Lunes, por la mañana. Cuido a mi hijo y mientras él juega con su tablet, yo leo poemas salteados de Pasolini. Leo uno del libro Poemas en forma de rosa donde Pasolini dice que la Europa que conoció ya no es suya, que siente por ella una nostalgia que los que la habitan ya no sienten, y que padece dolor por eso. Esa Europa es Praga, Varsovia y Roma. Parece un poema escrito para un argentino.

Más tarde. Veo Shaka Zulu recuperada del olvido por Netflix y encontrada por Richards. En un momento el médico de la expedición le pregunta al teniente si leyó Fausto, el teniente responde: “¿Marlowe, Bacon, Lessing o Goethe?” Napolitano me escribe: “Hoy a la tarde soñé que la superpoblación de libros en el mundo era dramática y había gente que vivía adentro de cajas llenas de libros.”

Miércoles. Esta semana, no sé bien por qué, recordé la única escena que debería ser narrada en este diario. Hace tiempo que la busco y re busco en mi memoria sin lograr identificarla. La recordaba pero no la retenía, o no comprendía su valor. Hace unos días logré fijarla. Estoy en quinto grado, en el salón de clases de la señorita Eva, una mujer que venía de familiar militar y se comportaba de forma marcial con su clase. La señorita Eva era temible, probablemente menos vieja de lo que yo la recuerdo. Alta, rubia, seria, tomaba la lección estrangulando psicológicamente a sus alumnos. Me acuerdo muy bien de un chico judío que hizo conmigo toda la primaria y que, pese a ser inteligente y medianamente aplicado, llegó a tener una especie de ataque epiléptico durante uno de los exámenes orales que tomaba. Es probable que ella haya muerto y que eso sea lo mejor para el mundo. El caso es que estaba en su clase, en un raro momento de distensión, y la señorita Eva no estaba en el aula que había quedado a cargo de unas jóvenes practicantes. Ellas habían formado grupos para realizar las observaciones requeridas por el magisterio que funcionaba en el colegio. En un momento aproveché esta dispersión para sacar de mi mochila un libro de Elige tu propia aventura y leerlo en un costado. Recuerdo con precisión mi postura. Sobre el viejo pupitre de madera, los codos sobre la tabla que hacía de mesa, el libro frente a mí, y yo con los dedos índices tapandome los oidos. Así leía cuando una de las prácticas me interrumpió admirada por mi concentración. Me felicitó riendo y me pidió que siguiera. Todos, alumnos y docentes, usábamos guardapolvos blancos. Cuando apoyaba los codos para acomodarme en la lectura, las mangas se tensaban. Seguí leyendo. Todavía tengo muy presente la hermosa sensación de aislamiento del mundo que me daba taparme los oídos para leer. El libro era de la colección Elige tu propia aventura y se titulaba El misterio de la casa de piedra. No recuerdo nada de la historia, solo que había una vieja con un gato en un momento. Una vieja que amenazaba de muerte al protagonista. Pero no estoy seguro.

Jueves. ¿Cómo se lee eso que no es un texto? ¿Cómo se narra eso que no es una historia? Torpe excusa, esas preguntas, para tratar de olvidar que no escribo nada, no leo nada, no hago nada. (Aunque, en realidad, lo que me tiene detenido es el libro, largo, de Cristina. La prosa, insisito, fluye, pero qué largo es. El pasado reciente ordenado y desmenuzado a la luz del presente. Un ejercicio de memoria corta pero a la vez también amplia. Enumeraciones de logros propios y de catástrofes del gobierno actual. También es, me queda claro, un pedazo de mi vida lo que se cuenta ahí.)

Viernes. Me regalaron una edición en francés de L´aliéniste, de Machado de Assis. Me sorprende leer en francés a un autor brasileño del siglo XIX y encontrar que no hay grandes saltos ni cortes abruptos. En la tapa, blanco sobre negro, un rinoceronte, motivo del regalo. El alienista y el rinoceronte. Locura y amabilidad. Rinocerontes para siempre, pastando en la llanura de mi neurosis.

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