Mundo Cine

Hubo un tiempo en el que había estrellas de cine. Y había estrellas de cine de diferentes países. E importaba de qué países eran y no por nacionalismos diversos sino por identidad, por gracia particular, por historia, por las historias que ayudaron a convertir en relatos singulares, únicos, de esos que se prendían a nuestras biografías emocionales. Belmondo era una estrella, y una estrella francesa. Y le decíamos Belmondo, y casi nunca agregábamos el Jean-Paul. A Delon sí le decíamos con mayor frecuencia el nombre, alendelón.

Mi madre coleccionaba programas de cine y de teatro. Hace mucho que yo tengo esa colección, que combiné con la mía. Guardar y atesorar programas de cine -y de teatro, pero la proporción en mi caso debe ser de 1.000 a 1- fue algo que se me dio sin pensar, con fluidez, como una continuación irrenunciable, genética.

¿Los superhéroes son parte de la causa de la crisis del cine? ¿Los superhéroes y la frecuencia de su presencia son una de las consecuencias esperables de la crisis del cine? ¿Pueden recuperarse espectadores para el cine a partir de los superhéroes? ¿Los superhéroes son el último recurso de seducción planetaria del cine? Preguntas que uno se hace porque justo está leyendo algo sobre música y cree que le sirve para escribir desde algún ángulo acerca de la película que vio el día anterior, una hermosa fiesta cinematográfica llamada El escuadrón suicida, de James Gunn.

Annie Mummolo y Kristen Wiig, ambas nacidas en 1973 -una en la presidencia de Héctor Cámpora; otra en la de Raúl Lastiri, como yo-, escriben su segundo guión de comedia. El primero fue el de Damas en guerra (Bridesmaids, 2011, dirigida por Paul Feig). Diez años después el director de un guión de Annie & Kristen es otro, alguien llamado Josh Greenbaum, en su primer largometraje de ficción. El reinado de Annie y Kristen debería durar, no como esas dos presidencias. Damas en guerra al gobierno, y Barb and Star al poder.

En los últimos 17 años John Waters dirigió cero largometrajes. Pero escribió y editó varios libros, incluso con éxito, ese resultado tantas veces esquivo para su cine. Hizo también espectáculos de stand-up, expuso fotografías, fue homenajeado en muchos festivales -también en el Bafici 2018, en donde pudo cumplir su sueño de conocer a Isabel Sarli- y en otras circunstancias, vendió fotografías y muchas cosas más. Pero todo lo que hizo en este período de más de una década y media no cambia el hecho que su última película es de 2004: Adictos al sexo (A Dirty Shame).

A veces uno lee y piensa “cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras”. Esa cita es tan del Quijote como “tócala de nuevo, Sam” lo es de Casablanca. O como el mucho más helado que Borges se arrepintió de no tomar. Alguien dice algo, alguien lo repite, y más y más y más, y alguien se lo cree. Y ahí queda. El poder de la palabra, la influencia de lo verdadero y también de lo falso, de la leyenda que se imprime a veces. Y una vez más hay que traer, a los gritos, el grito de Michele Apicella (Nanni Moretti) en Palombella Rossa: “¡Las palabras son importantes!”. A veces uno lee los correos -ya a esta altura, salvo aclaración, son siempre electrónicos- y vuelve a gritar, como Michele, eso mismo, eso de las palabras. Nos dicen fuck you words; responderemos, gritaremos que son importantes.

Don Siegel, maestro de Clint Eastwood, dirigió El tirador (The Shootist, 1976), protagonizada por John Wayne. Clint Eastwood, maestro de Robert Lorenz, dirigió Francotirador (American Sniper, 2014), protagonizada por Bradley Cooper. Robert Lorenz, asistente de Eastwood en nueve de sus películas, justo hasta Francotirador, dirigió The Marksman, que debió haberse titulado en castellano algo así como “El tirador” o “El tirador escondido”. En inglés se completó el círculo de sentido y de herencias, pero aquí nos pusieron El protector. Eso sí, afortunadamente la estrenaron y además la estrenaron en salas de cine, que abrieron, esperemos que para no cerrar más.

En menos de diez minutos, Cruella -artefactonto a niveles dementes- prueba ser científicamente mala. Cine acomodaticio, obsceno, de lenguaje prefabricado, hecho para un mundo en el que ofrecen “campamentos virtuales para toda la familia”, para un mundo en el que la rebeldía y lo extraordinario son reprimidos a diario -también desde los diarios- en aras de “defender la diversidad”. Un mundo en el que los niños son abollados impunemente, también mediante estas películas abominables, estos insultos a la inteligencia, estos intentos de pasar por punks.

Ni me había dado cuenta, no había leído nada sobre el asunto, pero el 9 de mayo pasado se cumplieron 20 años del estreno, como película de inauguración del festival de Cannes ese año, de Moulin Rouge! de Baz Luhrmann. Y dividió a críticos y espectadores. Algunas revistas de cine la pusieron en las tapas de sus números posteriores a Cannes y le dedicaron artículos con grandes elogios, como en el caso de Film Comment, con un inspirado artículo de Kent Jones. Tres meses más tarde, la película se iba a estrenar en Argentina con el título de -no lo recordaba, por suerte- Moulin Rouge!: Amor en rojo.

En “Los árboles de Coronel Díaz y el año 2000”, columna publicada en Confirmado el 30 de noviembre de 1967, Sara Gallardo escribía acerca de las expectativas y proyecciones que suscitaba en ese entonces el año 2000, es decir, el momento que llegaría 33 años, todo un Cristo, después de su columna. Voy a citar a Sara. Sara, el mismo nombre que la señora de 83 años que quiso tomar sol en abril del año pasado y fue ¡reprimida!, y casi logra que le pongamos Sara a nuestra hija nacida dos días después de su memorable acto de resistencia ante el estúpido e interminable zeitgeist. ¡Y también teníamos a Sarah Connor!