Mundo Cine

Para Azul, ojalá que cuando puedas leerlo los signos sean mejores

para Magui, que cumple. 

El mundo se ha vuelto un lugar extrañísimo, mucho más que antes. Un mundo hermoso, nos dicen conclusivamente en esta película llamada Spontaneous, y un mundo incierto, también nos lo dicen; pero ya lo sabíamos, bah, algunos. Te podés morir en cualquier momento y en determinadas ocasiones hay más posibilidades de que eso pueda llegar a ocurrir que en otras. ¿Una iluminación, una ráfaga de lucidez? No sería muy certero apuntar eso, sinceramente, pero como quieran.

Hace poco más de un año, al regresar del festival de Berlín, todavía no sabíamos que ese evento iba a ser recordado como el último gran festival justo antes de las convulsiones mundiales y miméticas que cambiaron nuestros hábitos. Poco después, South By Southwest de Austin, Texas, Estados Unidos, se cancelaría aunque tendría algún tipo de existencia parcial en algunas formas digitales veloz y eficazmente improvisadas. El Bafici 2020, planeado para abril, no pudo ser. Tampoco pudo ser Cannes en mayo, y lo mismo les pasó a muchos otros festivales. Algunos (Venecia, San Sebastián) intentaron celebrar sus ediciones lo más parecido a lo que solían hacerlo, pero ni ellos, ni el cine y los festivales y su público eran los mismos. Muchos festivales y muestras se concentraron en programaciones on line y tuvieron versiones reducidas, distintas, para un año abrumadoramente distinto, impensado, para mucha gente trágico por diversos motivos y con consecuencias que están lejos de haber llegado a su fin.

En estos días, en medio de ver una cantidad demencial de películas, me acordé de la existencia de Danny Collins. En realidad no me acordé, más bien apareció en la memoria, de rebote, algo así como una imagen imprecisa de “una película más o menos reciente con Al Pacino interpretando a un cantante tipo Tom Jones, bronceado y peinado y vestido de forma contraria a cualquier sutileza”.

Frente a la anemia y anomia de mucho cine del siglo XXI, el cine de los noventa, la última década del siglo XX, está en el camino de la recuperación -vía rápida- hacia las siempre dispuestas máquinas de recuperar, tanto las falsas como las genuinas y atendibles. Y no solo está ocurriendo por nostalgia, berretines vintage o mera identificación generacional. Hagan la prueba: enfrenten a gentes nacidas en el siglo XXI al cine que les es más contemporáneo y luego a Robin Hood de Kevin Reynolds y verán cuánto estamos extrañando el cine, las emociones, los centros gravitacionales. Hace unos días revisé una de mis películas favoritas de los años noventa y fue algo así como una constatación inmediata…

Palombella rossa, la película de Nanni Moretti del año 1989, la del partido de water-polo que parece durar un día entero, o quizás más (no, no es que la película se “haga larga”). Palombella rossa, una de las mejores películas de la historia y de la Historia, en la que Michele Apicella -dirigente comunista y jugador de water-polo- pierde la memoria y parte en busca de ella y de muchas cosas más. Palombella rossa, en la que dos canciones -“I’m on Fire” de de Bruce Springsteen y “E ti vengo a cercare” de Franco Battiato- paralizan el partido y hacen que cante todo el estadio. O todos los presentes en el estadio. En Palombella rossa se repiten las consignas, las indicaciones tácticas, los gritos de enojo, los “¿ti ricordi?”. 

Tal como dijimos en la columna anterior (¿dijimos?), la culpa no era del 2020 ni del chancho sino de quienes le daban de comer. Ya estamos en el dichoso 2021 y los cines en Argentina siguen cerrados, y el porcentaje de salas que cerrarán para siempre irá subiendo a medida que el tiempo de inactividad se acreciente. Cuando las salas cumplan un año cerradas algunos seguramente les hagan una torta de cumpleaños y les canten “feliz cierre sa-li-tas, se quedaron muer-ti-tas”. Claro, la torta será virtual y el canto quizás sea con algunos de los que cantaron “Imagine” hace meses mientras posteaban fotos de delfines y carpinchos. En estos tiempos de la humanidad uno piensa una idiotez como esa del cantito del cumpleaños del cierre y lo malo es que quizás ni siquiera está tan errado porque lo más probable es que suceda algo peor, algo más necio, más mortuorio y aún menos vital.

Me invitaron a participar, otra vez, de otro “top ten del año de cine”, pero creo yo que en este país y en muchos otros no hubo año de cine. Nunca se estrenó tan poco en un siglo. Hubo sí un puñado de películas, algunas incluso muy valiosas, que se dieron a conocer, y hasta hubo algunos estrenos y algunos festivales a principio de año. Después algunas versiones alternativas de festivales, versiones reducidas y en general con lo festivo diluido, o por lo menos no anunciado públicamente.

Hace unos días me invitaron a participar en la encuesta de lo mejor del cine del año en IndieWire. Mi respuesta fue: “creo que no es lógico votar este año. Las salas de cine se están muriendo, en parte porque los críticos están actuando ‘normalidad’ frente a este desastre.” El cine ya venía en crisis, y los devenires del año 2020 y de lo que se avizora de 2021 nos enfrentan a una situación inédita por lo sombría. Estrenos postergados, estrenos modificados, estrenos achicados, rodajes inciertos, las probablemente muchas películashechasdesdeelencierro (ay) y hoy, mientras escribía este párrafo, llegó la noticia de la muerte de Kim Ki-duk.