba finalizar, junto a la policía, una celebración ilegal en la vía pública. Mirá el video.” Pero no miro el video.

Martes, más tarde. No sé si alcanza con leer y escribir bien. (Dando por descontado que es muy difícil aunque no imposible definir qué significa leer bien. El Buen Harold Bloom diría que lo que hay que hacer es, justamente, leer mal. Escribir y leer se parece mucho a sentarse a esperar que pase algo. ) La pregunta, en realidad, es otra. ¿Alcanza para qué? Veo que la celebración del mesías sigue incomodando a los fariseos. No te rasgues las vestiduras, fariseo.

Martes. Me acabo de enterar que murió Irene Gruss esta mañana en el Hospital Español. La conocí como correctora cuando trabajé en el diario Perfil. Era agresiva, firme, desconfiada. Una vez escribí sobre Poe y me dijo que le había gustado. Pero en general no hablábamos de libros, ni de leer ni de escribir sino de lo brutos y lo ignorantes que eran los editores que elegía Fontevecchia. Una vez me contó que hacía terapia por Caballito y me acuerdo que hablamos de psicoanálisis. No mucho más. En las asambleas se puteaba sin resto con los garcas que encarnaban la patronal. Ahora Clarín publica un poema suyo que es el primero que leo.

Miércoles. Siempre siento que puedo escribir mejor. Pero al mismo tiempo escribir es un acto performático, arrojado. Se escribe, y esa escritura tiene ese tiempo y ese lugar para hacerlo, no otro. En todo caso, lo que uno no hace lo suficientemente bien es corregir. Siento que siempre corrijo mal, que me leo mal a mí mismo.

Más tarde. Me entero que murió Germán García y le escribo a mi madre. Soy el primero en darle la noticia. Me responde con un audio lento. Después otro audio donde dice que hacía mucho que no se lo veía. Y al final uno que dice: “Sí, claro, fundador, fundador de la Escuela, con gente del Simposio, con la camada de Chamorro… Ahora me acuerdo que decía: “y mirá, no creo que haya otra vida”, usaba ese argumento para que la gente no postergara. Muy apasionado Germán.” Y termina diciendo “bueno, un beso, bueno, cuidate.”

Jueves. Releo Personae de Pound, en la edición bilingüe de Hyperión. Más de diez años pasaron de estos versos de Carlos Godoy: “Para navidad/ te voy a regalar/ un sweater/ o un libro de Foucault.” También empiezo a leer El ABC de la cultura.

Viernes. Hoy cumplo cuarenta y tres años. Voy a trabajar. Respondo saludos y felicitaciones. Soñé que andaba en bicicleta por la ciudad. El cielo estaba gris. No tenía casco y me caía. Me atropellaba un auto, no sé bien, pero el accidente me mataba. Y yo, muerto o moribundo, pensaba: “no terminé mi libro sobre Malvinas.” Y eso me llenaba de culpa y de dolor.

 

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