Mundo Cine

No hay caso, como le pasaba a Juan -en realidad Sebastián-, el personaje interpretado por Gastón Pauls en Nueve reinas de Fabián Bielinsky, con la canción de Rita Pavone, nunca logro acordarme del nombre del director de Héroes. No hay manera, siempre tengo que buscarlo. Ahora, para buscarlo, lo hice yendo hacia atrás en la filmografía de Maradona, esa que incluye una película en la que trabajé: El día que Maradona conoció a Gardel. El director de Héroes: El film oficial de la XIII Copa del Mundo fue Tony Maylam, un inglés. Me voy a volver a olvidar, seguro, y me voy a olvidar que lo olvidé justo cuando quiera recordarlo. Pero no me olvido de en qué cine vi Héroes, una película que parece haberse estrenado en muy pocos países en salas de cine. Pero en Argentina sí se estrenó, y fue un estreno grande, y la vi en el Gran Rex en el verano 86-87 y fue vibrante, emocionante, inolvidable, y yo tenía 13 años.

La interacción entre la crítica y los lectores tiende a desaparecer. No en su formato veloz de comentarios iracundos sobre lo escrito sino en el paso número uno, ese momento -ya a estas alturas mítico, legendario, unicornio- de la lectura. Los lectores del barrio -y del centro- van a desaparecer, pero los dinosaurios y los dinodiarios ya desaparecieron. Los diarios ya no son los que eran, y los que eran eran mejor de lo que son hoy.

La semana pasada vi una película llamada Más allá de la Luna (Over the Moon) para escribir la crítica para La Nación. Me pareció mala, malísima, de lo peor que he visto de esa variante animada hecha con los tan contagiosos y facilistas modos globales impersonales que apelan al mínimo común denominador en términos de narrativa, y de exposición cargada de didactismo que anula la imaginación o cualquier tipo de misterio.

"Es asombroso lo pronto que uno se acostumbra a todo ―pensó Harún ―. Nuevo mundo, nuevos amigos: acabo de llegar y me parece que los conozco de toda la vida." Faltan dos meses y medio para que termine el año, el 2020, un año más largo que los tres años que lo precedieron y que los tres que lo seguirán. Un año bisiesto. Un año bisiesto y funesto para la capacidad promedio de reflexión y también para el cine, y no sigamos con el listado para no caer en lo abrumador.

Es el año 2100, otra vez a cambiar de siglo; en realidad, casi nadie puede decir eso de “otra vez”, por este asunto de la esperanza de vida promedio. ¿Cambiar de siglo? Apenas comenzado este año 2100, mucha gente afirmó que el siglo había cambiado, pero otros insistimos en que el siglo XXI recién terminará el 31 de diciembre de 2100, y faltan algunos meses para eso. De todos modos, más allá de otras discusiones con grupos neo ecologistas -que son muy minoritarios- el año es el 2100, estamos bastante de acuerdo.

Tiempo presente, septiembre de 2020. Estoy viendo películas en el festival de Toronto, o “en el festival de Toronto”, al que tengo acceso online (“acceso” y “online”) a una parte de su programación, que es una oferta mucho más reducida que la de años anteriores; por “el contexto 2020” aunque no solamente por eso: la cantidad de películas viene bajando en muchos festivales, en la mayoría de los que uno sigue con atención. Vi unas cuantas películas, algunas decenas: malas algunas, malísimas otras, desesperantes unas cuantas, con pocas excepciones. El mundo -claro, una parte- y el cine -ojalá fuera solamente una parte minoritaria- venían degradándose; los síntomas estaban por doquier pero -aún estando atentos a los trailers de la debacle- estos subsuelos infernales en los que estamos inmersos no dejan de sorprenderme.

Ante alguna expresión de ostensible fealdad, de esas cabalmente virales que el periodismo propaga más que nadie, Jorge Luis Borges decía que “tienen la culpa los diarios”. Eso puede leerse en el imprescindible Borges de Adolfo Bioy Casares, un libro libre que quizás sea próximamente etiquetado como nocivo para la nueva sociedad con la que sueñan las obsesivas y obsecuentes fuerzas policiales de la corrección política y su nueva y achatada y achotada normalidad. Y también puede leerse en ese libro magnífico -este adjetivo es sólo una descripción objetiva, no un elogio discutible- el siguiente diálogo:

La tercera de estas películas altamente políticas es una secuela que en Argentina se estrenó directamente en DVD, de esos tiempos en los que todavía había DVDs pero ya casi nadie los frecuentaba y a la vez la mayoría de las mejores comedias, como esta, amagaban con estrenarse en cines pero finalmente la distribuidora a cargo de proceder descartaba la idea, con el atendible motivo de un historial reciente de fracasos anteriores ocurridos con otras comedias consideradas similares a la que tenían entre manos.

Hay gente que afirma que el cine de estos últimos años tiende a eludir enfrentarse a su tiempo, a sus problemas, a sus encrucijadas políticas y de otros órdenes, que no discute las ideas, que se siente la ausencia de un cine de espíritu “crítico”. No estoy de acuerdo, pero no precisamente por la existencia de medianías como Green Book o el bodrio cum laude 12 años de esclavitud.

Hubo un tiempo que fui mozo, trabajaba en un bar, cantaba Peter Capusotto. Hubo un tiempo que fue hermoso, y fui libre de verdad, cantaba Sui Generis. Todos sabemos, creo, cuál vino primero y cuál fue la versión paródica. Hoy apostaría a que sí, a que por lo menos aquí cerca sabemos cuál es la canción original, la que vino primero. Pero no sé por cuánto tiempo más se sabrá eso; no es que sea especialmente importante, muy probablemente no.