Mundo Cine

Hace unos veinte años, o quizás más, en las reuniones de la revista El Amante, Quintín decía que si una película terminaba con una canción de Van Morrison era buena. Eran los años finales del siglo pasado y los iniciales de este siglo, y había un puñado de películas con buen espíritu, con el soul de Van the Man para cerrar sus relatos con emoción. El León de Belfast sonaba al final de, por ejemplo, El oro de Ulises (Ulee’s Gold, Victor Nunez, 1997), con “Tupelo Honey”. A escuchar “Tupelo Honey”, otra vez, ahora mismo. Y cómo suena, qué permanencia, que falta de miedo a ser cálida, qué alejada de la tibieza y la medianía. “Tupelo Honey” es de 1971, tiene 50 años y decía, entre otras cosas, “You can't stop us on the road to freedom” (“no podés detenernos en el camino hacia la libertad”). Van Morrison siguió siendo el León de Belfast, siguió siendo Van the Man. Y el año pasado, mientras pilas de ridículos cantaron loas al encierro en maltrechos coros tecnologizados, Van Morrison -muy poco acompañado- hizo honor a las tradiciones de su música y se mantuvo firme y no asustado.

En un momento de Cry Macho, el viejo Mike Milo (Clint Eastwood) le dice al adolescente Rafo (Eduardo Minett) que “le está empezando a tomar aprecio”. Ese momento, que en cualquier otra película sutil, estoica, noble podría haberse resuelto con una mirada, un gesto, un silencio sobreentendido, se hace explícito, se hace tosco, se hace anti cine de Eastwood, se hace televisivo, se hace torpe, se hace desdeñoso con el cine, con las emociones perdurables. A los pocos minutos de empezar a ver Cry Macho uno -yo- quiere que se termine: no hay esperanzas, y duele. Cry Macho es un golpe al corazón, y duele. Uno recuerda a Richard Jewell, la película inmediatamente anterior y la mejor estrenada en 2020, y duele.

Hubo un tiempo en el que había estrellas de cine. Y había estrellas de cine de diferentes países. E importaba de qué países eran y no por nacionalismos diversos sino por identidad, por gracia particular, por historia, por las historias que ayudaron a convertir en relatos singulares, únicos, de esos que se prendían a nuestras biografías emocionales. Belmondo era una estrella, y una estrella francesa. Y le decíamos Belmondo, y casi nunca agregábamos el Jean-Paul. A Delon sí le decíamos con mayor frecuencia el nombre, alendelón.

Mi madre coleccionaba programas de cine y de teatro. Hace mucho que yo tengo esa colección, que combiné con la mía. Guardar y atesorar programas de cine -y de teatro, pero la proporción en mi caso debe ser de 1.000 a 1- fue algo que se me dio sin pensar, con fluidez, como una continuación irrenunciable, genética.

¿Los superhéroes son parte de la causa de la crisis del cine? ¿Los superhéroes y la frecuencia de su presencia son una de las consecuencias esperables de la crisis del cine? ¿Pueden recuperarse espectadores para el cine a partir de los superhéroes? ¿Los superhéroes son el último recurso de seducción planetaria del cine? Preguntas que uno se hace porque justo está leyendo algo sobre música y cree que le sirve para escribir desde algún ángulo acerca de la película que vio el día anterior, una hermosa fiesta cinematográfica llamada El escuadrón suicida, de James Gunn.

Annie Mummolo y Kristen Wiig, ambas nacidas en 1973 -una en la presidencia de Héctor Cámpora; otra en la de Raúl Lastiri, como yo-, escriben su segundo guión de comedia. El primero fue el de Damas en guerra (Bridesmaids, 2011, dirigida por Paul Feig). Diez años después el director de un guión de Annie & Kristen es otro, alguien llamado Josh Greenbaum, en su primer largometraje de ficción. El reinado de Annie y Kristen debería durar, no como esas dos presidencias. Damas en guerra al gobierno, y Barb and Star al poder.

En los últimos 17 años John Waters dirigió cero largometrajes. Pero escribió y editó varios libros, incluso con éxito, ese resultado tantas veces esquivo para su cine. Hizo también espectáculos de stand-up, expuso fotografías, fue homenajeado en muchos festivales -también en el Bafici 2018, en donde pudo cumplir su sueño de conocer a Isabel Sarli- y en otras circunstancias, vendió fotografías y muchas cosas más. Pero todo lo que hizo en este período de más de una década y media no cambia el hecho que su última película es de 2004: Adictos al sexo (A Dirty Shame).

A veces uno lee y piensa “cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras”. Esa cita es tan del Quijote como “tócala de nuevo, Sam” lo es de Casablanca. O como el mucho más helado que Borges se arrepintió de no tomar. Alguien dice algo, alguien lo repite, y más y más y más, y alguien se lo cree. Y ahí queda. El poder de la palabra, la influencia de lo verdadero y también de lo falso, de la leyenda que se imprime a veces. Y una vez más hay que traer, a los gritos, el grito de Michele Apicella (Nanni Moretti) en Palombella Rossa: “¡Las palabras son importantes!”. A veces uno lee los correos -ya a esta altura, salvo aclaración, son siempre electrónicos- y vuelve a gritar, como Michele, eso mismo, eso de las palabras. Nos dicen fuck you words; responderemos, gritaremos que son importantes.

Don Siegel, maestro de Clint Eastwood, dirigió El tirador (The Shootist, 1976), protagonizada por John Wayne. Clint Eastwood, maestro de Robert Lorenz, dirigió Francotirador (American Sniper, 2014), protagonizada por Bradley Cooper. Robert Lorenz, asistente de Eastwood en nueve de sus películas, justo hasta Francotirador, dirigió The Marksman, que debió haberse titulado en castellano algo así como “El tirador” o “El tirador escondido”. En inglés se completó el círculo de sentido y de herencias, pero aquí nos pusieron El protector. Eso sí, afortunadamente la estrenaron y además la estrenaron en salas de cine, que abrieron, esperemos que para no cerrar más.

En menos de diez minutos, Cruella -artefactonto a niveles dementes- prueba ser científicamente mala. Cine acomodaticio, obsceno, de lenguaje prefabricado, hecho para un mundo en el que ofrecen “campamentos virtuales para toda la familia”, para un mundo en el que la rebeldía y lo extraordinario son reprimidos a diario -también desde los diarios- en aras de “defender la diversidad”. Un mundo en el que los niños son abollados impunemente, también mediante estas películas abominables, estos insultos a la inteligencia, estos intentos de pasar por punks.