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Cofundador del surrealismo con André Bretón, Louis Aragón aparece en el panteón de la vanguardia francesa de los años veinte como poeta, militante, novelista y uno de los pocos que podía desarrollar una prosa que satisficiera a sus compañeros.

Sus textos experimentan cierto “goût du quotidien insolite”, gusto del cual Le Paysan de París (1926) es resultado directo y paradigma. Bretón cita a menudo en sus Entretiens de 1952 la extraordinaria capacidad para la deriva que tenía su compañero: “Los lugares de París, incluso los más neutros, por donde pasábamos juntos, estaban para él llenos de numerosos engranajes funcionales a una fabulación mágico-romanesca que nunca quedaba insatisfecha y se disparaba a la vuelta de la esquina o en cualquier vitrina.”

¿Se trata Le Paysan de Paris de un texto marginal dentro de la producción surrealista? Es difícil de decir. Por un lado, no es estrictamente surrealismo, sino más bien de un costumbrismo alucinado, tramado, narrativo, que hace hablar a la ciudad sin inundarla de peces gelatinosos o párpados de fuego. Más bien todo lo contrario. Por otra parte, después de los años veinte hubo que esperar hasta 1966, para verlo reeditado. Esa edición venía precedida de este breve texto sin firma que varias veces fue atribuido al mismo Aragón.

“En pleno tiempo del surrealismo, este libro singular se remonta a las fuentes: el Nerval de Noches de Octubre, el Apollinaire de El flâneur de las dos márgenes. De aquel que se sorprende con cualquier cosa decimos que viene del campo. De allí que, campesino de París, Aragón deambule por los pasajes del Ópera amenazados por los trabajos de mejora del Boulevard Haussmann y su fresca mirada registre mil espectáculos en el azar de las vitrinas y las pancartas. Paseo [Flânerie] que lleva a su autor de la rue Chauchat hasta Buttes-Chaumont, pareciera, por definir mejor el sentimiento de la naturaleza y también –por la dirección del sueño del campesino– pronunciar una cierta condena al idealismo, “usando los medios del idealismo”, donde se dibuja el futuro intelectual de aquel que habla. El autor de este libro, a quien todo el mundo quería volver, experimentó un malestar tal que recién en 1966, durante cuarenta años, no ha escrito en ninguna parte una sola palabra sobre él y todavía evita tenerlo como tema de conversación. Como si la curiosidad de los lectores lo hubiera mantenido encerrado en su pudor.”

La ciudad y su rutina, entonces, como uno de los grandes temas de la literatura y en esa tradición, París como metáfora universal de lo urbano.

El libro está dividido en cuatro partes Préface à une mythologie moderne, Le Passage de l'Opéra, Le sentiment de la nature aux Buttes-Chaumont y Le songe du paysan. Previsiblemente el relato es esmerado en detalles, descriptivo, bizarro. Previsiblemente también Aragón construye sin sutilezas una apología de la sensualidad:

“En vano la razón me denuncia la dictadura de los sentidos. En vano ella me pone en guardia contra el error, que aquí reina. Entra, Señora, este es mi cuerpo, este es su trono. Alimento mi delirio como un caballo feliz. Falsa dualidad del hombre, déjame un poco soñar en tu mentira.”

En una vidriera, un anuncio trilingüe publicita preservativos, caminamos en la oscuridad, consultamos a una vidente. El azar rige la marcha: “Soy como un jugador agarrado a la ruleta, no me vengan a hablar de poner mi dinero en acciones, me les reiría en la cara. Yo juego a la ruleta de mi cuerpo y pongo todo al rojo. Todo me distrae indefinidamente, salvo de mi propia distracción.”

La traducción de “paysan” no es exactamente “campesino”. Aunque con “campesino” damos a entender, creo, todo lo que quería que entendiéramos Aragón, la idea se completaría si pensamos más bien en “parroquiano”, en “habitué”, incluso en “baquiano”. Corrido del oximoron que le impone la traducción, el “paysan” de Aragón es alguien que recorre la ciudad como un nativo que conoce su lugar de origen y tiene tal grado de compenetración con los elementos que se podría hablar de reflejos, de pertenencia total, de instintos. “Instinto” es una palabra que Aragón usa poco pero a la que alude mucho. Y por supuesto, la razón cartesiana o humanista es menospreciada por su pobreza.

En la web encuentro esta frase de Walter Benjamin, sin referencias, y la creo verdadera: “Aragón, sí, El campesino de París, durante la noche, en la cama, yo no lograba leer más de dos o tres páginas, porque mi corazón latía entonces tan fuerte que me veía obligado a abandonar el libro.”

La relación de Benjamin con el surrealismo siempre me resultó equívoca, no del todo aclarada, en algún punto escamoteada o apartada por sus divulgadores rioplatenses. Quizás la situación se deba más a estos últimos, cuyo linaje los pone bien lejos del pop antes de tiempo de los surrealistas, que a los reales intereses del filósofo alemán.

En todo caso, después de leer Le Paysan de París queda claro que para escribir sus obras más difundidas, Benjamin toma bastante de Aragón. Simplemente, sin Le Paysan el proyecto del Passagen-Werk no existiría. Y por supuesto, el flaneûr aparece citado varias veces en el libro. Pero adjudicarle a Benjamin o a Aragón la invención de esa figura implica desconocer la literatura francesa y buena parte de la más importante literatura argentina (en especial los Viajes de Sarmiento).

Pese a las semejanzas, los autores y sus obras son bien diferentes. El poeta francés no está comprimido por la lógica del marxismo. De allí que donde Benjamin teoriza, Aragón describe y acepta. La mercancía es codiciada sin culpa y sin perversión, y sobre todo sin análisis posteriores. La prosa mistifica y lo hace sin culpas. De hecho, a la luz de Aragón, Benjamin aparece como lo que irremediablemente es: un místico reprimido. Acá tendría que venir la cita de Kafka y sus precursores para argumentar que el autor de El arte en la época de reproductibilidad técnica, un texto demasiado enseñado y muy poco leído, influenció a Aragón, pero no. Simplemente Le Paysan de Paris me resulta más interesante, más sugerente y, sin duda, mucho menos transitado. Es un libro fresco y de alguna forma secreto, como una caminata nocturna.

 

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