Mundo Cine

Una noche de fines de marzo, un camión gigante Mercedes Benz ya con muchos años encima, pesado y contundente y cargado de elementos de cartoneo o cirujeo o reciclamiento urbano o suburbano o como haya que denominarlo según la real academia de la corrección y no ofensa -salvo la ofensa al lenguaje, pero esa no parece importar demasiado- chocó contra un colectivo en una esquina. El semáforo no estaba funcionando y ambos venían a gran velocidad. El ruido inicial fue como de película de tren descarrilando, el impacto posterior también, o como de un tren cayendo sobre un techo.

Terminó otra edición del Bafici, la número veinticuatro, la del año 2023. Si no se hubiera suspendido la edición de 2020 esta tendría que haber sido la edición número veinticinco. Y las notas de prensa habrían hablado del cuarto de siglo, y otros habrían prestado atención al detalle de que en realidad entre el primer Bafici, el de 1999 y este de ahora solamente habían transcurrido veinticuatro años. Claro, entre edición y edición. Pero los festivales empiezan antes de que empiece efectivamente la edición. Bah, el trabajo en un festival, no “el festival”.

Ben Affleck está, o volvió, o estuvo siempre, o se había ido y ahora volvió a estar. Sea como sea es una buena noticia: lo necesitamos en el cine. Estrella de Hollywood fuera de estos tiempos, estrella como las hacían antes, con magnetismo, con noticias alrededor que llegan al público masivo, también el del mínimo común denominador cargado de chistes malos y de otros aún peores alrededor de las “noticias”. Pero sí, Ben Affleck es “conocido” y de eso seguramente se aprovecha para poder hacer películas; mucha gente sabe quién es y si se casa o se separa de Jennifer López, aunque quizás no todos sepan que es uno de los grandes directores de cine en actividad, uno de los pocos que se podrían considerar dignos herederos del clasicismo de Clint Eastwood.

Los días finales del mes más repugnantemente caluroso de la historia en Buenos Aires dejaron a la ciudad -y nos dejaron a nosotros- sin dos de las personas más elegantes que la habitaban, que la sabían habitar. Rafael Filippelli murió el día 22 a los ochenta y cuatro años y Gabriel Palumbo el día 31, con sólo cincuenta y seis.

Alguien ve hoy una película en su casa y suena en ella una canción que le gusta, pero ese alguien no sabe ni el título ni quién la interpreta. El espectador bien puede pausar la película, ir a buscar su teléfono -si es que no lo tenía ya en la mano- y volver a poner la película en el momento de la canción y usar una aplicación llamada Shazam que ¡reconoce las canciones al “escucharlas”! Ese coso, esa aplicación, escucha canciones y te dice cuál es. Cuando yo era chico jugábamos campeonatos de adivinar canciones al escuchar fragmentos, no más de diez o veinte segundos, que se grababan en casetes para la ocasión del juego. No había chances de hacer trampas, salvo copiarse de otro participante. Hoy en día alguien podría estar “haciendo Shazames” para intentar ganar de forma espuria. No había chances de hacer trampas y se festejaba el triunfo.

Todo en todas partes al mismo tiempo, el título en castellano, se vuelve trabalenguas, si hasta parece Tres tristes tigres, y recordamos a Raúl Ruiz y a Guillermo Cabrera Infante, artistas juguetones con las palabras y con mucho más. Everything Everywhere All at Once, el título en inglés, se desliza con menos ripios sonoros, se dice de un tirón, de una respiración.

Tár es una película sinuosa, engañosa, dubitativa, tal vez ruinosa. O aparentemente es todo eso, o eso creemos al terminar de verla. Luego, Tár sedimenta, se destruye y se reconstruye. O Tár es conversada (gracias, Magdalena). En realidad, como Nueve reinas de Fabián Bielinsky, Tár de Todd Field es una película cuyo plano inicial es fundamental para su propuesta, es clave para su lectura. En Nueve reinas no era Marcos (Ricardo Darín) el que tejía la trama sino Juan/Sebastián (Gastón Pauls), y eso quedaba claro en el principio, en el plano de apertura, porque el que miraba sin ser mirado era Juan/Sebastián. Dado que Marcos era el personaje que magnetizaba la mirada, creíamos que era él quien dominaba las acciones; pero no era así. Marcos -merecidamente, y ahí estaba clara la mirada de Bielinsky- era llevado a la ruina para que el mundo fuera un poco menos injusto. Y, además, Marcos era vencido en su propio terreno.

Me quedé pensando en Avatar: el camino del agua. Dan ganas de elogiar ahora a la famosa película de James Cameron. Al fin y al cabo, está llevando mucha gente a los cines, a esos cines que -como tantas otras actividades y tantas otras personas- sufrieron en los últimos años porque demasiados gobiernos en el mundo decidieron jugar el juego perverso y suicida de encerrar a la población en sus casas (a los que tenían casas) y jugar el juego ignominioso de etiquetar como “esenciales” y “no esenciales” etc.

Aftersun de Charlotte Wells es una película que se queda, da vueltas en el recuerdo y el recuerdo decide quedársela. Es sobre la relación entre un padre y su hija, en el tiempo suspendido y más fuerte y más frágil y más adormecido y también más despierto de unas vacaciones. Y las vacaciones son -o no son, o pueden ser o no ser- formaciones incipientes de nuevas rutinas que se quiebran con momentos excepcionales, al igual que la vida por fuera de las vacaciones.

Aftersun de Charlotte Wells es una película para ir al cine a vivir eso que solíamos llamar ir al cine, actividad venturosa y a veces aventurera que conocíamos de tanto cine en las décadas más añoradas del cine por nosotros los de medio siglo, las dos finales del siglo pasado. Parece obvio, pero no lo es. O no es el caso de muchas otras películas de este mundo post mundial de Qatar, o Catar. O post Avatar.