Mundo Cine

Tal como dijimos en la columna anterior (¿dijimos?), la culpa no era del 2020 ni del chancho sino de quienes le daban de comer. Ya estamos en el dichoso 2021 y los cines en Argentina siguen cerrados, y el porcentaje de salas que cerrarán para siempre irá subiendo a medida que el tiempo de inactividad se acreciente. Cuando las salas cumplan un año cerradas algunos seguramente les hagan una torta de cumpleaños y les canten “feliz cierre sa-li-tas, se quedaron muer-ti-tas”. Claro, la torta será virtual y el canto quizás sea con algunos de los que cantaron “Imagine” hace meses mientras posteaban fotos de delfines y carpinchos. En estos tiempos de la humanidad uno piensa una idiotez como esa del cantito del cumpleaños del cierre y lo malo es que quizás ni siquiera está tan errado porque lo más probable es que suceda algo peor, algo más necio, más mortuorio y aún menos vital.

Me invitaron a participar, otra vez, de otro “top ten del año de cine”, pero creo yo que en este país y en muchos otros no hubo año de cine. Nunca se estrenó tan poco en un siglo. Hubo sí un puñado de películas, algunas incluso muy valiosas, que se dieron a conocer, y hasta hubo algunos estrenos y algunos festivales a principio de año. Después algunas versiones alternativas de festivales, versiones reducidas y en general con lo festivo diluido, o por lo menos no anunciado públicamente.

Hace unos días me invitaron a participar en la encuesta de lo mejor del cine del año en IndieWire. Mi respuesta fue: “creo que no es lógico votar este año. Las salas de cine se están muriendo, en parte porque los críticos están actuando ‘normalidad’ frente a este desastre.” El cine ya venía en crisis, y los devenires del año 2020 y de lo que se avizora de 2021 nos enfrentan a una situación inédita por lo sombría. Estrenos postergados, estrenos modificados, estrenos achicados, rodajes inciertos, las probablemente muchas películashechasdesdeelencierro (ay) y hoy, mientras escribía este párrafo, llegó la noticia de la muerte de Kim Ki-duk.

No hay caso, como le pasaba a Juan -en realidad Sebastián-, el personaje interpretado por Gastón Pauls en Nueve reinas de Fabián Bielinsky, con la canción de Rita Pavone, nunca logro acordarme del nombre del director de Héroes. No hay manera, siempre tengo que buscarlo. Ahora, para buscarlo, lo hice yendo hacia atrás en la filmografía de Maradona, esa que incluye una película en la que trabajé: El día que Maradona conoció a Gardel. El director de Héroes: El film oficial de la XIII Copa del Mundo fue Tony Maylam, un inglés. Me voy a volver a olvidar, seguro, y me voy a olvidar que lo olvidé justo cuando quiera recordarlo. Pero no me olvido de en qué cine vi Héroes, una película que parece haberse estrenado en muy pocos países en salas de cine. Pero en Argentina sí se estrenó, y fue un estreno grande, y la vi en el Gran Rex en el verano 86-87 y fue vibrante, emocionante, inolvidable, y yo tenía 13 años.

La interacción entre la crítica y los lectores tiende a desaparecer. No en su formato veloz de comentarios iracundos sobre lo escrito sino en el paso número uno, ese momento -ya a estas alturas mítico, legendario, unicornio- de la lectura. Los lectores del barrio -y del centro- van a desaparecer, pero los dinosaurios y los dinodiarios ya desaparecieron. Los diarios ya no son los que eran, y los que eran eran mejor de lo que son hoy.

La semana pasada vi una película llamada Más allá de la Luna (Over the Moon) para escribir la crítica para La Nación. Me pareció mala, malísima, de lo peor que he visto de esa variante animada hecha con los tan contagiosos y facilistas modos globales impersonales que apelan al mínimo común denominador en términos de narrativa, y de exposición cargada de didactismo que anula la imaginación o cualquier tipo de misterio.

"Es asombroso lo pronto que uno se acostumbra a todo ―pensó Harún ―. Nuevo mundo, nuevos amigos: acabo de llegar y me parece que los conozco de toda la vida." Faltan dos meses y medio para que termine el año, el 2020, un año más largo que los tres años que lo precedieron y que los tres que lo seguirán. Un año bisiesto. Un año bisiesto y funesto para la capacidad promedio de reflexión y también para el cine, y no sigamos con el listado para no caer en lo abrumador.

Es el año 2100, otra vez a cambiar de siglo; en realidad, casi nadie puede decir eso de “otra vez”, por este asunto de la esperanza de vida promedio. ¿Cambiar de siglo? Apenas comenzado este año 2100, mucha gente afirmó que el siglo había cambiado, pero otros insistimos en que el siglo XXI recién terminará el 31 de diciembre de 2100, y faltan algunos meses para eso. De todos modos, más allá de otras discusiones con grupos neo ecologistas -que son muy minoritarios- el año es el 2100, estamos bastante de acuerdo.

Tiempo presente, septiembre de 2020. Estoy viendo películas en el festival de Toronto, o “en el festival de Toronto”, al que tengo acceso online (“acceso” y “online”) a una parte de su programación, que es una oferta mucho más reducida que la de años anteriores; por “el contexto 2020” aunque no solamente por eso: la cantidad de películas viene bajando en muchos festivales, en la mayoría de los que uno sigue con atención. Vi unas cuantas películas, algunas decenas: malas algunas, malísimas otras, desesperantes unas cuantas, con pocas excepciones. El mundo -claro, una parte- y el cine -ojalá fuera solamente una parte minoritaria- venían degradándose; los síntomas estaban por doquier pero -aún estando atentos a los trailers de la debacle- estos subsuelos infernales en los que estamos inmersos no dejan de sorprenderme.

Ante alguna expresión de ostensible fealdad, de esas cabalmente virales que el periodismo propaga más que nadie, Jorge Luis Borges decía que “tienen la culpa los diarios”. Eso puede leerse en el imprescindible Borges de Adolfo Bioy Casares, un libro libre que quizás sea próximamente etiquetado como nocivo para la nueva sociedad con la que sueñan las obsesivas y obsecuentes fuerzas policiales de la corrección política y su nueva y achatada y achotada normalidad. Y también puede leerse en ese libro magnífico -este adjetivo es sólo una descripción objetiva, no un elogio discutible- el siguiente diálogo: