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Mundo Cine

Conozco a Quintín personalmente desde hace más de veinte años, y lo leo desde hace casi treinta. En ambos aspectos esta relación ha tenido cercanías, lejanías y frecuencias oscilantes. Pero en todo este tiempo siempre supe que leerlo había sido un hito fundamental, fundacional, reverberante y estimulante para mis acercamientos al cine y a la crítica. El año pasado me habían adelantado que su libro La vuelta al cine en cuarenta días (Paidós, 2019) era algo así como imperdible. Y ahora que lo leí puedo decir que lo es, especialmente para todos aquellos que desde las lecturas sobre cine y otros temas nos acercamos a las películas y luego nos disponemos a leer sobre esas y sobre otras películas, con la secreta -o no tan secreta- ilusión de encontrarnos con esas iluminaciones que nos hagan cerrar repentinamente un libro con alguna expresión hiperbólica de celebración, algún exabrupto que dé cuenta de cuánto nos gustó, sorprendió y gratificó lo que acabamos de leer.

Años atrás me generaba un mayor entusiasmo la idea de hacer listas de “las mejores películas” del año, o de la década, o del siglo, o incluso de “las mejores golosinas” o de “los mejores picantes disponibles en la ciudad”, y de más y más cosas. Con el tiempo, las listas empezaron a interesarme menos. Tal vez por el temor a olvidarme de algo, o a confundir el año de estreno de una película porque la vi muchos meses antes, o a dudar de incluir algún título porque la versión que vi de algunas películas no fue exactamente la versión final estrenada, o porque después me arrepiento por cambiar mi forma de pensar sobre muchas películas, o porque quizás simplemente me gusta más hablar y escribir y argumentar sobre películas que hacer listas. Lo que sí me causa bastante gracia es chequear los resultados generales y observar que mis favoritas no aparecen casi nunca entre los primeros puestos. 

Es el mes de los balances, y cada vez hay más. Y no solamente del año, también de la década (parece que todo el mundo ha aceptado en que se termina ahora y no el año que viene). Quizás en la próxima o próximas columnas haya algo de balance y puesta en perspectiva, pero esta vez no, que todavía ni comenzó el verano. A cambio de eso, van algunos síntomas que nos alertan -todavía más- sobre el estado del cine y de nuestra relación con las películas en estos tiempos.

Vimos una película en la que hacían propaganda anti cigarrillos, en la que los cigarrillos volaban absurdamente, en la que un cigarrillo finalmente aterrizaba y hacía explotar un comercio de petardos, en la que después de todo eso –o en el medio- un hombre y una mujer se enamoraban en movimiento y luego aterrizábamos en un musical en algo así como un aeropuerto, que se imponía a los espectadores con gracia e insolencia, mientras varios otros espectadores seguían entrando a la sala, majestuosa por cierto, incluso majestuosa en términos del majestuoso Johnny Tolengo. Brillos, brillos, brillos, telas, cortinados. Luces, adornos, un símil Disney pero no tan símil como en Disney. Un verdadero cine construido y decorado para fascinar sin sutilezas.

Hay una regla no escrita en los festivales de cine y que se cumple con mucha más frecuencia que las normas explícitas de los reglamentos, bases y condiciones. Esa ley consuetudinaria podría formularse así: las comedias y/o las películas amables o incluso nobles no viajan por muchos festivales, o a lo sumo suelen quedarse en su tierra y quizás dar alguna vuelta no muy grande. Una regla cruel y paspada, por cierto, que refuerza la idea de quitar lo festivo de los festivales. O de quitarlo aún más. De reforzar la senda de eventos con fiestas y bailes y cócteles incluso alrededor de películas cruentas, sórdidas, de hambrunas y penitencias fílmicas, en nombre de algo así como lo sagrado de la solemnidad, o la pretensión del sagrado minimalismo triste.

Hace unos años, Donald Trump publicó unos cuantos tuits contra las bebidas “diet”, “light” y de esas por el estilo. Se preguntaba con malicia si entre quienes tomaban esos productos había gente flaca, y afirmaba que tomar esos brebajes sin azúcar daba hambre. Hace más años, creo, leí una nota que relacionaba el consumo de bebidas con edulcorantes con el intenso deseo ulterior de comer azúcar;  el estudio que citaba el artículo se basaba en un razonamiento asombrosamente sencillo: al tomar una bebida light, el paladar y el cerebro perciben dulzura, pero el estómago no recibe azúcar. Así que poco tiempo más tarde el estómago y todo el resto del cuerpo reclamaban lo suyo, acicateados, provocados: reclamaban lo que se les había prometido, y ahí iba el humano bajo la influencia a ingerir calorías con avidez, a buscar esa energía. Me parecía totalmente lógico.

Escribí una crítica de Guasón, la pueden leer acá. También pueden leer los comentarios. Varios me acusan -o acusan al texto, andá a saber- de “rebuscado”, o de ser incomprensible. O de hacer otra cosa que no es una crítica. O de no ser una reseña, porque andan poniendo sinónimos a troche y moche. Pero crítica y reseña no son lo mismo, acá se los cuento. Y alguno reclama que no digo nada de la actuación de Joaquin Phoenix. 

¡Una película con canciones de Bruce Springsteen! Y construída alrededor de un adolescente que de repente “descubre” al cantautor de Nueva Jersey y se siente maravillado, interpelado, y su vida cambia. Y con segmentos musicales, no solamente canciones sino segmentos con bailes. ¿Usted, seguidor de Springsteen, mantiene todavía el entusiasmo frente a la idea de coreografiar Born to Run? Difícil, pero sigamos confiando, que las cosas más improbables a veces salen bien. 

Pasa cada vez más seguido, o sigue pasando en cada ocasión que lo amerite. Y, sobre todo, en las que no lo ameritan. A principios de 2017 me pidieron una nota para La Nación que llevó título “La La Land: por qué no es ni ‘la mejor película de la historia’ ni un bodrio”. Ese, como la mayor parte de los títulos que aparecen en los diarios, fue puesto en la instancia de edición. Los títulos de los diarios, cada vez más, suelen intentar ser “gancheros”. Estamos en la era de buscar y buscar y buscar y mendigar clicks. Y se nota, claro, cada vez más, y no particularmente con ese título, que apenas invitaba a leer una nota sobre cine que -justa o injustamente- hablaba de las exageraciones que buscaban y buscan ser gancheras y cancheras, y a veces arteras. O, a veces y casi siempre, simplemente cansadoras.

Entre mis escasas habilidades está la de no leer aquello que no quiero leer. Algo así como una habilidad negativa, una que casi que no debería llamarse habilidad. De todos modos, ante una exposición aunque sea mínima a las redes sociales y las notificaciones, no es tan sencillo no haber leído prácticamente nada sobre Érase una vez en Hollywood de Quentin Tarantino. Y escribo y dudo, ¿se llama “Érase una vez”? Chequeo y ¡no!, se llama Había una vez en Hollywood. Sí, Once Upon a Time es hoy en día mayormente traducido como “Había una vez”. Pero las películas de Sergio Leone, referenciado y reverenciado una y otra vez en la nueva película y en el cine de Tarantino, aquí se conocieron como Érase una vez en el Oeste y Érase una vez en América (imagino que hoy le pondrían “Había una vez en Norteamérica”, aj).

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