Mundo Cine

Vas a llamar por teléfono y antes de comunicarte con quién corno querés hablar la empresa de teléfonos te dice, intempestivamente, “quedate en casa”. Da ganas de contestarle “¿quién te pidió consejo a vos?” o “metete el consejo en algún lado”. En realidad, ni siquiera es un consejo, casi que desde el teléfono sale emitida una orden desde una máquina. A algunos les encanta esto del control, esto del consejo, esto del paternalismo que nadie solicitó, y hasta ponen hashtags de “quedate en casa”. Muzzarella, nabolín periodista y nabolín teléfono, que no les pregunté nada, y menos que menos aguanto que me hablen en imperativo gentes y máquinas sin autoridad alguna, que ni siquiera son funcionarios. Zapatero, a tus zapatos, que bastante mal te están saliendo.

En estos dos meses vi más televisión que en los últimos veinte años. Vi entre 10 y 12 horas. No, no por día, en el total de los dos meses. Vi exclusivamente programas de noticias, o “programas de noticias”. Vi gente hablando, vi gente repitiendo fórmulas, saludándose una y otra vez, como si estuvieran en la radio de los años cincuenta del siglo pasado. Individuos particulares -hay una cita a una película ahí- diciendo una y otra vez “en medio de la pandemia”, “transitando la pandemia”, “en medio del coronavirus”. EN MEDIO DEL CORONAVIRUS. UNA PANDEMIA. Una pandemia donde. En realidad una epidemia donde. Un perro donde. Una situación donde. Un tiempo donde. Y una sarta de abusos de la palabra donde tan grande que creo que ya es hora de que alguien haga la denuncia.

La idiocracia, al final, resultó un documental sobrio, contenido, sutil. Eso es lo que confirmo cada día, en realidad cada un cuarto de día, cada ocho horas. Error: un cuarto de día son seis horas. Escribí este error para poder corregir algo inmediatamente en un medio periodístico. Gustos que uno se quiere dar ante tamaña exhibición y constatación de decadencia múltiple. Se habla sin saber hablar, se escribe sin saber escribir, se escucha cualquier pavada y frecuentemente se tipea mal eso que llaman zócalo. Y no pocos periodistas que por algún motivo se consideran “esenciales” hablan pésimo y vomitan monsergas buchonas en televisión o streaming en vivo. Creen que opinan cuando apenas balbucean frases inconexas, y eso en los infrecuentes casos en los que sus sonidos alcanzan estatuto de frase. Así las cosas, abandoné el consumo tóxico de periodismo y resolví, finalmente, ver Uncut Gems de los hermanos Safdie, protagonizada por Adam Sandler. Más streaming, y más desolación.

En medio de recomendaciones y más recomendaciones de películas y de más recomendaciones de películas y de más recomendaciones de películas y de películas recomendadas en listados de recomendaciones de películas que también recomiendan series y videos y memes de series y de animales y de películas y de películas sobre recetas de cocina y de series y memes hechos a partir de recetas de tortas caseras de la abuela de alguien que hizo un webinar sobre rebobinar yo pienso mayormente en las películas de pocos directores. En Luis Buñuel, como siempre. Y en Mike Judge, como casi siempre, y como nunca con esta intensidad. 

Son momentos de decir cosas fundamentadas con la mayor cantidad de datos posible. La mayor cantidad posible de datos. Posibles o, mejor, comprobables. Ahí vamos: entre los cines nacionales del mundo hay dos que, considerando toda su historia, poseen el mayor promedio por película de secuencias que se pueden ver una y otra vez para cambiar nuestro espíritu, para modificar nuestro talante, para que volvamos a creer en la grandeza del cine.

Es extraño constatar una y otra vez que ante la cada vez mayor oferta de películas, series y demás producciones comparables, y la mayor facilidad para acceder a ellas, la concentración de la mayoría del público en un puñado de títulos se intensifica. Unos pocos títulos dominantes acaparan cada vez mayores porcentajes del público y también de la atención de los medios, de las redes y de los entramados que sean. Además, a este fenómeno se suma otro: el de la ansiedad por ver eso que “hay que ver” lo más pronto posible para entrar en la conversación, que muchas veces no es tal cosa sino apenas una maraña de pulgares para arriba o pulgares para abajo.

En las redes sociales, como suele suceder, prolifera la queja canchera de la queja canchera de la queja canchera. Una de esas quejas cancheras exponenciales fue, esta semana, la de quienes señalaron a todos los que hacíamos notar que ya conocíamos al cine surcoreano y al cine de Bong Joon-Ho desde hacía décadas. Básicamente, casi todo el ambiente de la crítica, la programación y la distribución de cine, cualquiera que haya frecuentado festivales de cine en las últimas dos décadas había tenido contacto con el cine de Corea del Sur y de Bong (para peor, en el siglo XX, después de la Guerra de Corea hubo otras décadas de gran actividad y calidad en el cine surcoreano).

Otra película animada. Otra película animada de lanzamiento gigantesco. Otra película animada que se basa en saberes recontra sabidos, incorporados incluso aunque no se hayan visto las películas de las que provienen esos saberes. Por ejemplo, hay rasgos de James Bond (película y personaje) que son conocidos por gente que jamás vio una película del agente secreto 007, con ninguno de los actores que lo han interpretado, de ninguna de sus seis décadas de existencia.

Conozco a Quintín personalmente desde hace más de veinte años, y lo leo desde hace casi treinta. En ambos aspectos esta relación ha tenido cercanías, lejanías y frecuencias oscilantes. Pero en todo este tiempo siempre supe que leerlo había sido un hito fundamental, fundacional, reverberante y estimulante para mis acercamientos al cine y a la crítica. El año pasado me habían adelantado que su libro La vuelta al cine en cuarenta días (Paidós, 2019) era algo así como imperdible. Y ahora que lo leí puedo decir que lo es, especialmente para todos aquellos que desde las lecturas sobre cine y otros temas nos acercamos a las películas y luego nos disponemos a leer sobre esas y sobre otras películas, con la secreta -o no tan secreta- ilusión de encontrarnos con esas iluminaciones que nos hagan cerrar repentinamente un libro con alguna expresión hiperbólica de celebración, algún exabrupto que dé cuenta de cuánto nos gustó, sorprendió y gratificó lo que acabamos de leer.

Años atrás me generaba un mayor entusiasmo la idea de hacer listas de “las mejores películas” del año, o de la década, o del siglo, o incluso de “las mejores golosinas” o de “los mejores picantes disponibles en la ciudad”, y de más y más cosas. Con el tiempo, las listas empezaron a interesarme menos. Tal vez por el temor a olvidarme de algo, o a confundir el año de estreno de una película porque la vi muchos meses antes, o a dudar de incluir algún título porque la versión que vi de algunas películas no fue exactamente la versión final estrenada, o porque después me arrepiento por cambiar mi forma de pensar sobre muchas películas, o porque quizás simplemente me gusta más hablar y escribir y argumentar sobre películas que hacer listas. Lo que sí me causa bastante gracia es chequear los resultados generales y observar que mis favoritas no aparecen casi nunca entre los primeros puestos.