Mundo Cine

En estos días previos al Bafici -o cuando lean esto quizás ya con el Bafici número 23, del año 2022 ya empezado-, suelen abundar las preguntas sobre qué ver en el festival, qué es aquello que uno no debería perderse. Yo creo que no hay que perderse el festival, o mejor dicho no hay que perderse la oportunidad de perderse en el festival. No se me ocurre mejor manera de lanzarse al festival que lanzarse a la aventura y avanzar sin recomendaciones. Ir a todo lo que se pueda, a todo lo que sea accesible según horario y conveniencia. Y este bien podría ser el fin de la columna. Pero como mi recomendación de no guiarse por recomendaciones nunca es tenida en cuenta va algo así como un hilo, un atado de conexiones, un fluir de recomendaciones, un mapa digresivo que se apoya en algunas pocas películas de este Bafici.

Se retiró Bruce Willis del cine por padecer afasia. De alguna manera, ya estaba retirado desde hacía algunos años por la paradoja de la hiperactividad: estaba inmerso en un frenesí laboral y aparecía en los créditos de más y más películas, en general cada vez más irrelevantes. Su carrera de estos últimos años ya no era lo espectacular que supo ser, la del estrellato gigante, esas casi tres décadas de acumulación de glorias y muchas películas inolvidables desde mediados de los ochenta hasta principios de la década pasada (y sobre todo desde fines de los ochenta hasta fin de siglo). Se retiró Bruce Willis de la actuación y es una de esas noticias que impactan, pero no fue un corte abrupto de una carrera que estaba en la cima. Willis, niño de la posguerra, nació en 1955 en Alemania, hijo de padre militar estadounidense y madre alemana, y cumplió 67 años hace dos semanas.

Hace unos días murió el apasionado Pascual Condito, sobre el que ya se escribieron muchos obituarios, muchos mensajes en las redes sociales y se contaron muchas anécdotas. Personaje expansivo, personaje único, personaje apasionante. Pero, sobre todo, personaje intenso, amante del cine y de estar en el mundo del cine, de esos que no daba lo mismo verlo o no verlo, encontrarse o no encontrarse con él en la calle, cerca de un cine, en un café del antiguo barrio de las distribuidoras o incluso en el mercado del Festival de Cannes, en donde muchas veces el stand de Pascual era un refugio para los argentinos recién llegados a un evento como ese.

Y se estrenó una nueva Batman llamada The Batman. Una nueva de Batman llamada The Batman. El Batman, como El Guasón, El Bromas. No, es The Batman. La gente habla de The Batman. De do do do, de da da da. De The Batman. No la vi, veo que la duración de The Batman es de casi tres horas. Así las cosas, pondré excusas diversas para no ir a verla. Recuerdo la Batman de Tim Burton. La vi en un cine de Mar del Plata. Yo tenía dieciséis años. Y en ese entonces Batman me parecía algo que entraba al cine como un intruso, como un parásito, como algo probablemente pasajero. Mi sensación, que probaría altamente desacertada, era que esto era una moda que ansiaba que fuera efímera.

Ivan Reitman nació en Checoslovaquia, en donde hoy es Eslovaquia. Vivió en Canadá. Donó terrenos en los que ahora están ubicados buena parte de los cuarteles centrales del Festival de Toronto. Hizo cine americano. De su filmografía la mayoría son comedias, comedias con cosas más bien fantásticas, con fantasmas, con cruces diversos, comedias bien contaminadas. Hizo diecisiete películas. Las cuatro primeras no las vi en cine, nací en el año en el que hizo la segunda; la última no la vi en cine, no se estrenó en cines en Argentina. Desde la quinta hasta la decimosexta, vi todas las películas dirigidas por Ivan Reitman en el cine.

Iba a escribir sobre Licorice Pizza de Paul Thomas Anderson. Teníamos las entradas, teníamos el plan y finalmente no pudimos ir. Me dispuse entonces a ver The Tender Bar de George Clooney para escribir sobre ella en esta columna. Sin embargo, esta no será una columna sobre The Tender Bar. O lo será apenas, solo en parte. The Tender Bar empieza y a los pocos minutos la voz del protagonista dice “era el año 1973”.

Una película que transcurre en un festival de cine. Pero Woody Allen no le pone a su última película -hasta el momento- el nombre de ese festival -San Sebastián- sino que la llama Rifkin's Festival, el festival de Rifkin. Mort Rifkin (Wallace Shawn) es el protagonista de la película y su punto de vista es el dominante pero no el único. Hay algún momento en el que asistimos al avance del romance entre su mujer y su cliente, el director de cine francés, y es imposible que ahí esté el punto de vista de Rifkin. Hay otros momentos que analizados a las apuradas podrían pensarse como ajenos al punto de vista -a cuánto puede conocer, a la focalización- de Rifkin pero son sus sueños, y ahí hay punto de vista inapelable, o punto de sueño. Estos detalles, sin embargo, pueden ser más que ociosos para acercarse a la -hasta el momento- última película de Woody Allen. 

Don’t Look Up, la nueva película de Adam McKay, es algo así como una derivación lógica, un complemento de mayor alcance y mayor pulido narrativo, de la magnífica y extravagante Anchorman 2. Hasta podría ser la segunda parte de Anchorman 2, pero no la tercera Anchorman. Anchorman 2, de 2013, fue una película que, en modo de comedia hiper imaginativa y salvaje, alertaba sobre las consecuencias en ese presente de la destrucción del periodismo ocurrido algunas décadas atrás (link). El periodismo, desde fines de los setenta del siglo pasado viene suicidándose, degradándose, hundiéndose en la más brutal estupidez. Lo peor es que no termina de matarse, entonces queda por ahí un semi muerto cada vez más putrefacto, y cada vez son menos las excepciones. Las pruebas -sobran pruebas- de que el periodismo agoniza están muy a la vista en la abrumadora mayoría de estupideces y aberraciones que se han publicado o emitido en diarios, radios o canales de televisión en las diversas “coberturas de la pandemia”.

El pasado jueves 16 se cumplieron treinta años -tres decenas de años- de la aparición del primer número de la revista El Amante. En diciembre de 1991 yo tenía 18 años y recién había terminado el colegio secundario. Mi vida iba a cambiar abruptamente y para mal un par de meses después, apenas comenzado 1992. A la revista no la conocí en esos momentos, en ese verano. Recién la conocí en el invierno de 1993, justo antes de cumplir los 20. Cinco años después, en el invierno de 1998, me ponía a escribir una crítica de un estreno de ese año, una crítica de muchos caracteres sobre Boogie Nights de Paul Thomas Anderson en la que, entre otras cosas, mencionaba a los caramelos “palitos de la selva”. Y la mandé al concurso “Quiero escribir en El Amante”.

King Richard, la película recién estrenada y acá penosamente titulada El Rey Richard: una familia ganadora, es una muestra de que, quizás, Hollywood esté empezando a entender mejor -y con mayor beneficio para los espectadores- cómo sobrevivir a los tiempos que corren sin disolverse del todo en el intento.