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“¿A dónde vas y de dónde venís?” le pregunta Sócrates a Fedro en las primeras líneas del diálogo que lleva ese nombre por título. No son preguntas ingenuas y se las podrían replicar y parafrasear muchas veces. ¿A dónde vamos? ¿De dónde venimos? La relación entre el sujeto y la técnica fue muy estudiada por la filosofía. Desde el mito de Prometeo en adelante hay marcas más o menos profundas según las épocas. Muchas veces es la relación de los filósofos con ese tema lo que les concede vigencia o los lleva al olvido. Como tema, la tecnología, no obstante, resulta inamovible. Las religiones también la miraron y miran, pero lo hacen con otros ojos. Casi se podría decir que la espían. La política, como disciplina o praxis, copia esta supuesta falta de interés. “Lo que importa está en otro lado” dicen los políticos en campaña. Sin embargo, hace unos años, ya décadas, diferentes formas de la técnica minan y transforman la política a un nivel nuclear.

Como bien señaló en varias ocasiones Nicolás Mavrakis, cualquier especulación en torno a la técnica hoy nace obsoleta, o al menos debe ser consciente de que será superada por el vértigo contemporáneo. Y quizás sea este uno de los motivos por los cuales la política parece más afectada. Pero antes vale preguntarse: ¿dónde y cómo impacta la tecnología en nuestro presente comunitario? La respuesta parece simple pero sus ramificaciones nos superan. Los aparatos domésticos que, en nuestros días, combinan pantallas, conexión y transferencia de datos a altas velocidades, muchas veces resumidos en un teléfono con wi fi pero para nada limitados solo a esa máquina, nos transformaron justo con el cambio de siglo en terminales nerviosas que, de manera simultánea, cultivan y cuestionan nuestra percepción identitaria. Y, una vez vulnerada nuestra idea de sujeto, la vida en comunidad debe ser repensada. El precio por no hacerlo es la incomprensión, que puede llevar a la inmovilidad.

El sujeto político histórico del peronismo es el trabajador, “para el peronismo existe una sola clase de hombres: los que trabajan…”, parte indivisible a su vez de otra capa social menos afirmativa, o por lo pronto más ambigua, la masa. “El pueblo” tienen resonancias épicas, positivas. La masa, lo sabemos, puede no ser necesariamente inteligente y su movimiento va de la razón democrática a la intimidación, el desborde y la justicia por mano propia.

En la década del 90, Chacho Álvarez, ya había intuido en Unidos, la revista de la renovación cafierista, procesos la “globalización.” Y fue desde ese periodismo partidario instaló el término “la gente” para referirse a sus posibles votantes. Su idea era sobrevolar a la clase media, no confrontarla. El radicalismo, en su momento, le habló al “ciudadano”, nomenclatura que marginaba de forma consciente a una parte de la sociedad. El PRO en la ciudad de Buenos Aires habla del “vecino”, entendiendo que “vecino” es ese que pagaba el ABL, y de ninguna manera el desposeído que duerme en la calle.

Hace años un párroco italiano dejó constancia de que el siglo XX llegaba a su fin cuando confirmó que hacía más política eligiendo productos en el supermercado antes que votando. En términos históricos la figura del “consumidor” es reciente, muy nueva. Desvestirla de intereses partidarios implicaría caer en un error irremontable.

Hoy todo el tiempo consumimos energía y, como dice Thomás Riffe, pagamos con datos. Somos terminales de información únicas y dialogamos con el mundo a través de nuestros dedos y nuestros ojos. No existe saber al cual no se pueda acceder en segundos. No hay momento que no se pueda capturar. No hay vida que no se proyecte en una pantalla iluminada. El anonimato parece inadmisible pero, en realidad, resulta solamente poco o nada deseable. El eros de la tecnología, la imagen y el exhibicionismo ya tiene su bibliografía, pero ¿qué pasa con la política?

Rechazamos sumergirnos en la masa, en esa fuerza, que en otros momentos de la historia generó orgullo y pertenencia al mismo tiempo que borraba nuestra singularidad. Hoy nuestro éxtasis es narcisista y privado. El tabú de la pobreza, el “no quiero ser percibido como pobre”, y el tabú de la vejez, “no quiero ser percibido como viejo”, que rigieron el comportamiento de nuestras sociedades durante siglos, parece ser reemplazado por otro tabú: el de la pérdida de identidad. Se trata de un reclamo histérico y hasta cierto punto idiota, pero también genuino: “quiero ser yo.”

En la Argentina, existe un sector de la población muy sensible a cualquier tipo de variación o relativización sobre esa afirmación. Curiosamente o no tanto, el uso de la tecnología es lo que, retroalimentando el deseo, mina o, al menos, atenta contra nuestra individualidad. Citando a Patricio Erb, muchas veces queremos escapar del pozo de las redes sociales haciendo un agujero más profundo.

¿Cómo debe pararse el peronismo, siempre nostálgico, reacio a la actualización doctrinaria, que entiende su fuerza como telúrica, cifrada en el pasado, en la tradición, y sí, en última instancia en la masa y en el trabajador, cómo debe pararse, pregunto, frente a estos sujetos cuyo individualismo extremo a veces los potencia y otras los paraliza? Por lo pronto, es fácil verificar que el odio antiperonista tiene una cuota importante de individualismo. Menos sabido, o atendido, es que el odio trabaja en relación al narcisismo. Odiar es un excitante natural. Si a eso le agregamos el vértigo de las redes sociales, ¿cómo proponer experiencias de acuerdos colectivos sobre esa mixtura de inmediatez, frivolidad y aburrimiento? O para decirlo de forma más directa: ¿Cómo se va a integrar el teléfono celular, esa prótesis inevitable, esa pieza de ligero masoquismo, a la democracia? En la respuesta que le demos a estas preguntas se juega nuestra supervivencia como sociedad. Exagero un poco. Pero sí creo que el futuro inmediato depende de nuestra capacidad para fijar una idea política en este sujeto nuevo que parece tan volátil como el wifi de cortesía que ofrece el subte porteño.

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