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Mundo Cine

En la columna anterior hablaba -otra vez- de ver películas en los aviones. Y hoy seguimos volando. Para algunos, la comedia es el santo grial, el género que buscamos denodadamente, con ansias de encontrar aquella que redima todo intento vano. Y le damos muchas oportunidades porque es el género más difícil de hacer, ¿o no? Y el que más nos recompensa cuando conecta con nosotros. Y es un género muy honesto, que en pocos minutos nos revela si va a funcionar o no o, mejor dicho, si nos va a funcionar o no. El humor y su llegada soplan donde quieren, o donde pueden. Borat, por ejemplo, no puede conmigo, o yo no puedo con Borat y otras películas con Sacha Baron Cohen como protagonista. Pero puedo con y quiero ver a Will Ferrell. Pero para llegar a Ferrell pasemos, porque hubo que pasar, por otras comedias.

Hubo un tiempo en el que miraba películas de las que ofrecían los aviones, incluso cuando el menú era fijo para todos o casi todos. Luego dejé de verlas, y hasta incluso de interesarme en qué era lo que ofrecían. Con el tiempo, la mayoría de los aviones para vuelos largos pasaron a tener pantalla individual para todos los pasajeros. Y empecé a revisar qué ofrecían en el menú, y cómo lo ofrecían. Uno de los motivos de este interés en las nuevas ofertas era comparar el catálogo con el que ofrecemos en https://www.qubit.tv/ No solamente qué tenían disponible, sino cómo lo organizaban y mostraban. Es decir, la selección y su ordenamiento y jerarquización.

Después de diecisiete años y medio, volví a ver La familia de mi novia (Meet the Parents). Y hace siete años y medio había escrito acá mismo sobre la segunda secuela; es decir, la tercera película con los mismos personajes basales. Aquí el texto, petulante y agresivo desde el título ( link aquí ). La tercera parte, efectivamente, era uno de esos desastres probablemente fruto de esa combinación desesperante -y jamás desesperada- de holgazanería y cinismo. No me arrepiento de ese desamor -odio- por Little Fockers, pero -ahora sí- de una parte de ese texto, en la que afirmaba que “si bien las dos películas anteriores de esta serie, La familia de mi novia (Meet the Parents, 2000) y Los Fockers: la familia de mi esposo (Meet the Fockers, 2004) nunca estuvieron entre lo mejor del cine de o con Ben Stiller (Zoolander, Tropic Thunder y Mi novia Polly, por ejemplo, son mucho mejores), eran comedias más o menos armadas, profesionalmente realizadas, con cierta dignidad industrial”.

¿Cuál es el público de una película? En algunas ocasiones, puede incluso ser un conjunto vacío, algo verdaderamente inexistente. Un estreno de la semana pasada que ocupó 53 salas fue visto por 4.345 espectadores. Siete días, 53 salas, 4.345 espectadores. Si consideramos un promedio de sólo 3 funciones por día por sala la película convocó aproximadamente a 4 personas por función. Eso sí que es fracasar. Sobre la película pueden leer aquí, en mi crítica para La Nación

No sabía, o no recordaba, que Santiago Segura había dirigido una nueva película luego de Torrente 5. Y que ya se había estrenado, incluso en Argentina. Es una comedia, y protagonizada por la excepcional Maribel Verdú. Sin filtros se tituló acá, Sin rodeos en España y Empowered (“Empoderada”) en Estados Unidos. Y, por lo que leo, no fue un éxito en absoluto localmente cuando se estrenó en junio.

Por estar de viaje, lejos, no vi la película de Woody Allen modelo 2017, estrenada en Argentina a principios de 2018. Y ni recordaba la fecha de estreno, ni el título local, el bastante literal pero no muy acertado en términos de sentido La rueda de la maravilla, y creo que tampoco me acordaba de que me había olvidado de que se había estrenado. Y esta semana, por estar de viaje una vez más, volviendo otra vez desde lejos, estuve unas 18 horas dentro de un avión. Y estaba La rueda de la maravilla (es decir, Wonder Wheel ) en la oferta de películas para ver, así que un viaje sirvió para compensar lo que no había podido ver por otro viaje.

Esta es la columna 371 que escribo para Hipercrítico, un número que es algo así como una barbaridad. Si consideramos un promedio de 4.000 caracteres por columna -y es una cifra que está muy por debajo de la realidad- da cerca de un millón y medio de caracteres. Eso, puesto en papel, sería una montaña tremenda. Menos mal que existe la Internet, también para que puedan chequear velozmente que 371 no es un número primo, porque es 7 x 53 (es bastante claro: 7 x 50 + 7 x 3). Los años tienen 52 semanas y un día, o 52 semanas y dos días (los años bisiestos).

Murió uno de los directores de fotografía más importantes de la historia del cine moderno, uno que fue clave para los setenta, los ochenta y los noventa, y para directores como Wim Wenders y Jim Jarmusch. Y del que se contaban anécdotas de rodaje que revelaban una sabiduría de esas prístinas, que provienen de la sabiduría del sentido del humor y de la sabiduría más importante, la de saber que nunca se termina de aprender.

Hay una comedia en los cines; bueno, en algunos, en realidad en unos pocos (ver más abajo), dirigida por un joven chileno que vive en Buenos Aires desde hace unos años. Es una comedia romántico-sexual que transcurre entre Buenos Aires y Santiago. Y está protagonizada por Antonella Costa. Y que compitió y llenó sus funciones en el Bafici y que también se dio en Nueva York en el festival de Tribeca, “el de Robert De Niro”.

No logré ver más de diez minutos de Guerra de papás, la primera. Me parecía todo de un nivel de plástico insoportable, aplastado por las fórmulas más groseras. En algún momento, en algún cine, vi el trailer de la segunda parte, y me reí varias veces. Básicamente porque podía percibir(se) alguna clase de eficacia cómica en la interacción de Mel Gibson, Mark Wahlberg, John Lithgow y Will Ferrell. Los dos más veteranos de ese cuarteto se sumaban a la secuela, como padre de cada uno de quienes están a su derecha en la oración precedente. No fui al cine a verla, pero la vi meses después del estreno en VOD. Un modo ideal para el siguiente tipo de visión, sí, parcial, fragmentada.

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